Martes 20 de enero de 2026
3 minutos
Hay un país que presume de cuidar a sus mayores y, sin embargo, los aparca en una cola. Lo llamamos “Dependencia” para que suene técnico, pero muchas familias lo traducen así: “aguanta como puedas”. Mientras la resolución no llega, la autonomía sí se va. Y se va sin pedir permiso.
El dato que ha vuelto a circular estos días es brutal: decenas de miles de personas mueren esperando una respuesta administrativa. No es solo una cifra; es una escena repetida. Una caída “tonta” que ya no es tan tonta. Un miedo a salir que se convierte en encierro. Un encierro que se convierte en tristeza. Y una tristeza que acelera el deterioro. El reloj no se detiene porque el expediente esté “en trámite”.
Lo más perverso es que la espera tiene un efecto invisible: convierte a la familia en un servicio 24/7 sin contrato, sin relevo y sin manual. Al principio se puede. Luego se sobrevive. Y cuando el cuidador revienta, el sistema lo descubre tarde, como si fuera una sorpresa: urgencias, ingreso, institucionalización precipitada. No es falta de amor; es falta de apoyos a tiempo. Y en ese tiempo perdido se cuelan el aislamiento, la fragilidad y el “ya no puede” que llega antes de lo necesario.
Si de verdad queremos dejar de gestionar derrumbes, hay que cambiar el guion. Y se puede empezar mañana con cinco decisiones sencillas (pero valientes), sin esperar a una reforma perfecta:
- Intervención temprana: si aparecen señales —despistes nuevos, caídas, pérdida de iniciativa, apatía— se activa apoyo ya, no cuando el caso “explota”.
- Apoyos intensivos en domicilio cuando sea viable: horas suficientes, objetivos claros y seguimiento; no “horitas” sueltas que solo tapan huecos.
- Rutinas que protejan cerebro y ánimo: movimiento adaptado, estimulación cognitiva, conversación con propósito y vida social, aunque sea pequeña; esto no es “animación”, es prevención.
- Respiro familiar de verdad: planificado y continuo, porque el cuidador que se quema no cuida mejor, solo aguanta.
- Coordinación real entre sanidad, servicios sociales y recursos comunitarios: una sola historia, un solo plan, menos puertas y menos “vuelva usted mañana”.
Y sí, esto también va de dinero y plazas, pero sobre todo va de prioridades: ¿preferimos invertir antes para sostener autonomía o pagar después para apagar incendios? La pregunta duele porque la respuesta se ve en casa, en cada baño que ya no se puede hacer solo, en cada paseo que se deja para “otro día”, en cada “no la dejo sola” que se convierte en una renuncia silenciosa.
Que nadie se engañe: la Dependencia no debería ser una sala de espera. Debería ser una puerta rápida a apoyos concretos. Porque cuando llegamos tarde, no solo perdemos tiempo. Perdemos vida.
Y ahora, querido lector, te pregunto sin filtros: si has vivido esto de cerca, ¿qué fue más duro, la burocracia… o la soledad de sentir que nadie llegaba?



