Alberto Sucasas
Opinión

Y después de la pandemia… ¿un mundo nuevo?

Alberto Sucasas Peón
Coronavirus Madrid Foto: Fernando Lázaro Quintela

Allí donde crece el peligro
crece también lo que salva
(Friedrich Hölderlin, Patmos)

En períodos de crisis aguda, cuando las viejas certezas se desmoronan y la confianza sucumbe a la zozobra, cuando lo vigente anteayer ya no es ley de hoy ni probablemente de mañana, se intensifica el dilema que impone la naturaleza incierta del futuro: ¿desesperación o esperanza? ¿Tiempo de tirar la toalla, reconociéndose vencidos por una dificultad insuperable, o, muy al contrario, momento propicio para el advenimiento de un porvenir mejor? Pues el futuro es, justamente, el tiempo por venir y la demora de su llegada, que no cabe disociar de lo impredecible de sus efectos, puede desencadenar la destrucción del viejo mundo, pero también el surgimiento de un mundo nuevo. ¿Buena nueva o profecía de desgracia? ¿Catástrofe aterradora o novedad estimulante?

Contra lo que pudiera parecer, es justamente en los momentos de angustia colectiva cuando, junto al miedo generalizado ante lo amenazante de la situación, se abre paso la esperanza de que los males presentes o inminentes no sean sino síntomas del advenimiento de un mundo nuevo. Al igual que los dolores de parto anuncian el cercano nacimiento. Se piensa que cuanto más se intensifique el peligro tanto más aumentará también, como proclaman los versos de Hölderlin, lo salvífico.

Nuestra inquietante coyuntura, sanitaria y social, parece favorecer esa extraña y paradójica metamorfosis del miedo en esperanza. Esperanza, en efecto, de que, tras la pandemia, llegará un mundo nuevo. Promesa aún incumplida, cierto, pero asistiríamos ya a algunos indicios. Una atmósfera de fraternidad estaría imponiéndose allí donde, solo unas semanas atrás, prevalecía el cálculo egoísta: las muestras de civismo entre la población, respetando las exigentes consignas del estado de alarma, o las manifestaciones de apoyo a los profesionales sanitarios, incluso gestos de desinteresada solidaridad (chóferes que trasladan sin coste alguno a enfermos; artistas que ofrecen gratuitamente sus creaciones; propietarios que ceden a cambio de nada sus viviendas para acoger a personas sin techo…), harían evidente que algo está cambiando en la mentalidad comunitaria. Por otro lado, desde las instituciones públicas se proclama insistentemente que la reconstrucción social y económica requerirá de políticas guiadas por el compromiso de todos, prestando de ese modo apoyatura y estímulo institucionales al naciente sentimiento de cohesión solidaria.

Pero, ¿no se tratará de un espejismo, bienintencionado pero frágil, incluso peligroso? No solo porque omite hechos comprobados de signo muy distinto: abundantes infractores de las pautas del confinamiento; propietarios que dejan en la calle a sus inquilinos por impago; empresas que hacen el agosto incrementando de modo injustificado el precio de productos de demanda masiva… o esos grupos de vecinos que, lejos de celebrar el tesón de médicos y enfermeras, se niegan a convivir con quienes velan por su salud, o tatúan en el coche de una inocente ginecóloga la infamia de “rata contagiosa”. No solo por lo sublimado o idealizado del retrato de nuestra sociedad en tiempos de pandemia. También porque alentar sueños irrealizables constituye una maniobra de extraordinario riesgo social: toda la ilusión inicial pronto, en cuanto su inviabilidad resulta patente, se transforma en frustración e ira, haciendo del colectivo presuntamente solidario presa fácil de quienes aspiran al liderazgo político propagando el odio. El ascenso electoral de fuerzas de ultraderecha representa, en ese sentido, un aviso que no conviene desoír.

¿Cuál es el origen del que brota ese sueño cargado de riesgos? Sus causas inmediatas son fácilmente detectables. La psicología social nos enseña que quien vive acuciado por el temor difícilmente preserva su sentido crítico; más bien se muestra incondicionalmente receptivo a cualquier promesa halagüeña, por mucho que carezca de fundamento. Vivimos, y no sin razón, en el miedo; se ha convertido en parte de la atmósfera que respiramos durante estas semanas. Pero eso no justifica que dimitamos de nuestra capacidad reflexiva para entregarnos, maniatados, al canto de sirenas de lo ilusorio. Por otro lado, la vertiente amarillista de los medios de comunicación, demasiado proclives a “espectacularizar” los hechos, contribuye a intoxicar nuestras mentes amedrentadas: en lugar de proporcionar una información rigurosamente objetiva y promover su recepción serena, con mucha frecuencia aviva el fuego de las pasiones y, directa o indirectamente, nos predispone a caer en las redes del engaño.

