Las tabernas eran la universidad del pueblo; allí se reunían los trabajadores y obreros al caer la noche, cuando salían de trabajar largo y duro durante toda la jornada; ante un “chato” de vino servido sobre un mármol blanco que hacía de barra en el que, con una tiza, se iba apuntando lo que cada uno consumía, fumaban, únicamente tabaco, en muchas se cantaba como solo sabe cantar una garganta rota de pena, nadie se metía con nadie, todos eran amigos, se conocían desde la infancia, se ahogaban así los pensamientos.

Yo era un crío; acompañaba a mi tío Jesús a la taberna de Marcelino; mientras los mayores hablaban y discutían de sus cosas, los chavalillos, éramos varios los que acompañábamos a padres y tíos, nos juntábamos alrededor de una mesa, jugábamos al puño o a la taba, que hacía un sonido especial similar al que producían las fichas del dominó al ponerlas, con fuerza y convencido que se jugaba la correcta, sobre el mármol de las mesas, que era el mismo que el de la barra, deslucido por el uso. Pero lo que más hacíamos era mirar, ver, aprender, fijarnos en lo que hablaban y en lo que no hablaban, pues muchas veces daban muchos rodeos para no decir nada, o al menos eso nos parecía a nosotros. Y algunos días nos daban un vaso de gaseosa, que “manchaban” de vino, con lo que nos sentíamos unos hombres hechos y derechos que, en aquella época, había que espabilar mucho desde pequeños porque a los dieciséis o dieciocho años tenías ya obligaciones, sí, obligaciones, que cumplir, bien en los estudios o en el trabajo, teniendo que tomar decisiones por sí mismo, sin red parental. Y ninguno salimos borrachos ni alcohólicos, muchos con casi dos metros y cien kilos de peso.

Ahora no hay tabernas, quedan algunas “tabernas ilustradas”, llenas de turistas, en dónde un vino, servido en copa, con poco contenido y más empaque, se paga a precio de oro, en donde nadie conoce a nadie, en donde hay que esperar a que un camarero, que odia su trabajo, mueva la cabeza, sin decir nada, a modo de pregunta de qué quieres.

Ya no existe la taberna, lugar de encuentro sustituto de ilusiones perdidas. La taberna es solo un recuerdo del pasado, que algunos bordes (así se llama en valenciano), desde los modernos pubs y clubs privados en los que corre a raudales la cocaína, confunden como reunión de borrachos, cuando en realidad era el complemento al “pan y circo” que, sin ser conscientes de ello, antes en el franquismo, y ahora en el marxismo-comunismo (que nadie olvide que el PSOE -que se fundó en la taberna Labra- es marxista desde la toma de poder de Pedro Sánchez), los políticos han dejado como singular espacio de libre expresión, a modo de refugio de la libertad que todos tenemos y que, bajo ningún concepto, podemos permitirnos perderla. 

Sobre el autor:

Antonio Campos

Antonio Campos

Antonio Campos nació en Ciudad Real, en la España del queso amarillo y la leche en polvo de los americanos. Licenciado en Económicas, Diplomado en Humanidades, PDG por el IESE. 

Ha trabajado durante muchos años en un importante grupo multinacional del sector financiero, al que reconoce estar agradecido por haberle dado la oportunidad de desarrollarse profesional, académica, personal y humanamente. 

Conseguida cierta estabilidad profesional y dineraria, volvió a su verdadera pasión de juventud, escribir; desde entonces, han sido cuatro libros y unos dos mil artículos de opinión, económica y política, publicados en diferentes medios de comunicación, pretendiendo conjugar la libertad individual o personal (el progresismo) con la libertad económica (el conservadurismo), elogiando las ideas y no las ideologías.

Y lo hace, dice, pretendidamente independiente, ideológica y socialmente, con la libertad de quien tiene libre el tiempo, el pensamiento y la palabra.

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