Más viejos y más solos: GuardAfetos y la reinvención del cuidado en el Portugal vaciado
En la última década, el número de mayores que viven solos en Portugal ha aumentado un 33%
José Carlos Batalha, presidente de la Federación de Instituciones de la Tercera Edad de Portugal, pronunció esta semana una frase que debería funcionar como una bofetada cívica: «Si en la última década el número de mayores que viven solos ha aumentado un 33%, estamos hablando de cifras aplastantes. Todos somos pocos para mirar este problema de frente». La declaración, realizada en una entrevista con la emisora Renascença y la agencia Ecclesia a pocos días del Día Mundial de los Abuelos y los Mayores, encierra una verdad incómoda que trasciende fronteras: la soledad de los mayores no es un problema portugués ni español, sino una pandemia silenciosa que recorre toda la Europa meridional y que nuestras sociedades, obsesionadas con la inmediatez digital, prefieren no ver.
Pero Batalha no se limita al diagnóstico. Lo que hace verdaderamente interesante su intervención es la propuesta concreta que la acompaña: el proyecto GuardAfetos, nacido en la aldea de Azinha, en el concelho de Guarda, una de las zonas más envejecidas y despobladas del interior portugués. La idea es engañosamente simple pero revolucionaria en su ejecución. Hasta ahora, el apoyo domiciliario en Portugal —como en España— se ha limitado básicamente a dos funciones: higiene personal y alimentación. Un cuidador va a casa del mayor, le ayuda a asearse, le deja la comida preparada y se marcha. Es mejor que nada, por supuesto. Pero es radicalmente insuficiente para una población que envejece con patologías crónicas cada vez más complejas y que, en muchos casos, vive a decenas de kilómetros del centro de salud más próximo.
GuardAfetos rompe ese molde incorporando profesionales de salud —médicos y enfermeros— a los equipos de apoyo domiciliario. No se trata solo de ir a lavar y alimentar al abuelo, sino de monitorizar su tensión arterial, revisar su medicación, detectar signos tempranos de deterioro cognitivo, evaluar el riesgo de caídas. En definitiva, llevar la atención primaria a donde vive la persona, en lugar de esperar a que la persona —que a menudo no puede— llegue hasta la atención primaria. El proyecto cuenta con la colaboración del Instituto Superior de Ciencias Sociales y Políticas de Lisboa, que está recogiendo datos y mapeando la realidad del concelho para formular recomendaciones concretas. Y ya hay ayuntamientos interesados en replicar el modelo.
Para un lector español, las resonancias son inmediatas y dolorosas. Nuestro sistema de atención a la dependencia, nacido con la Ley de 2006, lleva dos décadas acumulando listas de espera, financiación insuficiente y un modelo que sigue priorizando la institucionalización sobre la permanencia en el hogar. Los datos del IMSERSO muestran que en España hay más de 2,1 millones de personas mayores que viven solas, una cifra que no para de crecer. Y nuestro apoyo domiciliario, con una media de poco más de una hora diaria de servicio, se parece peligrosamente al modelo portugués que GuardAfetos intenta superar: visitas breves centradas en lo urgente, sin capacidad para lo importante.

Lo que el proyecto de la Sierra de la Guarda pone sobre la mesa es una cuestión de filosofía asistencial. ¿Qué significa realmente cuidar a una persona mayor que vive sola en una aldea del interior? Si la respuesta se limita a garantizar que coma y esté limpia, estamos hablando de supervivencia, no de vida. Si, en cambio, incluimos seguimiento sanitario preventivo, estimulación cognitiva, detección precoz de problemas y, sobre todo, presencia humana regular y significativa, estamos hablando de dignidad. La diferencia entre ambos modelos no es solo ética, sino también económica: cada ingreso hospitalario evitado por una intervención preventiva en domicilio ahorra miles de euros al sistema público de salud. Cada institucionalización retrasada gracias a un apoyo domiciliario de calidad libera plazas residenciales para quienes realmente las necesitan.
Batalha subraya un aspecto que a menudo se olvida en los debates sobre envejecimiento urbano: la soledad rural tiene una textura diferente. En Lisboa o en Oporto, como en Madrid o Barcelona, un mayor solo está rodeado de servicios, aunque no siempre sepa o pueda acceder a ellos. En las aldeas del interior portugués —como en los pueblos vaciados de la España rural— el aislamiento es físico además de emocional. No hay farmacia a la vuelta de la esquina, no hay centro de salud a diez minutos en autobús, no hay vecino joven que pueda echar una mano porque los jóvenes se marcharon hace años. Pero, paradójicamente, estas comunidades conservan algo que las ciudades han perdido: una red de solidaridad vecinal, un tejido de relaciones humanas construido durante décadas que, si se sabe activar, puede convertirse en el sustrato sobre el que edificar modelos de cuidado comunitario.
Ese es precisamente el genio de GuardAfetos: no pretende sustituir la comunidad por un servicio público, sino integrar ambos. La enfermera Carla y el doctor Valbom no llegan a Azinha como funcionarios de un sistema distante, sino como parte de un ecosistema que incluye a la institución social local, al ayuntamiento, a la universidad y, crucialmente, a los propios vecinos. Es un modelo que reconoce algo que la tecnocracia sanitaria tiende a ignorar: que el cuidado no es solo un acto clínico, sino un acto relacional, y que la mejor medicina para la soledad de una persona mayor no se dispensa en pastillas sino en presencia.
Las cifras portuguesas deberían sacudir la conciencia de quienes diseñan políticas a ambos lados de la frontera ibérica. Cerca de 500.000 personas mayores de 65 años viven solas en Portugal, en un país de diez millones de habitantes. La proporción es escalofriante. Y el Estatuto del Mayor, recientemente debatido, reconoce la necesidad de promover políticas de envelhecimiento activo y permanencia en el domicilio, pero sin dotación presupuestaria suficiente, los estatutos son papel mojado. Solo el 10% de los lares —residencias— portugueses cumple plenamente la normativa vigente. Hay 465.000 mayores en riesgo de pobreza. Y hay un país entero que mira hacia otro lado mientras sus mayores envejecen solos en casas que se caen a pedazos en aldeas donde ya no queda nadie para llamar a la puerta.
GuardAfetos no es la solución a todo esto. Una aldea no cambia un país. Pero es la demostración de que existen alternativas al binomio perverso que hoy define el envejecimiento en la Europa del sur: o te institucionalizan o te abandonan en casa. Hay un tercer camino, y pasa por llevar el cuidado profesional —incluido el sanitario— al lugar donde la persona ha elegido vivir, arropado por una comunidad que se compromete. Portugal, desde la precariedad de su interior despoblado, está ensayando ese camino. España, que comparte exactamente los mismos problemas demográficos y territoriales, haría bien en prestar atención antes de que sus propios pueblos vaciados se conviertan en cementerios con calefacción.
