Edadismo en ensayos clínicos: denuncian falta de evidencia en el tratamiento de la apnea en mayores
Un estudio denuncia la infrarrepresentación de este colectivo y su consecuencia
La prevalencia de la apnea obstructiva del sueño (AOS) en la población mayor se acerca al 50%, y es aún superior en los individuos que superan los 80 años.
Sin embargo, un reciente estudio publicado en Sleep Medicine Reviews advierte que existe un profundo vacío en la evidencia científica respecto a cómo diagnosticar y tratar esta patología en estas etapas de la vida, puesto que los mayores –especialmente los de más edad y aquellos con fragilidad o múltiples comorbilidades– han sido sistemáticamente infrarrepresentados en los ensayos clínicos controlados.
Un diagnóstico complejo marcado por síntomas atípicos
El diagnóstico de la apnea del sueño presenta retos importantes debido a que los síntomas clásicos de la enfermedad, como la somnolencia diurna excesiva, suelen estar ausentes o infravalorados.
En su lugar, los pacientes mayores suelen presentar manifestaciones atípicas como fatiga, insomnio, alteraciones del equilibrio, riesgo de caídas y vulnerabilidad cognitiva.
Además, las herramientas de cribado médico habituales, como la Escala de Somnolencia de Epworth o el cuestionario STOP-BANG, no están validadas para los mayores o fallan repetidamente a la hora de identificar la enfermedad en esta demografía.
Ante este escenario, la investigación indica que se debe priorizar la polisomnografía realizada en un laboratorio frente a las poligrafías domiciliarias en pacientes frágiles o complejos, ya que las pruebas caseras pueden subestimar la gravedad del trastorno a causa de la alta prevalencia de insomnio o respiración de Cheyne-Stokes en los mayores.

Dudas sobre la adherencia y eficacia de la CPAP a partir de los 80 años
El tratamiento estándar para la apnea moderada o grave es la presión positiva continua en la vía aérea (CPAP), pero su prescripción generalizada en mayores suscita un debate clínico.
Los datos del estudio revelan que la adherencia al tratamiento disminuye de forma progresiva y drástica con la edad: mientras que en el grupo de 65 a 69 años el 78% de los pacientes usa el dispositivo adecuadamente, esta cifra se desploma hasta un mero 23,8% en los mayores de 80 años.
Elementos como vivir solo, el edentulismo (pérdida de dientes), el deterioro neurocognitivo y la pérdida de destreza manual dificultan enormemente el uso de la mascarilla.
Junto a la falta de uso, la revisión cuestiona los beneficios de la CPAP en la población más longeva. Un análisis derivado de ensayos clínicos en pacientes con una media de 81 años demostró que, si bien la CPAP redujo eficazmente el número de apneas y ronquidos, no logró generar mejoras significativas en la función neurocognitiva, ni en los resultados metabólicos o cardiovasculares.
Fragilidad y la necesidad de nuevas dianas terapéuticas
El artículo subraya la intensa relación bidireccional entre la apnea del sueño y el síndrome de fragilidad geriátrica. Los episodios repetidos de falta de oxígeno (hipoxia intermitente) y la fragmentación del descanso nocturno desencadenan inflamación sistémica, alteraciones hormonales y estrés oxidativo, mecanismos que fomentan la pérdida de masa muscular (sarcopenia), la resistencia a la insulina y la merma de la reserva fisiológica del paciente.
En consecuencia, los autores del estudio reclaman abandonar el enfoque centrado exclusivamente en el uso de la CPAP y adoptar estrategias terapéuticas multimodalizadas y personalizadas. Para los mayores con apnea leve o moderada, o que no toleren la máquina, se recomienda aplicar intervenciones directas sobre el estilo de vida, incluyendo el ejercicio aeróbico combinado con entrenamiento de fuerza, la pérdida de peso, terapias posicionales o la realización de ejercicios orofaríngeos.
En definitiva, subrayan la urgencia de diseñar ensayos clínicos destinados de forma exclusiva a personas mayores de 65 años que dejen de medir el éxito del tratamiento solo por la reducción de apneas, y comiencen a evaluar el impacto real en resultados geriátricos críticos como la prevención de caídas, la preservación de la memoria y la mitigación de la fragilidad.


