Fernando Ónega, el periodismo como servicio… y la longevidad como agenda de país
Jueves 5 de marzo de 2026
ACTUALIZADO : Jueves 5 de marzo de 2026 a las 12:53 H
4 minutos
Jueves 5 de marzo de 2026
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Hay trayectorias que se miden en premios, audiencias o exclusivas. Y luego está la de Fernando Ónega, que se mide mejor en algo más difícil de cuantificar: en confianza pública. Ha fallecido en Madrid a los 78 años, dejando una estela rara en estos tiempos: la de un periodista respetado por quienes pensaban como él… y también por quienes no.
Ónega fue un cronista esencial de la política española contemporánea y, en particular, de la Transición. Su firma —a veces visible, a veces discreta— estuvo donde se escribía la historia y donde se explicaba al país lo que estaba pasando. Entre los muchos hitos de aquella etapa, hay uno que ha quedado grabado en el imaginario colectivo: el “Puedo prometer y prometo”, parte de los discursos que redactó para Adolfo Suárez desde la responsabilidad institucional de la Presidencia.
Su carrera atravesó prensa, radio y televisión con una versatilidad que hoy parece casi ciencia ficción: redacciones, informativos, análisis y dirección. Trabajó en medios que han definido épocas y estilos —Cadena SER, COPE, Onda Cero, Telecinco, Antena 3, entre otros— y se convirtió en una referencia por su manera de contar: claridad sin aspavientos, datos sin pedantería, opinión sin sectarismo.

Pero si hoy CENIE quiere recordarle con un énfasis particular, no es solo por lo que representó en la historia del periodismo, sino por la decisión —profundamente política en el mejor sentido— de dedicar sus últimos años profesionales a darle voz a una realidad que estaba ahí, creciendo, y que demasiadas veces se trataba como tema “de nicho”: la longevidad y las condiciones de vida de quienes sostienen la sociedad desde una experiencia larga.
Esa decisión tomó forma en 65YMÁS, el medio que ha contribuido de manera decisiva a situar el envejecimiento y la longevidad en el centro del debate público español. Ónega se incorporó como presidente del Comité Editorial y, más tarde, asumió la presidencia del diario con un propósito explícito: liderar lo que el propio medio llamó la “revolución sénior”, es decir, el salto desde la resignación demográfica hacia la ciudadanía plena y exigente de una generación con derechos, criterio y capacidad de influencia.
Conviene decirlo sin rodeos: 65YMÁS no ha sido “un periódico para mayores”. Ha sido —y es— un periódico para una sociedad que envejece, que cambia su estructura laboral, sanitaria, familiar y económica, y que necesita hablar de ello sin condescendencia. Ese matiz lo cambia todo. Donde otros veían un segmento, Ónega ayudó a construir una agenda: pensiones y empleo, sí, pero también edadismo, salud, cuidados, participación, cultura, tecnología, soledad, vivienda y el derecho a seguir estando. Y hacerlo con periodismo: con preguntas, con contraste, con seguimiento. (Nada de “animación sociocultural” disfrazada de noticias: información de la que incomoda y, por eso, sirve).
En ese sentido, su aportación fue estratégica. Porque una sociedad no se transforma solo con leyes o presupuestos: se transforma con conversación pública. Y la conversación pública, cuando es buena, exige medios que no miren la longevidad como una nota a pie de página. Ónega entendió que el reto no era “hablar de mayores”, sino colocar el fenómeno demográfico en el lugar que le corresponde: el de una de las grandes fuerzas que reordenan el siglo XXI.
CENIE trabaja precisamente en ese cruce: conocimiento, cultura y políticas públicas para comprender y acompañar el cambio demográfico. Por eso valoramos especialmente que un profesional con la trayectoria y la autoridad de Ónega eligiera, en el tramo final de su carrera, ponerse al servicio de esta conversación. Su prestigio funcionó como palanca: ayudó a que la longevidad entrara en despachos donde antes entraba tarde, y a que se tomara en serio en espacios mediáticos donde antes se trataba con paternalismo o con clichés.
Queda su legado periodístico, por supuesto. Y queda, también, una lección: que la neutralidad no consiste en no mojarse, sino en mojarse por el rigor. Que el respeto no se exige; se construye. Y que una sociedad longeva necesita algo tan básico como revolucionario: medios que la miren de frente.
Fernando Ónega ya no está, pero la conversación que ayudó a abrir —la de una longevidad vivida con derechos, con dignidad y con voz propia— no solo continúa: ahora es inevitable. Y en esa inevitabilidad, su huella se queda.




