Música

50 años de punk: cuando el ruido llegó a España

Miriam Gómez Sanz

Sábado 31 de enero de 2026

8 minutos

Cómo una música incómoda encontró su hueco entre los jóvenes tras la dictadura

50 años de punk: cuando el ruido llegó a España. Fuente: Wikimedia Commons.
Miriam Gómez Sanz

Sábado 31 de enero de 2026

8 minutos

Un tipo delgadurrio de dos metros canta sin menearse mucho. Su público no se parece en nada al que está acostumbrado a ver en sus conciertos, ni en actitud ni en vestimenta. Después, quizá salga Miguel Bosé o los Pecos. Es 1980 y los Ramones interpretan Baby I love you, Rock ‘n’ Roll Radio y Rock ‘n’ Roll High School en Aplauso, un programa musical de la primera cadena. No son precisamente sus temas más duros, pero algo nuevo y diferente ya se cuela en los hogares españoles.

El punk había nacido unos años antes en Nueva York y Londres. Entre fábricas cerradas, paro juvenil, crisis del petróleo y ciudades grises, un puñado de jóvenes decidió que no quería sonar bien, sino decir algo. Y decirlo rápido. Fue una reacción, una respuesta visceral, un grito contra la exclusión, la desigualdad, el autoritarismo y la sensación de no tener futuro. De ahí surgió la idea de no necesitar a nadie para hacer nada. Graba tu disco, monta tu concierto, crea tu propio mundo si el que hay no te sirve. No esperes permiso.

El gran estallido llegó en 1976. En Londres, un grupo llamado Sex Pistols comenzó a dar conciertos caóticos y a dejar tras de sí salas destrozadas. En junio de ese año tocaron en Manchester ante menos de cien personas, pero entre el público estaban futuros miembros de Buzzcocks, The Clash, Joy Division o The Smiths, a quienes inspiraron.

Los Pistols no tardaron en convertirse en un fenómeno mediático. Firmaron con EMI, publicaron Anarchy in the UK –solo apta para la radio nocturna– y protagonizaron uno de los escándalos televisivos más recordados del país tras insultar a un presentador en directo. Al día siguiente, el Daily Mirror tituló: The Filth and the Fury. "La mugre y la furia". El punk ya tenía nombre.

En 1977, durante el jubileo de Isabel II, recorrieron el Támesis en un barco tocando God Save the Queen. Terminaron detenidos. El gesto resume el espíritu del movimiento: irreverencia, burla al poder, desafío directo. Un año después, la banda se rompía. La primera ola del punk se apagó tan rápido como había nacido.

El ruido llega a España

Cuando ese sonido empezó a llegar a España, encontró un país que acababa de salir de la dictadura y donde los gustos musicales seguían dominados por la canción melódica, la copla y el pop ligero. Un rayo de sol de Los Diablos o Eva María de Fórmula V marcaban el techo de la modernidad y la discoteca era un lugar casi formal en el que bailar pasodobles. Pero en aquella época nadie quería quedarse atrás ni que se notara su sorpresa. La gente quería aceptar todo.

Abel Gómez, de 62 años, recuerda el punk como algo inseparable de la adolescencia. "Siempre íbamos al mismo bar, le metíamos 25 pesetas a la gramola y poníamos a los Clash o a los Ramones", cuenta. La música se descubría así: en bares, en tiendas de discos, gracias a algún amigo "más espabilado" que se enteraba de novedades de fuera... Y luego escuchar, escuchar sin parar. Horas enteras en una habitación, con la puerta cerrada, una botella escondida y la música a todo volumen. "No hacíamos nada más. Fumar y oír música. Es que tampoco había otra cosa".

Abel recuerda su primer gran concierto, en 1981: "Fui a San Sebastián a ver a los Clash con 17 años. Íbamos seis en el coche, uno en el maletero". Más que la música, lo que le marcó fue el ambiente: "Ver a tanta gente junta, la música tan alta, venga chillar, el espectáculo, toda la parafernalia".

Desde el otro lado generacional, acostumbrados a Nino Bravo, el punk era "ruido" y, además, demasiado alto. "Tenían que salir sordos", bromea Gloria Asensio hoy, con 85 años. "No soportas tú esas ruideras a ciertas edades". Explica también que solía discutir con su hija por este motivo: "Siempre ponía la música muy alta porque debe ser que si no, no se enteraba uno". Aunque admite: "Siempre a lo mejor tiende a no gustarte lo que no entiendes. Yo no he ido a conciertos ni he tenido discos para apreciarlo".

