El envejecimiento activo no existe. Existe su marca registrada

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El envejecimiento activo no existe. Existe su marca registrada

Permítanme comenzar con una confesión: durante años creí que el envejecimiento activo era un concepto. Un marco teórico con fundamento científico, respaldo institucional y vocación transformadora. La Organización Mundial de la Salud lo definió en el año 2002 como "el proceso de optimización de las oportunidades de salud, participación y seguridad con el fin de mejorar la calidad de vida a medida que las personas envejecen". Nada más y nada menos.

Me equivocaba. El envejecimiento activo no es un concepto. Es una marca.

Y como toda buena marca, ha sabido evolucionar con admirable plasticidad semántica: del manual de la OMS a la etiqueta de un yogur bio con probióticos "especialmente formulado para mayores de 55", pasando por el eslogan de una urbanización de lujo en la costa, el nombre de una aplicación de meditación guiada para sénior, el reclamo de una cadena de gimnasios con tarifas reducidas los martes por la mañana y, cómo no, el título de al menos doscientas jornadas, congresos y simposios donde diversos ponentes se felicitan mutuamente por lo bien que están gestionando el reto demográfico.

Chapeau.

El producto estrella

El envejecimiento activo reúne todas las condiciones para convertirse en el producto perfecto del siglo XXI. Primero, apela a un mercado en expansión exponencial: hay en España más de nueve millones de personas mayores de 65 años y la cifra no hace sino crecer. Segundo, genera una culpa silenciosa y muy rentable: si no eres activo, algo estás haciendo mal. Tercero, admite infinitas extensiones de línea: activo físicamente, activo socialmente, activo digitalmente, activo sexualmente —porque también hay suplementos para eso—, activo cognitivamente, activo emocionalmente. Cuarto, y esto es lo verdaderamente genial, nadie puede estar en contra. ¿Quién va a defender el envejecimiento pasivo?

El resultado es un ecosistema productivo fascinante en el que conviven, con inusitada armonía, la investigación gerontológica más rigurosa, la venta de colchones viscoelásticos ortopédicos, los cruceros temáticos para jubilados activos, los programas de voluntariado que cotizan como actividad de ocio y las clases de pilates que ofrecen descuento con el carnet de pensionista.

Todo cabe. Todo suma. Todo es envejecimiento activo.

La gran paradoja

Lo verdaderamente irónico de este fenómeno —y aquí conviene ponerse serio un momento, aunque sea brevemente— es que mientras la marca se expandía con la fuerza de un virus benigno, el concepto original se iba vaciando de contenido hasta quedar en poco más que un imperativo moral difuso: sé activo, come bien, socializa, camina, aprende idiomas, no te rindas.

Como si envejecer fuera, ante todo, un problema de actitud.

Esta reducción tiene consecuencias que van más allá de lo semántico. Porque cuando el envejecimiento activo se convierte exclusivamente en un estilo de vida que se compra, se suscribe o se exhibe en Instagram, dejamos de prestar atención a algo mucho más relevante y mucho menos fotogénico: lo que ocurre dentro.

Lo que ocurre, por ejemplo, cuando una persona de setenta años empieza a repetir preguntas. O cuando nota que ya no encuentra las palabras con la misma facilidad. O cuando organizar la agenda, que antes era automático, se convierte en un esfuerzo. O cuando percibe, con esa lucidez incómoda que da la conciencia, que algo ha cambiado en la forma en que su mente procesa el mundo.

Eso no sale en el catálogo del envejecimiento activo.

Lo que nadie pone en el folleto

Entre el envejecimiento fisiológico normal y la demencia existe una fase intermedia que la neurociencia lleva años estudiando con creciente urgencia: el deterioro cognitivo leve. Una etapa en la que la persona conserva buena parte de su autonomía y funcionalidad, pero en la que comienzan a manifestarse alteraciones objetivables que, si se detectan a tiempo, pueden abordarse de forma eficaz.

A tiempo. Ese es el concepto que el marketing del envejecimiento activo ha olvidado de forma casi sistemática.

Porque mientras el sector se esfuerza en vender vitalidad —y en eso hay, seamos justos, mucho trabajo honesto y valioso—, el sistema sociosanitario sigue llegando tarde a la detección precoz del deterioro cognitivo. No porque no exista evidencia científica que la respalde —la Comisión Lancet sobre prevención de la demencia lleva años señalando que hasta un 45% de los casos podrían prevenirse o retrasarse actuando sobre factores modificables—, sino porque intervenir en fases iniciales no genera titular, no llena salas de conferencias y, sobre todo, no tiene el atractivo visual de un grupo de octogenarios haciendo zumba en la terraza.

El diagnóstico precoz es el pariente feo del envejecimiento activo. Necesario, eficaz, transformador. Pero poco fotogénico.

Una propuesta modesta

No pretendo aquí cuestionar la legitimidad del concepto ni, mucho menos, la de quienes trabajan con rigor y vocación en torno a él. El envejecimiento activo, en su formulación original, sigue siendo un marco válido y necesario. El problema no es el concepto sino su secuestro por parte de la lógica del marketing, que lo ha convertido en un significante sin significado, en un envoltorio sin contenido, en una etiqueta que puede pegarse a cualquier cosa siempre que transmita juventud, vitalidad y capacidad de compra.

Lo que propongo —con toda la modestia de quien observa el sector sociosanitario con algunos años de experiencia— es que recuperemos la parte incómoda del concepto. La que habla de prevención real, no de prevención decorativa. La que defiende que cuidar la salud cerebral no empieza cuando aparece la dependencia, sino mucho antes. La que entiende que detrás de cada persona mayor sigue habiendo una vida cognitiva que merece ser protegida con la misma seriedad con que protegemos la salud cardiovascular o la densidad ósea.

Porque el envejecimiento activo de verdad no se anuncia en vallas publicitarias. Se practica en consultas, en centros de día, en evaluaciones neuropsicológicas, en programas de intervención temprana, en conversaciones honestas entre profesionales y familias que no esperan a que la dependencia sea evidente para actuar.

Lo demás es marketing. Y el marketing, a diferencia del cerebro humano, no tiene deterioro cognitivo: recuerda perfectamente dónde está el dinero.