Sanidad pública en primera persona

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Se niega a abandonar la habitación del hospital: hace tres semanas que recibió el alta médica Miia

Transcurría mi vida navegando por aguas tranquilas. A lo lejos, a enorme velocidad de crucero, pude ver cómo avanzaba la barca del psicopompo del inframundo.

Agarré el timón, giré en brusco y remé con todas mis fuerzas para salir de allí, hasta que perdí el conocimiento por el esfuerzo realizado y por mi agotamiento físico.

Desperté en el HUPA, ese hospital que quedó desbordado desde el día siguiente a su inauguración; cables, tubos y una parafernalia que no correspondía con la levedad de una pequeña intervención quirúrgica de esas a las que a las setenta y dos horas estas otra vez de charla con los amigos en cualquier terraza de la Plaza Mayor.

Fallo renal fue el dictamen general. Hay que tener paciencia, la recuperación es lenta y hay que ir día a día.

Pasaban los días. Pruebas y análisis de todo tipo, colores y especialistas. Hay que ir cambiando el tratamiento cada día hasta ajustarlo.

Equipo médico de primerísima categoría, doctores, adjuntos, MIR, enfermeras, ayudantes, celadores, podemos sentirnos orgullosos de los conocimientos, profesionalidad, predisposición, amabilidad y espíritu de servicio de todos ellos, nacionales y algunos extranjeros, de ambos sexos,  del dinero público invertido en su formación y trabajo, uno de los índices del alto grado de la sociedad del bienestar que tenemos que cuidar por encima de todo y de todos, y que está empezando a írsenos como agua entre los dedos de la mano.

Otra cosa es la infraestructura no técnica. Las habitaciones son pequeñas para dos personas, adolecen de pintura desde hace tiempo, los ventanales no se han limpiado por el exterior desde, exagero, años, el servicio es excesivamente pequeño, no hay sitio ni para dejar el cepillo de dientes, algo así como los antiguos hostales “de paso” de la carretera de hace cincuenta años. Lo más difícil es conseguir un pijama marrón —el tallaje está señalado por colores— pues deben estar muy contados y esa es la talla más utilizada por el español de complexión media. En cuanto a sábanas y toallas, de cambio diario, están mezcladas nuevas e impolutas con viejas con roturas por varios sitios. La comida está ajustada a las necesidades de cada enfermo, pero la fruta (peras, manzanas, melocotones, paraguayas) se han recogido del árbol unos cuentos meses antes de madurar y hay que comerlas con martillo y cortafrío.

Pasan los primeros días, empiezas a pensar en exceso qué es lo que pasa, no me duele nada, pero sigo aquí, pruebas y más pruebas, dudas si la visita diaria  de tu mujer, tus hijos y los cuatro amigos que se han enterado de ello no es más que una despedida. Leo, escribo, oigo la radio, paseo por la cuarta planta para tener la mente ocupada, aquí solo hay enfermos de verdad. Caras de sufrimiento, familiares tristes, callados, si uno está mal, el siguiente esta peor. Raro es el día que Caronte no incorpora alguno a su tripulación.

No hay ninguna ONG, asociación ni organización de tipo alguno que se deje ver por allí. Únicamente un pater católico pregunta, habitación por habitación, si te puede ayudar en algo, si quieres hablar con él, contarle tus problemas e incertidumbres.

Me dicen los médicos que voy mejorando sensiblemente, Pero una tarde, de  improviso, llega la enfermera acompañada de dos celadores y me dicen que van a cambiarme de habitación, que me van a incomunicar. Se me derrumbó el mundo en un instante. Yo había observado que cuando un enfermo iba a morir, lo aislaban en una habitación para mayor intimidad del dolor familiar y para evitar que el resto de los enfermos vieran los acontecimientos.

La habitación era igual a la que había estado hasta entonces, solo que al estar ocupada por una sola persona parecía mucho más grande. La persiana bajada, absoluto silencio. No pude pegar ojo esa noche, una y otra vez pensaba que las ilusiones y lucidez mental que todavía tengo estaban a punto de desaparecer para siempre.

La visita de la médico, muy joven, trajo algo de tranquilidad a mi ánimo:

—Te hemos aislado porque te han bajado las defensas y tienes alta probabilidad de infección. Respiré profundamente sin llegar a soltar todo el aire de mis pulmones pues no acababa de tenerlas todas consigo.