Para los chavales, ese ruido era justo lo que necesitaban. El punk era desahogo, gritar, sudar, saltar. Y también una forma de decir que no se sentían reflejados en los ídolos de la tele. "A mí Camilo Sesto, Raphael, Julio Iglesias o Bertín Osborne no me gustaban nada. Eran un peñazo", admite Abel. "Quizá era por hacernos los guays, pero siempre hacíamos de menos a los de España".

A su madre también le parecía una música "malísima" y hoy, con perspectiva, sonríe: "Por eso cuando voy a criticar el reguetón, me paro y pienso que estoy diciendo lo mismo que me decía mi madre". 

Punk a la española

En España, el punk tomó forma propia. Como explica Ivaylova en su trabajo de fin de máster: "Cada país tiene su fenómeno particular que se puede entender como la manifestación de un conflicto local". Y en España ese conflicto era la represión policial, el paro, la miseria y la tensión política de la Transición.

El ejemplo más claro se encuentra en Euskal Herria. La sociedad vasca vivió episodios dramáticos como la matanza del 3 de marzo en Vitoria, donde la Policía asesinó a cinco manifestantes, o los Sanfermines de 1978, con más de 150 heridos y un fallecido, también a manos de la policía. A esto se sumaba la llegada masiva de la heroína, vista por algunos como una forma de calmar las ansias de protesta. En este contexto surgió el llamado Rock Radical Vasco.

Bandas como La Polla Records, Kortatu, Eskorbuto o las Vulpes –primera banda punk española formada solo por mujeres– pusieron voz a las frustraciones de su generación. Mierda de ciudadEllos dicen mierdaMucha policía, poca diversión o Me gusta ser una zorra se convirtieron en himnos que denunciaban, provocaban y se rebelaban contra el sistema.

En el resto de la península, el punk adquirió un tono menos radical, más suave y con letras a veces irónicas o humorísitcas. Un ejemplo es el de Kaka de Luxe, creada en Madrid en 1977 y considerada la primera banda de punk del país.

Estética y malentendidos

Muchos adultos del punk recuerdan sobre todo el impacto visual. "El aspecto de los punkis no me gustaba. No me era agradable a la vista", reconoce Gloria, aunque matiza que nunca los consideró malas personas. "A los punkis les atacaban porque se salían de la raya. Yo tampoco creo que hayan cometido más fechorías que otros en la juventud, en las edades de cometerlas".

Los comentarios eran habituales. "Si fuera hijo mío, mientras duerme le corto los pelos", se oía decir. "Mira qué pintas" era lo más suave. En la tele, cuando aparecían con tres o cuatro pendientes, anillos, cadenas y los pelos engominados hacia arriba, los presentaban casi como rarezas.

Abel lo explica con ironía: "Íbamos como si fuéramos los malotes, pero sin ninguna maldad, éramos unos pardillos. Simplemente queríamos ir a los conciertos". Su madre le advertía de bares en los que, según las vecinas, había droga: "Y yo, que me pasaba ahí todos los días, me quedaba callado. Tenía música y las luces bajas y ya por eso la gente se pensaba que quien entraba allí estaba perdido. De cualquiera que cantara dando voces ya se decía que era drogadicto, que seguramente sí, pero también los melódicos".

El punk fue contradictorio desde el principio. Antisistema y, al mismo tiempo, devorado por la industria. Crudo y auténtico, pero convertido pronto en moda. Al principio, eran tipos desgarbados y con crestas, pero de su color natural. Con el tiempo, la estética se exageró, fue absorbida por la Movida y llegaron las crestas de colores y las camisetas de los Ramones en todas partes. El punk, que había nacido como rechazo, acabó convertido en imagen. Como casi todo.

Cincuenta años después, el punk ya no sorprende. Como mucho, la imagen de los Ramones en Televisión Española resulta cómica y la estética de los punkis de los ochenta algo exagerada y anticuada. Los Clash o los Sex Pistols no son rompedores, sino clásicos. Pero para quienes los descubrieron entonces, tras décadas de silencio y normatividad impuesta, aquello fue liberador. En apenas unos años, España pasó de los bailes pegados al pogo, del encantador Elvis a la furia de Paul Simonon destruyendo su guitarra como si fuera un hacha. Aquel "ruido" sirvió para protestar, pero también para bailar

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Miriam Gómez Sanz

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