Antonio Campos
Opinión

Las armas son para los malos

Antonio Campos
Las armas son para los malos

Hoy he tenido que ir a un cuartel del Ejército de Tierra. Voy en coche, el soldado de guardia me para, me saluda, me dice dónde aparco y, cuando me bajo, veo que en vez de llevar arma de fuego, corta o larga según corresponda a su rango, lleva una porra de defensa, parecida a la que llevan los vigilantes jurados de un Centro Comercial. Le pregunto qué ha pasado y trata de aclararme conceptos sobre el centinela y el vigilante, para concluir: “Son órdenes. Desde hace el año 2019 las armas están en el armero del cuerpo de guardia, y nuestra presencia inicial es esta defensa y este chaleco antibalas”. De mi cosecha, el chaleco era actual hace décadas en un ejército bien pertrechado. De mi opinión, tienen chaleco antibalas por si les atacan con armas de fuego, pero ellos deben defenderse en primera instancia con una cachiporra, como Pedrín, el astuto ayudante de Roberto Alcázar de mi infancia. Parece que quieren dejar el Ejército en un mínimo teórico imprescindible para decir que seguimos teniendo ejército, pero inoperativo, por alguna causa que yo desconozco.

La Policía lleva armas, pero no las usan, deben tenerlo prohibido, porque si hieren a alguien, son unos asesinos, pero si a ellos los matan, para eso les pagan.

No sé dónde va a llegar esto, pero parece como si todo estuviera preparado para que un segador, un charcutero, cuatro navajeros y seis ratoneros se pudieran hacer con el mando y control de España sin mucho esfuerzo. ¿Quién manda realmente? ¿Cuál es el futuro que nos han diseñado? Cada vez hay más delincuencia, en todos los sentidos, pero seguimos, básicamente, con las leyes que para la Transición hizo el ministro Ledesma, con mínimos retoques que no han afectado como sería desear al fondo de la justicia; desde entonces han pasado muchos años, hay tipos de delincuencia que entonces no había, se suprimió la reiteración de delitos, y es rumor extendido en todo el mundo que “en España no pasa nada si no hay sangre por medio”. Y eso que tenemos una de las policías (todas las FSE) mejores del mundo.

El problema está en el Parlamento, en quienes hacen las leyes. Tienen escoltas los políticos, algunos con liendres hasta hace cuatro días; ellos van seguros. Frente dónde vivo, en un barrio residencial, en un espacio de cien metros lineales, este fin de semana han robado, puesto que ha habido violencia, un teléfono móvil de alta gama a un hombre, un coche a un matrimonio que estaba descargando la compra que había realizado en un supermercado, han intentado robar en una cafetería, y han hecho un butrón a una farmacia, de dónde se han llevado toda clase de medicinas.

Cuando los detengan, la policía tiene fichado a todos los robaperas, pequeños delincuentes y mafias organizadas, ¿cuánto tiempo van a tardar en salir a la calle? ¿Se va a recuperar lo robado o es posible que el teléfono y el coche estén en algún país del Este, y las medicinas en el norte de África? ¿Las leyes están hechas para proteger al delincuente o al ciudadano honesto y honrado que no se mete con nadie? De todo esto también hay que acordarse cuando se introduce la papeleta en la urna.

Sobre el autor:

Antonio Campos

Antonio Campos

Antonio Campos nació en Ciudad Real, en la España del queso amarillo y la leche en polvo de los americanos. Licenciado en Económicas, Diplomado en Humanidades, PDG por el IESE. 

Ha trabajado durante muchos años en un importante grupo multinacional del sector financiero, al que reconoce estar agradecido por haberle dado la oportunidad de desarrollarse profesional, académica, personal y humanamente. 

Conseguida cierta estabilidad profesional y dineraria, volvió a su verdadera pasión de juventud, escribir; desde entonces, han sido cuatro libros y unos dos mil artículos de opinión, económica y política, publicados en diferentes medios de comunicación, pretendiendo conjugar la libertad individual o personal (el progresismo) con la libertad económica (el conservadurismo), elogiando las ideas y no las ideologías.

Y lo hace, dice, pretendidamente independiente, ideológica y socialmente, con la libertad de quien tiene libre el tiempo, el pensamiento y la palabra.

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