Antonio Campos
Opinión

Podemos y la Iglesia Católica

Antonio Campos

Miércoles 1 de junio de 2022

7 minutos

Podemos y la Iglesia Católica

Miércoles 1 de junio de 2022

7 minutos

El 'fenómeno Podemos' se estudiará en el futuro en las universidades y en las altas escuelas de negocios. Cómo unos pocos amiguetes con un cociente intelectual probablemente superior a la media se rodearon de unos cuantos seguidores hasta entonces ociosos y se convirtieron en la llave maestra del poder ejecutivo, condicionando toda la política hasta ese momento conocida, poniendo al borde del fracaso a España como nación en su conjunto y tratando –veremos si al final no lo consiguen– derribar la Transición del régimen franquista al democrático y de reavivar un sentimiento de odio entre hermanos que creíamos superado y olvidado.

La última, por ahora, ocurrencia que han tenido ha sido presionar al Gobierno para que presente al Congreso de los Diputados la denuncia y derogación de los Acuerdos con la Santa Sede del año 1976 y 1979, así como los existentes con las confesiones minoritarias, y que los bienes del patrimonio histórico español declarados de interés cultural que pertenezcan a la Iglesia pasen al dominio de las Administraciones Públicas.

Antes de continuar con estas líneas he de declarar mi pertenencia a la Iglesia Católica por nacimiento, bautismo, educación, cultura e historia, que convive con el agnosticismo de quien se encuentra perdido en un camino que perdura millones de años sin encontrar salida ni retorno.

Que cada cual lo traduzca como considere, pero ese mismo razonamiento fue el que me puso contra el autoritarismo franquista, igual que ahora no estoy cómodo en una democracia supeditada a los intereses personales del poder, con una gigantesca administración pública en todos los niveles, se invierta la carga de la prueba asignándole el papel de maltratador al hombre solo por el hecho de serlo, insulten a quién defienda la bandera y la unidad de la nación, que la inmigración no esté controlada y lleguen a trabajar y ganarse honradamente la vida, que se trasvase el dinero de los impuestos de los que trabajan y aportan algo a la sociedad española a los que no lo hacen ni piensan hacerlo nunca, que la ley –su aplicación– proteja al transgresor, al multirreincidente y a los afiliados que el gobierno designe, igual que cuando los flechillas iban con su camisa azul y había que apartarse para dejarlos pasar, del control político que se ejerce sobre los medios de comunicación, de la ley del más lento en la enseñanza de nuestros hijos y nietos, del dinero que se facilita a ciertas autonomías cuyo único objetivo es la ignición de otro fraternal enfrentamiento, de que cualquier tontería dicha por un imbécil mental, repetida hasta la saciedad, se convierta en verdad absoluta, que se malgaste el dinero que nos facilita Europa en adiestrar cerebros constreñidos a un ideario político y a la vez se recorten, recuérdenlo cuando ocurra, las pensiones de quienes llevaron España de la absoluta pobreza a una clase media que vivía feliz.

En España, la Iglesia Católica se estructura en 69 diócesis territoriales, a las que hay que unir el Arzobispado Castrense. Cada diócesis o Iglesia particular dispone de su propia organización e instituciones diocesanas: seminario, residencias sacerdotales, colegios, etc. Además, el obispo diocesano puede erigir parroquias como comunidades de fieles constituidas de modo estable, encomendadas a un párroco. Generalmente las parroquias tienen carácter territorial.

Para hacernos una idea de la labor que hace la Iglesia Católica en España, recojo los datos que se muestran en el Informe año 2020 de la Conferencia Episcopal Española.

16.960 sacerdotes y 465 diáconos atienden a 22.993 parroquias existentes. Hay 1.129 seminaristas y 8.739 monjes de clausura.

Los bienes inmuebles ascienden a 3.290 de Interés Cultural y 44 Bienes Patrimonio de la Humanidad, entre los que se encuentran 87 catedrales y 751 monasterios, hasta un total de 22.993 parroquias.

La Iglesia Católica española atiende los servicios sociales que se detallan seguidamente, acerca de los que no he encontrado dato alguno que pudiera indicar algo similar por parte de ningún partido político, sindicato, cualquier otra religión o asociación cultural o social de tipo alguno, y cuyo inventario monetario no he podido efectuar, ni por aproximación, dada la amplitud y complejidad de esa labor y los millones de personas que se benefician de ella.

 

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La importancia de estos datos no puede pasar desapercibida para nadie; claro que es posible que sea precisamente eso con lo que quieran acabar los radicales de izquierda, que prefieren no tener competencia de nadie que tenga una preparación cultural e intelectual de altura.

