Cuando faltan las ganas de vivir
Cada 10 de septiembre se conmemora el Día Mundial para la Prevención del Suicidio. Una fecha necesaria para hablar de una realidad que todavía permanece rodeada de silencios, miedos y demasiados prejuicios. También cuando afecta a las personas mayores, quizás las más olvidadas cuando hablamos de sufrimiento emocional y riesgo de suicidio.
Hablar de ello no es fácil. No lo es para quien siente que ya no puede continuar ni para la familia que escucha unas palabras que nunca esperaba oír.
—Doctor, yo ya no quiero seguir viviendo.
No minimicemos esta frase que aparece algunas veces en la consulta. Puede decirse con lágrimas, pero también con una serenidad que desconcierta. A veces surge después de una caída, de un diagnóstico difícil o de la muerte de la pareja. Otras veces aparece cuando la persona siente que ha perdido su autonomía, que depende demasiado de los demás o que ya no ocupa el lugar que tenía en su familia y en el mundo. Sin olvidar la soledad que merece una especial atención. Se puede vivir solo y sentirse acompañado, pero se puede estar rodeado de personas y experimentar una profunda sensación de vacío.
No, no deberíamos considerarlo normal por el hecho de tener ochenta, noventa o cien años, como si perder las ganas de seguir adelante fuera una consecuencia inevitable de cumplir años. Porque no lo es.
Envejecer no significa necesariamente perder el deseo de vivir. Tampoco la enfermedad, la fragilidad o la dependencia conducen inevitablemente a querer morir. Muchas personas con grandes limitaciones continúan encontrando sentido en una conversación, en la familia, en un paseo, en una comida compartida o simplemente en la posibilidad de decidir cómo quieren vivir cada día.
Por esto es importante distinguir. No toda persona mayor que dice "me quiero morir" va a suicidarse. Pero toda persona que lo dice está expresando algún tipo de sufrimiento que merece ser escuchado y que debe ponernos en alerta.
Hoy deberíamos recordar que prevenir empieza muchas veces escuchando, preguntando y no apartando la mirada ante el sufrimiento de una persona mayor. Porque esa escucha puede ser el primer paso para ayudarla a encontrar motivos para seguir con ganas de vivir.
