Cartas a la directora

Crónica de una espera: la deuda silenciosa con los mutualistas

Juan Jesús Baeza Hernández

Viernes 16 de enero de 2026

4 minutos

Victorias de los mayores en 2025: mutualistas, jubilados con largas carreras de cotización y talento. Foto: EuropaPress
Juan Jesús Baeza Hernández

Viernes 16 de enero de 2026

4 minutos

cintillo cartas a la directora

 

En un país que presume de estar a la vanguardia digital, miles de contribuyentes —en su mayoría personas jubiladas— libran desde hace años una batalla silenciosa y desgastante: recuperar las retenciones indebidas que pagaron como mutualistas. Frente a los anuncios de una Administración ágil y moderna, la realidad es otra bien distinta: formularios online que fallan, expedientes electrónicos que no avanzan y un silencio administrativo que se ha convertido en la respuesta más habitual.

El Gobierno fijó 2025 como el año en el que este problema quedaría definitivamente resuelto. Así lo anunció la ministra de Hacienda, con la promesa de una solución “rápida y definitiva”. Pero el calendario ha seguido avanzando y, para los afectados, lo único que ha cambiado es el año. La devolución sigue sin llegar y la contestación oficial se repite como un mantra: “La Agencia Tributaria sufre retrasos debido a la alta carga de trabajo”.

Esta “carga de trabajo” se ha transformado en una explicación universal que sirve para justificar la lentitud, la falta de información y la ausencia de plazos claros. Es cierto que la Administración gestiona millones de expedientes, pero lo preocupante es la normalidad con la que se asume el retraso, como si fuera una ley inevitable de la burocracia y no una disfunción que exige soluciones.

Mientras tanto, los mutualistas acumulan justificantes, comunicaciones sin respuesta. Cada nuevo trámite es un acto de confianza en un sistema que se ha digitalizado, pero que no ha cambiado su forma de funcionar. La modernización parece haberse quedado en las presentaciones y en los discursos.

Hoy ya no se hacen colas en las oficinas; se hacen clics. Muchos clics. Sin embargo, la eficiencia prometida no llegó con ellos. Los expedientes electrónicos pueden permanecer meses —o años— paralizados, igual que antes ocurría con los archivadores de papel. En un contexto en el que se habla de algoritmos e inteligencia artificial, resulta llamativo que una devolución basada en un cálculo sencillo en euros siga atrapada en un laberinto invisible.

Se nos prometió una Administración sin papeles, pero no se desmontaron los viejos muros de la inercia. Digitalizar no es sinónimo de modernizar. Cuando tras un portal web aparentemente eficaz persisten la opacidad, la frialdad y las mismas excusas de siempre, algo falla.

Esta deuda va más allá de lo económico. Para los mutualistas, se trata de respeto, coherencia y credibilidad institucional. Es difícil comprender que el Estado exija al ciudadano una precisión absoluta para cumplir con sus obligaciones fiscales, mientras se concede a sí mismo una tolerancia ilimitada cuando se trata de devolver lo cobrado indebidamente. Cada retraso erosiona la confianza, un valor frágil y esencial para la convivencia democrática.

La impotencia de los afectados se mezcla con una resignación amarga. Reclamar al Estado no es enfrentarse a un adversario, sino intentar despertar a un gigante adormecido. Aun así, miles de personas persisten, movidas por la convicción de que la ley no es un monólogo, sino un compromiso mutuo entre la Administración y el ciudadano.

De todos los males de la burocracia, el más doloroso no es la lentitud; es el silencio. Ese vacío administrativo donde las gestiones se esfuman y la esperanza se enfría. En la era del big data y la transparencia proclamada, la falta de diálogo es la demostración última de indiferencia. Bastaría un gesto pequeño: una explicación sincera, un cronograma realista, una señal de que alguien, en algún lado, se hace cargo. Pero la respuesta repite el mismo mantra: un retraso no deseado.

Epílogo: una deuda que no puede esperar

El Gobierno tiene aún la oportunidad —y la responsabilidad— de cumplir su palabra. No con cifras en un comunicado, sino con acciones concretas. Resolver estas devoluciones no es solo un trámite técnico; es un imperativo ético. En esa dimensión, cada demora tiene un rostro, un nombre y una historia de años perdidos.

Detrás de cada "expediente en trámite" late una carga humana insoportable: la de quienes, contra toda evidencia, siguen confiando en que la justicia administrativa llegará, aunque avance, hoy por hoy, al ritmo lento de una asombrosa paradoja: un burro digital anhelando ser un caracol analógico.


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Juan Jesús Baeza Hernández