Pero la cosa viene de muy atrás. En efecto, la paradójica vinculación de máximo riesgo y promesa de un mundo plenamente humano remite, en nuestra tradición cultural, a un imaginario milenario. Nació con el profetismo bíblico: desesperado por la dura experiencia del exilio y la destrucción de su reino, Israel forjó, por boca de sus profetas, el ideal de la esperanza mesiánica. Del futuro cabía esperar la llegada de un personaje –el Mesías, no divino pero sí íntimamente identificado con los designios de Dios– que pondría fin a la injusticia prevaleciente en este mundo e inauguraría un ciclo histórico, el definitivo, en que toda la humanidad, no solo Israel, se reconciliaría en una sociedad pacificada y solidaria. En palabras de Isaías, se trataría del tiempo en que “las espadas se transformarán en arados” y “el lobo pacerá junto al cordero”. Un mundo definitivamente redimido: tal es el contenido esencial del anhelo mesiánico. Pero su realización se vería precedida por un interregno de violencia desatada, de guerras terribles y sufrimientos extremos, que desembocarían en el reino de la paz y la fraternidad. Como se ve, Hölderlin se inspiraba en ese nexo peligro-salvación.

A través del cristianismo (recuérdese que el nombre de su fundador, Jesu-cristo, significa “Jesús el Ungido”, siendo “ungido” sinónimo de “mesías”, pues a este correspondería restablecer el trono de David y el ceremonial de coronación incluía derramar aceite sobre la cabeza del futuro rey), esa idea penetró en la civilización europea. No en vano el último libro del Nuevo Testamento, el Apocalipsis, augura un fin de los tiempos donde la más radical de las devastaciones (sus protagonistas simbólicos serían los célebres “cuatro Jinetes”) dará paso a la Parusía –segunda venida de Cristo– que supondrá el “fin de los tiempos” y, con ello, la consumación de la promesa escatológica.

Pero la esperanza mesiánica, reconvertida desde un espíritu secularizado, cobró un protagonismo extraordinario en las luchas sociales y políticas de la época moderna, muy en particular en los movimientos que, tras la Revolución Francesa, pronosticaron una futura emancipación de la humanidad; más aún, un “hombre nuevo” en un “mundo nuevo”. Sin duda, la formulación más influyente de ese ideal la suministró Karl Marx: su pronóstico augura que el régimen capitalista, cuya explotación del proletariado industrial no haría sino incrementarse con el tiempo, estaría abocado a una revolución que, llevada a cabo por la clase obrera, instauraría la sociedad comunista.

A Marx debemos el más lúcido análisis de los mecanismos de opresión económica y social (“explotación del hombre por el hombre”, en expresión imperecedera) que la industrialización trajo consigo, pero su pronóstico del triunfo final del comunismo no solo aportó a los desheredados una luz de esperanza sino que también alentó, sin duda contra las intenciones originales de Marx, algunos de los episodios de barbarie más sobrecogedores de la época contemporánea. Baste pensar en los millones de ciudadanos soviéticos que sufrieron las carnicerías de Stalin.

El imaginario mesiánico-apocalíptico, que sobrevive a la extinción de sus versiones religiosas, encierra a la vez un extraordinario poder de fascinación colectiva y una terrible amenaza. Es comprensible que su contenido (un mundo definitivamente justo, sin desigualdades ni violencia, sin guerras ni insolidaridad) haya movilizado, durante el pasado siglo, a las masas sedientas de justicia, pero no podemos cerrar los ojos ante las devastadoras consecuencias del “sueño realizado”.

No. Ni hubo, ni hay, ni habrá paraíso para nosotros en esta tierra. Intentar su realización (“tomar el cielo por asalto”, hacer bajar el absoluto celeste a la vida terrenal), lejos de instaurar una existencia celestial, supuso crear nuevas formas de vida infernal. Por doloroso que resulte reconocerlo, el “hombre nuevo” y la “nueva sociedad” desembocaron en modalidades inéditas de lo inhumano. Acaso por lo desmesurado de su ambición.

 Entonces, ¿qué? Aceptar nuestra finitud, propia de seres imperfectos pero perfectibles, pero incompatible con quimeras de absoluto. Sin que ello conlleve derrotismo alguno; implica, sin duda, el rechazo de actitudes apocalípticas, pero en modo alguno la resignación ante el mal o el sufrimiento. Combatirlos con firmeza es tarea irrenunciable, inaplazable. Pero sin el auto-engaño de esperar la realización del paraíso. Para evitar que el afán de darle alcance tan solo ofrezca nuevas modalidades de lo inmundo, aceptemos que nuestro lugar no es celeste ni infernal. Habituémonos a residir en el purgatorio y contribuyamos a hacerlo más habitable.

Tras la pandemia, pues, no nos aguarda un mundo nuevo. Seguirá siendo, con sus luces y sus sombras, el mundo que conocemos, el único que es nuestro. Sobre su piel mostrará, eso sí, indeseadas heridas y duraderas cicatrices. Y, probablemente, nuevas amenazas: “que pasen as correntes apestadas / ¡Que pasen… que outras virán!” (Rosalía de Castro). La tarea es afrontarlas: curarlas o, al menos, aliviarlas. Ese ha de ser nuestro empeño. Empeño muy humano, pues sabe renunciar a lo sobre-humano.


Alberto Sucasas: filósofo, profesor de la Universidade de A Coruña y Premio de Ensayo Miguel de Unamuno.

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