Ramón Sánchez-Ocaña
Opinión

Así se transmiten los rumores

Ramón Sánchez-Ocaña
preparar un viaje (Pixabay)

¿Cuántas veces ha oído que a un amigo de un amigo le ha ocurrido una historia increíble y que le aseguran que es cierta? Hace tiempo, una gran revista de divulgación científica aplicaba su mirada sobre este problema llegando a conclusiones curiosísimas. Y son historias que todos conocemos. ¿Quién no ha oído esa fábula del matrimonio que viaja a país exótico, que ella se entretiene en la compra y el marido desaparece. Lo buscan y al día siguiente lo encuentran dormido en un sofá del hotel con una cicatriz en la espalda porque le acaban de sustraer un riñón?

Cuando preguntas dónde, la respuesta es un tanto ambigua, que va desde Brasil a Estambul. Pero lo importante es que quien lo cuenta se lo cree y siempre dice que le ocurrió a un amigo. Si se indaga un poco más, realmente te dice que le pasó a un amigo de un amigo. Y es de suponer que a ese amigo del amigo, se lo contó otro amigo del amigo, de manera que la fuente se aleja en progresión geométrica.

Otra historia que estuvo muy en boga fue la del accidente del baño. El varón –en viaje de novios- se sienta a hacer sus necesidades. Enciende un pitillo. Al tirar la cerilla se inflama el algodón con alcohol que la mujer había utilizado minutos antes para limpiarse las uñas. Se incendia de golpe y le quema sus partes. Llaman a la ambulancia. Se lo llevan. Cuando bajan la camilla por la escalera cuenta lo sucedido y es tal la risa que les produce a los camilleros que se les cae el herido y se rompe una pierna…

Otro de los mitos que estuvo en boca de todos –y nunca mejor dicho- es el de dos jóvenes con aparato de ortodoncia que se besan con tanto entusiasmo que su aparatos dentales quedan enganchados y tienen que llegar así hasta la clínica.

No se los crea. Nunca son ciertos, pero todos tienen en común unas características determinadas; por ejemplo, se creen. Los cree quien los cuenta. Siempre ocurren en países lejanos y exóticos. Y están en vigor alrededor de dos años. Después llega la incredulidad.

Y casi todos tienen una moraleja o una consecuencia aleccionadora.

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