Calmé mi ánimo y me asomé al gran ventanal de la habitación. Ver la ciudad al fondo, el jardín botánico justo enfrente y el centro comercial a la falda del monte —ese mismo monte que contemplo cada mañana desde mi casa al despertar— alivió mi tristeza y me dejó absorto durante un largo rato.

El tiempo pasa lentamente para quien espera. Prueba y error. Otro día. Vamos mejor. Paciencia. Impaciencia al siguiente porque ha habido un pequeño retroceso. Más pruebas. Tranquilo, todo va bien.

Hasta que llega un día el médico con cara de satisfacción profesional y personal:

Todo en orden. Te vamos a dar el alta.

Quedas aturdido. Sólo alcanzas a darle las gracias por todo. Y mirar al cielo a través del ventanal, con la mirada perdida, las lágrimas se derraman sin querer y recuperas las ganas de vivir y seguir soñando con cumplir los anhelos que todos tenemos durante las diferentes etapas de nuestra vida.

Si el proceso sanitario que he tenido hubiera sido en la mayor parte de los países de África, hubiera muerto; si en la mayor parte de los países comunistas, habría muerto; si en los países del círculo de Puebla, habría muerto; si hubiera sido en Estados Unidos, la factura habría podido alcanzar casi un millón de dólares.

He intentado dejar constancia del grado de profesionalidad sanitaria y satisfacción propia  por el trato recibido, en todos los aspectos,

Pero la sanidad pública es algo más:

Tengo una médico de familia que es ejemplar en su profesionalidad, dedicación y atención a sus pacientes. Hace años, muchos años, de esos en los que parece ser todo se hacía mal, llegabas al mostrador, pedías número y te veían el mismo día, a lo sumo al siguiente. Más tarde, en años no demasiados lejanos, la cita podía posponerse un máximo de tres o cuatro días. Desde la pandemia de la COVID, utilizada por el Gobierno, al que siguieron las empresas privadas, para estabularnos, todo con cita previa, sin prisas, que el verdadero placer de esta vida es trabajar poco y que los niños progresen en la escuela escribiendo con faltas de ortografía y sin que alcancen a tener una lectura comprensiva, pero son felices, solo tienen derechos y ninguna obligación. En resumen, para poder ir a que me atienda de un simple constipado o dolor de muelas, demora mínima de veinte días y máxima de un mes.

Esto ha degenerado en que urgencias de los hospitales recojan una serie de consultas (no tengo estadísticas sobre ello) que no son realmente urgentes y que deberían solucionarse en el ámbito de los médicos de familia.

Hay otro tema sangrante en la sanidad pública: la demora para acudir a un especialista es de meses, incluso llega hasta los dos años para intervenciones en las que no está en juego la vida del paciente.

Todo ello teniendo en cuenta los más de diez millones de asegurados en la sanidad privada, contra la que vocean personas sin grandes conocimientos del tema, sin pensar que lo que hace es descongestionar parcialmente esa falta de respuesta pública.

¿Tiene arreglo el tema? En mi opinión, sí. Solo hace falta dinero, y no tanto como se quiere condenar por ello a las Comunidades Autónomas, sino al reparto que hace el Gobierno nacional, privilegiando a unas y perjudicando a otras. He vivido en el País Vasco y en Cataluña y allí tienen la mejor sanidad pública y las pensiones son de mayor importe que en el resto de España, privilegios que se compran con votos a costa de los impuestos del resto de ciudadanos de toda España. 

El problema se va a agravar de forma inminente, pues los que se van a nacionalizar al amparo del golpe blando de “la ley de nietos” va a permitir que una persona que nunca ha residido ni cotizado en España pueda solicitar asistencia sanitaria temporal total durante seis meses al año, tanto para él como para sus familiares directos. En cuanto a los residentes sin residencia legal (ilegales), solo en el mes de agosto, los asaltantes marroquíes a Ceuta han incrementado las urgencias en el 160%.

Que nadie se queje de la sanidad pública española si regalamos lo conseguido con los esfuerzos de nuestros abuelos, de nuestros padres, nosotros mismo, de nuestros hijos y nietos.

No sé si Dios existe, pero es indudable que Él ha intervenido, junto a una extraordinario equipo médico, para que tras más de un mes de estancia en el hospital pueda volver sano y salvo a emborronar cuartillas tratando de despertar la conciencia de amigos y enemigos, espero que por muchos años más.