Miriam Gómez Sanz
Internacional
40 años después, Chernóbil aún divide el debate sobre la energía nuclear
Unos la destacan como posible energía verde, mientras otros advierten de sus riesgos
Cuarenta años después del accidente de Chernóbil, el mayor desastre nuclear de la historia sigue marcando la percepción pública de la energía atómica. Para algunos, es la prueba de sus riesgos irreversibles. Para otros, un episodio excepcional que no invalida una tecnología clave en un contexto de crisis climática y necesidad energética.
La madrugada del 26 de abril de 1986, el reactor número cuatro de la central, situada en la actual Ucrania, entonces parte de la Unión Soviética, explotó durante una prueba de seguridad. Una combinación de fallos de diseño y errores humanos provocó un aumento descontrolado de potencia, seguido de una explosión y un incendio que liberó grandes cantidades de material radiactivo a la atmósfera.
La contaminación se extendió por amplias zonas de Ucrania, Bielorrusia y Rusia, y alcanzó, en menor medida, a buena parte de Europa. Millones de personas estuvieron expuestas a la radiación. Las cifras de víctimas siguen siendo objeto de debate: la ONU estima en unas 4.000 las muertes atribuibles directamente, mientras que otras fuentes elevan ese número a decenas o incluso cientos de miles si se consideran efectos a largo plazo. La falta de transparencia de las autoridades soviéticas en los primeros momentos contribuyó a alimentar la incertidumbre.

Un accidente que cambió la percepción global
El ingeniero nuclear Alfonso Barbas, vicepresidente de comunicación de la Sociedad Nuclear Española, considera que el accidente marcó la percepción social de la energía nuclear "no solo en Europa, sino en todo el mundo". A su juicio, ese miedo, comprensible en su origen, ha condicionado durante décadas la forma en que se percibe esta fuente de energía.
Desde el ámbito ecologista, sin embargo, se defiende una lectura distinta. Javier Andaluz, coordinador de clima y energía de Ecologistas en Acción, sostiene que Chernóbil evidenció "las implicaciones directas que podrían tener las centrales nucleares" y cuestiona la idea de que se tratara de un caso aislado.

¿Puede volver a ocurrir algo similar?
Uno de los principales puntos de fricción en el debate es la seguridad actual de las centrales nucleares. Desde el sector, se insiste en que las condiciones que provocaron el accidente de 1986 son irrepetibles.
Miriam Díaz, vicepresidenta de Jóvenes Nucleares, subraya que el diseño del reactor de Chernóbil era "inherentemente inseguro" y que el desastre fue consecuencia de "una serie de errores humanos". Hoy, afirma, los estándares de seguridad son mucho más exigentes.
Barbas coincide en que la probabilidad de un accidente grave es "muy baja", aunque reconoce que, en caso de producirse, sus consecuencias serían extremadamente graves. Desde organizaciones como Greenpeace, en cambio, se advierte de que ese riesgo, por pequeño que sea, sigue siendo inasumible. Recuerdan además que, en menos de un siglo, se han producido dos grandes accidentes nucleares: Chernóbil y Fukushima.

Energía nuclear: ¿solución climática o problema añadido?
El papel de la energía nuclear en la transición energética es otro de los grandes puntos de debate. Sus defensores destacan que no emite gases de efecto invernadero durante su operación, lo que la convierte en una herramienta útil frente al cambio climático.
Para Barbas, sus emisiones totales son comparables a las de energías renovables como la eólica o la solar. Esto tiene en cuenta construcción, extracción de uranio y desmantelamiento. Por ello, considera que puede formar parte de un sistema energético sostenible.
Las organizaciones ecologistas discrepan. Argumentan que la energía nuclear genera residuos radiactivos de larga duración, plantea riesgos significativos y depende de recursos limitados. "En ningún caso puede ser considerada verde", sostiene Francisco del Pozo, responsable del programa nuclear de Greenpeace España.
La gestión de esos residuos es, precisamente, uno de los aspectos más controvertidos. Aunque existen soluciones técnicas para su almacenamiento a largo plazo, sus detractores cuestionan la viabilidad de mantener su seguridad de forma indefinida. Por ejemplo, Andaluz asegura que "un cementerio nuclear va a ser radioactivo durante cientos de miles de años".

Un contexto global más incierto
El debate se complica en el actual contexto geopolítico. La guerra en Ucrania ha vuelto a poner el foco sobre la vulnerabilidad de las instalaciones nucleares en zonas de conflicto, especialmente tras los episodios de tensión en torno a la central de Zaporiyia.
Mientras algunos alertan de los riesgos que esto supone, desde el sector nuclear se insiste en que estas infraestructuras están diseñadas para resistir impactos externos y que nunca han sido objetivos prioritarios en conflictos bélicos. "Es un sitio especialmente robusto y bien preparado para defenderse del exterior", argumenta Barbas.
Al mismo tiempo, la crisis energética y la dependencia de suministros externos han reabierto el debate sobre qué combinación de fuentes puede garantizar estabilidad, autonomía y seguridad en Europa.
Jóvenes Nucleares apuesta por un sistema basado en renovables y energía nuclear, que considera "sostenible" y alineado con los criterios de la Unión Europea. En esa línea, Barbas subraya que ninguna fuente puede garantizar por sí sola el abastecimiento energético y recuerda que las energías renovables dependen de factores meteorológicos, lo que limita su capacidad de gestión continua.
Las organizaciones ecologistas discrepan de este enfoque. Sostienen que es viable avanzar hacia un sistema energético basado exclusivamente en fuentes renovables y rechazan la compatibilidad con la energía nuclear. Además, advierten de la dependencia exterior del sector, especialmente en lo relativo al suministro de uranio, pero Barbas argumenta que "ninguna energía" es "completamente independiente".

De zona prohibida a refugio natural
Cuatro décadas después, la zona de exclusión de Chernóbil ofrece una imagen inesperada. La ausencia de actividad humana ha favorecido la recuperación de la fauna y la flora, hasta el punto de que algunos científicos la consideran una de las mayores reservas naturales de Europa.
El biólogo Germán Orizaola, de la Universidad de Oviedo, que ha trabajado en la zona, asegura que "no es ni mucho menos un desierto, sino que es un vergel de vida" donde habita la mayor población de lobos de Europa y otras especies. Aunque el impacto inicial de la radiación fue severo, sus efectos a largo plazo en la biodiversidad han sido menores de lo que se temía.

