El 69% de los directores financieros espera una recesión

Los datos sobre el empleo del mes de marzo en EE.UU y España, hacen presagiar la magnitud de la recesión que se nos avecina, que va a dejar al sistema económico lleno de escombros.

Para paliar y evitar daños en el tejido productivo, hasta que comience a recuperarse la economía, habrá que tomar una serie de medidas que permitan que el sistema se ponga de nuevo en marcha. Apenas hay precedentes de una situación como la actual, por lo que no va a ser tarea fácil acertar con las medidas que hay que tomar.

Durante los meses de enero y febrero, con China ya paralizada, y las cadenas de suministros encajando el primer golpe, la palabra recesión no aparecía en la boca de los economistas occidentales, ya que el debate aún giraba en torno a cuanto restaría el coronavirus al crecimiento. Pero la pandemia llegó a Occidente y las dudas se volatilizaron rápidamente. La economía fue confinada dejando poco espacio para la escapatoria.

Habrá una terrible recesión en España, en Europa, en EE.UU, y en todo el mundo. El descalabro inicial será enorme, mayor que el de la crisis financiera y de deuda soberana de los años 2008 y 2010, y el reto hoy de las autoridades económicas (Gobiernos, bancos centrales, FMI, Banco Mundial, G20, G7, y UE) es evitar que este batacazo acotado en el tiempo se transforme en algo más duro: en una gran depresión como la del año 1929 o la gran recesión del año 2008.

El éxito depende, en buena medida, de un tratamiento experimental que es congelar el tejido productivo hasta que pase la pesadilla y esperar que, después, la actividad vuelva lo antes posible al punto en el que estaba. Evitar, en definitiva, un cortocircuito en el sistema productivo que estrangule el crecimiento durante varios años, y no durante algunos meses.

Ya es demasiado tarde para evitar la recesión, al estar ante un frenazo masivo, total, y repentino con efectos devastadores, tanto en el consumo como en la producción. Pero podemos y debemos hacer lo máximo posible para evitar una gran depresión. Es el reto que tiene esta generación. Estamos en lo más parecido a un tiempo muerto para la economía, en el que tanto las personas como las empresas necesitan, ante todo sobrevivir.

Mientras dure el parón, todos los esfuerzos de los gobiernos y bancos centrales, deben ir encaminados al único objetivo de hacer todo lo posible para salir de esta situación, apoyando a los hogares menos privilegiados, dando crédito a las empresas para suministrarles liquidez y así evitar sus insolvencias, y protegiendo el mercado del trabajo de los despidos.

La economía ha entrado en un túnel oscuro con el objetivo superior de salvar vidas. En aguas sin cartografiar y sin un faro del pasado que nos ilumine nos presenta una escena que esta vez es diferente a todas las anteriores. El recetario para salir de la crisis también debe ser diferente, ya que, en estas circunstancias extraordinarias, a la política económica, le toca ahora interpretar un papel bien distinto del que está acostumbrada, que es tratar por todos los medios de que el sistema productivo preserve sus trazas básicas sin grandes disrupciones hasta que la actividad económica regrese a las calles y que para, cuando acabe todo esto, la salida de la crisis sea en forma de ``U´´ y no en forma de ``L´´, ya que a pesar de lo que dicen las autoridades económicas esta salida no va a ser en ``V´´.

¿Se puede entonces poner en hibernación a la economía? Si, es posible, aunque muy complicado, ya que va a depender de cuánto tiempo dura esta hibernación. Si el cierre total se extiende será catastrófico; si son solo unos pocos meses podremos esquivar el desastre y para eso es necesario evitar que desaparezcan empresas y puestos de trabajo.

En tanto que no haya consumo que estimular, es necesario esquivar la hecatombe en forma de avalancha de quiebras y despidos permanentes, y asegurar que las heridas que deja en el sistema financiero, sean las menores posibles. Si se prolonga demasiado y afecta a la solvencia de la banca, podría ser aún peor que las dos Grandes Crisis anteriores.

En esta situación el Estado es el que se hace cargo de que todo no se vaya al traste y de que no haya un efecto dominó, apostando por formulas temporales en las que el erario público cubre una parte sustancial del salario o tirando de millonarios salvavidas para mantener la liquidez de las empresas.

La deuda pública se irá por las nubes y tendrá que haber quitas en el lado privado, como ha advertido Mario Draghi en el Financial Times, y parte de los préstamos del gobierno a las empresas no se devolverán jamás. Más adelante, cuando la gente vuelva a trabajar y a consumir, tendrá que haber más medidas económicas, ya que se necesitará apoyar el consumo con una nueva ronda de estímulos que en la actual coyuntura las economías avanzadas pueden afrontar gracias a los bajos tipos de interés. Y todo ello bajo unos Pactos de la Moncloa a nivel nacional y un Plan Marshall de la UE.

Esta situación nos está convirtiendo en Keynesianos a todos, incluso a los neoliberales más fundamentalistas y hoy nadie niega de su importancia capital para evitar el desastre.


Juan Manuel Sánchez Quinzá-Torroja del Departamento de Economía y de la Universidad Senior de la UDC.

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