Antonio Campos
Opinión

El gordo de la Lotería

Antonio Campos
El gordo de la Lotería

Hace tiempo, mucho tiempo, España era un país en el que no existía internet, ni se conocía otra comunicación telefónica que no fuera “pedir conferencia” al monopolio estatal correspondiente, cuyo enlace, evidentemente manual, podía llevar una demora de tres ó cuatro horas para hablar entre ciudades que no distan más de treinta kilómetros entre ellas, como Madrid y Alcalá de Henares, Ciudad Real y Puertollano, Oviedo y Gijón, o Alicante y Elche. Probablemente sea muy difícil imaginarse esta situación en la era del teléfono móvil.

En un lugar de España del que sí quiero acordarme, había una entidad financiera en una plaza llamada del Pilar, no por la virgen del mismo nombre sino porque en la antigüedad, quiero decir mucha más antigüedad, había un pozo o pilón que dio origen al asentamiento de la población, desde cuyos servicios, de la entidad financiera, entonces llamados wáteres, solo de hombres, no había ninguna empleada, podía contemplarse la cocina de un afamado bar en el que se cerraban los tratos ganaderos más importantes de la época, y en dónde se comía la ensaladilla rusa más deliciosa de las que se servían en la ciudad. Entonces un banco era una sacrosanta institución instalada en una oficina con cincuenta empleados; no me explico cómo muchos años después y tras no sé cuantas fusiones y adquisiciones, esa misma oficina tiene diez empleados. ¡Ah! Que son las nuevas tecnologías, la optimización de los sistemas y la gestión dirigida a través de programas informáticos. Vale, pero no creo que ahora se tenga el conocimiento de los problemas y necesidades financieras del cliente como entonces se tenía, con el único nexo del trato personal prolongado en el tiempo. Pero esa es otra historia.

La que hoy nos ocupa tiene que ver con la Lotería Nacional, cuyo origen se remonta al año 1812. Fue el político Ruiz Zorrilla quien dijo que "Los españoles, o son católicos o son racionalistas. Los católicos lo esperan todo del milagro. Los racionalistas todo lo esperan de la Lotería Nacional.

Un cliente de la sucursal de ese banco en Granada soñó que el “gordo” de la Lotería de Navidad de ese año, iba a tocar en un número que, por azares de la suerte, se vendía en esa ciudad de la que estamos hablando. Desde Granada llamaron al interventor de esa oficina, profesor de educandos bancarios de reconocido prestigio en toda la geografía nacional, para que se comprasen no se cuantos décimos, muchos, y se enviaran a la ciudad nazarí para cumplida satisfacción del cliente. Hoy en día eso se haría de una forma cómoda, rápida y segura; y cobrando por el servicio. Pero en los años de los que hablamos no era tan fácil el mandado y, desde luego, sin remuneración de ningún tipo por parte del cliente.

Había dos empleados que, cumplidos sus deberes militares, que así se llamaba la obligatoriedad de hacer la mili para todos los españoles, tenían pendiente de disfrutar sus vacaciones reglamentarias. Y como Curro todavía no existía ni había viajes al Caribe, emprendieron su viaje de vacaciones en un moderno SEAT 600, al que se le podían sacar setenta kilómetros de media a la hora, rumbo a Córdoba y Sevilla, donde se casaba un buen amigo, por cierto, unido en santo matrimonio por un cura cuya vida parece copiada y reflejada en la serie de televisión “Cuéntame”, incluido abandono de sotana y ayuntamiento nupcial. ¿Por qué no se desvían un poco y acercan la lotería a nuestra sucursal de Granada?, les pidió el interventor, guardián del banco desde el alba hasta el ocaso. Bueno, vale, lo mismo nos da. E iniciaron su aventura rumbo a Granada.

Ni que decir tiene que, como probos y honrados empleados, entregaron la lotería en el Banco. Y ahora, ¿quién nos puede enseñar Granada? La decisión fue rápida; se habían fijado en dos compañeras, impacto visual de los que permanecen en el tiempo. La cita fue esa misma tarde. Y la tarde siguiente. Y la siguiente. Así supieron de la llegada del omeya Abd al-Rahman, el africano Zawí ben Zirí, los almohades, la fundación del reino de Granada por Ibn al-Ahmar en 1238, y una nueva dinastía, la nazarí, que mantendría el último reino musulmán del occidente europeo hasta casi el siglo XVI. Y visitaron, sin prisas, no había turismo masivo, la Catedral, la Capilla Real, el Monasterio de la Cartuja, la Basílica de la Virgen de las Angustias, el Monasterio de San Jerónimo, la Abadía del Sacromonte y su barrio gitano, el Albaicín, La Alhambra y los maravillosos atardeceres en los jardines del Generalife. Y aprendieron para siempre aquello de “Dale limosna mujer que no hay en la vida nada, como la pena de ser ciego en Granada”.

Los viajeros siguieron su camino. Ni que decir tiene que el número soñado por el cliente no tocó, pero como “todo es posible en Granada”, surgió el amor, y al que sí le toco la lotería fue a uno de nuestros protagonistas. Y fue un premio gordo porque hoy, pasados casi cincuenta años, sigue feliz junto a su amada granadina, después de dar juntos varias veces la vuelta a España, vivir y trabajar en muchos sitios hasta volver a su origen, reposo del guerrero tras largas batallas laborales.

Hoy, como cada año, vuelven a casa por Navidad, manteniendo viva la gran mesa familiar del “día de acción de gracias” de los españoles, junto a hermanos, hijos y nietos repartidos por todo el mundo. Y un año más, el veintidós de diciembre su madre dirá: “Salud que nos dé Dios”. Y es que es muy difícil que toque el premio gordo de la lotería más de una vez en la vida.

Sobre el autor:

Antonio Campos

Antonio Campos

Antonio Campos nació en Ciudad Real, en la España del queso amarillo y la leche en polvo de los americanos. Licenciado en Económicas, Diplomado en Humanidades, PDG por el IESE. 

Ha trabajado durante muchos años en un importante grupo multinacional del sector financiero, al que reconoce estar agradecido por haberle dado la oportunidad de desarrollarse profesional, académica, personal y humanamente. 

Conseguida cierta estabilidad profesional y dineraria, volvió a su verdadera pasión de juventud, escribir; desde entonces, han sido cuatro libros y unos dos mil artículos de opinión, económica y política, publicados en diferentes medios de comunicación, pretendiendo conjugar la libertad individual o personal (el progresismo) con la libertad económica (el conservadurismo), elogiando las ideas y no las ideologías.

Y lo hace, dice, pretendidamente independiente, ideológica y socialmente, con la libertad de quien tiene libre el tiempo, el pensamiento y la palabra.

… saber más sobre el autor