Portugal se derrite: la ola de calor que no perdona a los mayores
Las temperaturas rozan los 44 grados y hay trece distritos en alerta roja
El termómetro no distingue edades, pero sus consecuencias sí. Esta primera semana de julio, Portugal ha entrado en lo que las autoridades sanitarias califican sin eufemismos como un episodio de riesgo extremo. La secretaria de Estado de Salud, Ana Povo, compareció el 1 de julio para anunciar que las estimaciones del Índice ÍCARO —el sistema de vigilancia del Instituto Nacional de Saúde Doutor Ricardo Jorge que correlaciona temperaturas y mortalidad— apuntan a un «potencial aumento de la mortalidad en los próximos días». No se trata de una previsión teórica: trece distritos han sido colocados bajo aviso rojo, el máximo nivel de alerta, con máximas de hasta 44 grados centígrados y mínimas nocturnas que no bajan de los 24-28 grados. Son las llamadas «noches tropicales», esas en las que el cuerpo no consigue recuperarse del estrés térmico acumulado durante el día, y que la ciencia ha identificado como uno de los factores más letales de las olas de calor.
Las cifras que maneja la Policía de Seguridad Pública portuguesa dibujan un retrato inquietante: cada mes desaparecen en Portugal unos veinte mayores, una cifra que se dispara durante los episodios de calor extremo. Los expertos explican que la deshidratación, los golpes de calor, las tonturas y la confusión mental provocada por las altas temperaturas se ceban especialmente con las personas mayores que viven solas o que padecen enfermedades neurodegenerativas. Un hombre mayor con alzhéimer que sale a pasear en una mañana de julio puede sufrir un episodio de desorientación agravado por la deshidratación y ser incapaz de encontrar el camino de vuelta a casa. En verano, además, las rutinas se alteran —visitas a segundas residencias, vacaciones familiares que dejan a los mayores con menor supervisión—, y esa ruptura de hábitos multiplica el riesgo. No hablamos de estadísticas abstractas: hablamos de personas con nombre, con historia, que un día salen por la puerta y no regresan.
Pero la vulnerabilidad de los mayores portugueses ante el calor no se explica solo por la biología o la neurología. Tiene raíces profundamente estructurales. Según datos de Eurostat de 2023, cerca del 10 % de la población portuguesa vive en situación de pobreza energética: no puede permitirse calentar adecuadamente su hogar en invierno ni refrigerarlo en verano. El parque inmobiliario portugués —y esto es algo que España comparte en buena medida— fue construido durante décadas sin criterios de eficiencia térmica. Paredes finas, ventanas sin doble acristalamiento, ausencia de aislamiento. El resultado es una paradoja cruel: Portugal tiene uno de los climas más benignos de Europa, pero sus viviendas son de las peores preparadas para los extremos térmicos. Y quienes pagan las consecuencias son, desproporcionadamente, los mayores, que a menudo habitan las viviendas más antiguas y peor acondicionadas, y para quienes el coste de un aparato de aire acondicionado —por no hablar de la factura eléctrica que genera— puede representar una parte inasumible de su pensión.

Un estudio publicado en The Lancet Planetary Health en 2021 reveló un dato que a primera vista resulta contraintuitivo: a nivel mundial, las muertes asociadas al frío superan ampliamente a las causadas por el calor. Aproximadamente el 8,5 % de las muertes globales se atribuyen a temperaturas frías, frente al 0,9 % vinculadas al calor. Pero esa estadística global oculta un matiz esencial: las muertes por frío se distribuyen a lo largo de meses, de forma silenciosa y crónica, mientras que las muertes por calor se concentran en pocos días, con una violencia epidemiológica que desborda los servicios sanitarios y las morgues. La ola de calor de 2003 en Europa —que causó unas 15.000 muertes solo en Francia— demostró que la letalidad del calor extremo reside precisamente en su concentración temporal y en la incapacidad de las sociedades para reaccionar a tiempo. Portugal, con una población más envejecida que la media europea y con un interior despoblado donde los servicios de emergencia tardan más en llegar, es especialmente vulnerable a ese tipo de catástrofes silenciosas.
La comparación con España es inevitable y reveladora. Ambos países comparten vulnerabilidades estructurales: población envejecida, interior rural despoblado, parque inmobiliario deficiente en términos térmicos. Pero España ha desarrollado en las últimas décadas planes de acción contra el calor que, aunque imperfectos, funcionan como red de seguridad. Comunidades autónomas como Madrid o Andalucía activan protocolos específicos para personas mayores que viven solas: llamadas telefónicas de seguimiento, apertura de centros refrigerados, coordinación con servicios sociales. Portugal tiene su Plano de Resposta Sazonal em Saúde, elevado estos días al Nivel 2, pero la implementación sobre el terreno depende de unas autarquías locales con recursos muy desiguales. En el Alentejo profundo o en las aldeas del interior trasmontano, donde el vecino más cercano puede estar a kilómetros, un aviso rojo en la televisión no sustituye a una mano que llame a la puerta.
El Gobierno portugués ha prolongado la situación de alerta en diez distritos por riesgo de incendio —la otra cara mortal del calor extremo—, y la Direção-Geral da Saúde ha emitido sus recomendaciones habituales: beber agua, evitar la exposición al sol, cerrar persianas. Son consejos sensatos pero insuficientes cuando se dirigen a personas que quizá no tienen persianas que cerrar, que no disponen de agua fresca más allá del grifo y que carecen de la red social necesaria para que alguien compruebe su estado. El problema de fondo es que la respuesta al calor extremo sigue siendo fundamentalmente reactiva —activar alertas cuando el termómetro ya sube— en lugar de estructural: rehabilitar energéticamente las viviendas de los mayores, crear redes de vigilancia comunitaria en las zonas rurales despobladas, garantizar el acceso a sistemas de climatización que no devoren la pensión.
Cuando hablamos de cambio climático, tendemos a pensar en glaciares que se derriten, en osos polares sobre témpanos menguantes, en gráficos de temperatura que ascienden en línea roja. Pero para millones de europeos mayores de cincuenta años, la crisis climática no es una abstracción: se manifiesta en el salón de su vivienda mal aislada a las tres de la tarde de un día de julio, en la factura eléctrica que no pueden pagar, en la soledad de una tarde interminable sin nadie que pregunte cómo están. Portugal lo está viviendo esta semana con una intensidad que debería sacudir conciencias. Porque la próxima ola de calor no es cuestión de si llegará, sino de cuándo. Y la pregunta que debemos hacernos —portugueses y españoles por igual— no es solo cómo sobrevivir a ella, sino por qué seguimos permitiendo que nuestros mayores la enfrenten solos.