Aunque parece que no están solos, al menos en ciertos pronunciamientos de la infalibilidad de nuestro querido Papa cuando dice que “el derecho a la propiedad privada no es absoluto ni tampoco intocable, sino que tiene una función social”. Yo soy un romántico fuera de contexto, de esos “amantes a la antigua, que suelen todavía mandar flores” que cantaba Roberto Carlos, pero por lo que pudiera pasar me pido La Pietat de Miguel Ángel.

Y en Bruselas, que empezó siendo un cementerio de elefantes políticos, se gira hacia la opresión de los pueblos y allí rebajamos 20.000 millones de euros el presupuesto de educación español, pero no se toca un euro del importe, similar, destinado al uso y abuso del medio a través del que algunas han llegado a tocar poder. 

Para arreglar el descalabro económico en el que estamos metidos –porque el final, el que no són pessetes són punyetes– hay voces, muchas, que claman por un nuevo Enrique Fuentes Quintana, ese economista profesor de la etapa franquista al que yo estudiaba desde 5º de Bachillerato, en 'Política económica' escrita en comandita con otro economista, Juan Velarde Fuertes, en el año 1965 –todo lo del franquismo es malo, muy malo, y ni se puede ni se debe estudiar si no es para vilipendiar en todo lo que afecta a, queramos o no, cuarenta años de la historia de España– que abarcaba desde Adam Smith a los años sesenta en nuestro país y que termina con este texto:

“Es lógico que haya que pensar en que los primeros pasos habrán de darse en el sentido de expansionar la exportación. Si esta es raquítica, raquítico será nuestro futuro. De aquí tendrá que venir la fuente esencial de nuestros ingresos.

En segundo lugar, todo proceso de desarrollo requiere el sacrificio denominado ahorro. Este es ineludible en España. La aportación del ahorro español –préstamos de capitales– lo hará más llevadero, pero no podrá prescindir del mismo. Para que la fuente de ahorro sea voluntaria, es imprescindible contar con estabilidad monetaria. Si suben los precios de forma inflacionista, el ahorro pasará a ser el antisocial ahorro forzoso. No existe otra alternativa que el estancamiento.

Finalmente, es necesaria la existencia de paz social. Para lograrla, es perentorio un más equitativo reparto de la riqueza y de la renta …

Conseguir todo esto no es nada fácil… Para marchar por ella se necesita además voluntad. Si España no cree en el progreso de sus exportaciones, en su estabilidad monetaria y en una más igualitaria distribución de la riqueza en su futuro, nada podrá hacer ningún equipo gobernante. Y para que esté convencida de ello es preciso que lo estén los españoles que la dirigen. Quienes han estudiado este libro formarán bien pronto parte de la minoría rectora del país. De aquí su futura responsabilidad y la presente de sus autores”.

Creo que los escritores y autores citados no necesitan presentación, al menos para quienes estén aprovechando correctamente el gasto que supone la enseñanza pública. En un país en el que se llama fascista a cualquiera que respeta la bandera de España, que el poder se encuentra en manos del feminismo mal entendido, marxismo encubierto e independentismo, por favor, que antes lea estas líneas y hojee los libros citados, que se pueden consultar en la Biblioteca Nacional. Porque hay que cuestionarse todo, de todos, y poner todo en el fiel de la balanza, incluidas las presentes líneas, porque no fiarse no está bien, pero fiarse es, simplemente, malo.

Sobre el autor:

Antonio Campos

Antonio Campos

Antonio Campos nació en Ciudad Real, en la España del queso amarillo y la leche en polvo de los americanos. Licenciado en Económicas, Diplomado en Humanidades, PDG por el IESE. 

Ha trabajado durante muchos años en un importante grupo multinacional del sector financiero, al que reconoce estar agradecido por haberle dado la oportunidad de desarrollarse profesional, académica, personal y humanamente. 

Conseguida cierta estabilidad profesional y dineraria, volvió a su verdadera pasión de juventud, escribir; desde entonces, han sido cuatro libros y unos dos mil artículos de opinión, económica y política, publicados en diferentes medios de comunicación, pretendiendo conjugar la libertad individual o personal (el progresismo) con la libertad económica (el conservadurismo), elogiando las ideas y no las ideologías.

Y lo hace, dice, pretendidamente independiente, ideológica y socialmente, con la libertad de quien tiene libre el tiempo, el pensamiento y la palabra.

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