Ramón Sánchez-Ocaña
Opinión

San Valentín: Amar da salud

Ramón Sánchez-Ocaña
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El amor influye directamente en la salud de nuestro corazón. Y es que mantener una buena salud emocional reduce los riesgos cardiovasculares, como señala la Fundación Española del Corazón (@cuidarcorazon).

Los vínculos afectivos que tenemos con nuestra pareja, amigos y familiares, mejoran la presión arterial, lo que ayuda a reducir los niveles de ansiedad, estrés y depresión, conocidos como “factores psicológicos del riesgo”.

El entorno afectivo también ayuda a mejorar la respuesta de los tratamientos ante enfermedades como el cáncer, la diabetes o las cardiopatías. Las personas con fuertes lazos afectivos, aumentan entre dos y cuatro veces su capacidad para reponerse de  una enfermedad.

Durante la fase del enamoramiento, el cerebro segrega hormonas como la oxitocina, la dopamina o la adrenalina, que protegen el sistema cardiovascular. Y como es sabido, hay una clara relación entre nuestro estado de ánimo y la salud de nuestro corazón. Por eso, “para prevenir enfermedades cardiovasculares, además de controlar la tensión, los niveles de colesterol, realizar ejercicio y seguir una dieta saludable, hemos de favorecer la presencia de sentimientos positivos reforzando nuestros lazos afectivos con nuestro entorno”, dicen desde la FEC

Por el contrario, las personas con problemas sentimentales tienen menor defensa cardiaca. Un estudio del Instituto Karolinska, de Estocolmo, (sobre 600 mujeres de entre 30 y 65 años) demostró que las mujeres con matrimonios muy estresantes tenían tres veces más riesgo de sufrir algún ataque cardiaco que las mujeres que vivían con una buena relación con su pareja. Es más: parece que el estrés en el matrimonio provoca una progresión de la arteriosclerosis coronaria, con un aumento de la inestabilidad de las placas de ateroma que favorecen la aparición de complicaciones cardiacas.

El cerebro es el que se enamora

Hasta 12 áreas de cerebro humano están involucradas en el sentimiento del amor. Como comenta el Dr. Jesús Porta-Etessam, Director del Área de Cultura de la Sociedad Española de Neurología (SEN), hay estudios que afirman que sólo tardamos medio segundo en enamorarnos, ya que éste es el tiempo que tarda nuestro cerebro en liberar los neurotrasmisores que generan las distintas respuestas emocionales. Y es cierto que el sentimiento amoroso provoca alteraciones en áreas del cerebro relacionadas con la percepción, lo que puede explicar el hecho de que las personas enamoradas encuentren a su pareja mucho más especial que el resto.

Los avances en las técnicas de neuroimagen ya muestran las bases neurológicas del amor, hasta el punto de que puede decirse que es nuestro cerebro el que se enamora.

También la fidelidad

Ya se han podido determinar gran parte de los circuitos cerebrales que hacen que nos enamoremos. Por ejemplo, se han puesto al descubierto el papel que juegan varias partes de nuestro cerebro en el amor (el hipotálamo, la corteza prefrontal, la amígdala, el núcleo accumbens, el área tegmental frontal, etc.). Quizá la primera afirmación que puede hacerse es que tanto el amor como la fidelidad tienen una clara base neurológica, donde neurotransmisores como la adrenalina, la dopamina, la serotonina, la oxitocina, vasopresina, etc. son elementos fundamentales para comprender por qué nos enamoramos.

Y la actividad neuronal es distinta según se trate de amor, apego a la pareja o deseo sexual, por lo que nuestro cerebro no se activa de igual manera en las relaciones duraderas que en las etapas iniciales de enamoramiento.

Diferencias hombre-mujer

El cerebro de los hombres y el de las mujeres experimentan el amor de forma distinta. Según el dr. Porta-Etessam, cuando se enamoran los hombres tienen una mayor actividad en la región cerebral asociada a los estímulos visuales, mientras que en las mujeres se activan más las áreas asociadas a la memoria...

El pionero en el estudio neurológico del amor, el Dr. Semir Zeki sostiene que tanto el amor como el odio estimulan algunas de las mismas regiones cerebrales. Pero mientras el amor parece inhibir parte de las zonas donde se procesan las ideas racionales, el odio las hiperactiva.

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