Sociedad

Leopoldo Abadía: "Hay que huir de los gruñones como de la peste"

Ramón Sánchez-Ocaña

Jueves 26 de noviembre de 2020

1 minuto

Entrevista de Ramón Sánchez-Ocaña al profesor y escritor de 87 años

Leopoldo Abadía: "Hay que huir de los gruñones como de la peste"
Ramón Sánchez-Ocaña

Jueves 26 de noviembre de 2020

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Pildoras

 

Cómo hacerse mayor sin volverse un gruñón es el título de uno de los libros de Leopoldo Abadía (@viajeroninja) Publicado en 2014, cobra actualidad cada cierto tiempo porque la evidencia nos dice que no es tan difícil que la edad nos haga ser efectivamente eso, un gruñón.

Leopoldo Abadía, además de ser un ingeniero muy listo, es un hombre afable y simpático, que a sus 87 años está pendiente de todo lo que ocurre en el mundo y colabora asiduamente en diferentes medios.

Presenta un currículum que pocos podrán igualar. Tiene 12 hijos y casi 50 nietos. Es doctor en ingeniería industrial y fue profesor del Instituto de Estudios Superiores de la Empresa (IESE) durante 35 años. Se hizo famoso por una serie de artículos en los que explicaba las razones de la crisis económica del 2008, La crisis ninja. El éxito fue arrollador y le tomó gusto a escribir, hasta el punto de que es capaz de publicar un libro cada año.

Este es el personaje y este es el resumen de aquella entrevista que tuve la enorme suerte de hacerle para la revista Ballesol. Que la disfruten como la disfruté yo.

 

 

RAMÓN SÁNCHEZ OCAÑA.- Su simpatía es contagiosa y parece curioso que le propongan escribir un libro para no ser gruñón, a usted que se pasa la vida sonriendo…​

LEOPOLDO ABADÍA.- Quizá por eso. Igual han visto que tal vez yo no era ese gruñón y entonces se dijeron, bueno, pues que nos cuente el secreto. Pero debo decir que es un libro no solo para viejos. Es para todo el mundo, porque también hay jóvenes inaguantables. Todos, realmente, tenemos el peligro de ser gruñones. Y mira, como todo en la vida, exige su esfuerzo. No ser gruñón también lo exige. Hay que luchar por el optimismo, que lo entiendo como pelear con uñas y dientes para salir adelante de una situación concreta, sin que ello garantice el éxito. Esa es mi visión del optimismo, y es lo que hay que conseguir. 

Lo importante es no estar lamentándose todo el día. Porque hay gente a la que le preguntas cómo estás y corres el peligro de que te haga un diagnóstico descriptivo de todos sus males. Y te apetece decirle, "oye, que yo solo te pregunté cómo estabas, no que me hicieras un tratado de patología". No se puede pensar solo en ti mismo, sino dejar sitio a los demás, que también tienen sus problemas.

R.S.O.- ¿Que es un gruñón?

L.A.- Un gruñón es el que hace la vida imposible a los demás. Y sin querer es muy posible que haga que todo gire a su alrededor. Es ese que siempre dice que "con lo que yo trabajo", "con lo que me duele la cabeza, tener que hacer esto y esto otro". El gruñón en definitiva lo podemos definir como un esterilizador de ilusiones. Un pesimista hasta el final, del que hay que escapar como de la peste. Hay que esforzarse por ser acogedor, majo, que es una palabra que me gusta mucho. Eso no quiere decir que el no gruñón no se enfade. A veces se enfada, claro, y suele hacerlo 'cuando no toca'. Eso tiene la ventaja de que como no está acostumbrado, se da cuenta y por eso pide perdón. Pero el gruñón, no; porque casi siempre está enfadado.

R.S.O.- Y el peligro, aunque general, parece agudizarse cuando se es viejo. Tengo que hacerle la pregunta lógica, ¿qué es ser viejo?

L.A.- Mira, una vez me lo preguntaron. ¿Viejo o mayor? Y dije claramente: viejo, viejo. No es nada peyorativo si te lo dicen bien. Claro, si es como un insulto, "el viejo, ese…", claro, te sienta mal. Es como si al adolescente le llamas "niñato". Pero ser viejo es una realidad. Es lo que dice el DNI. Y ya cuando lo renuevas y te pone que es válido hasta el año 9999… En definitiva, ser viejo es ser mayor. Es un señor al que le duelen las articulaciones y que tiene experiencia porque ha vivido muchas cosas. Y, cuidado, que la experiencia es buena si se utiliza bien; y mala si solo sirve para despreciar a los demás. Experiencia y limitaciones que hay que aceptar, y sacarle a todo ello el mejor partido.

R.S.O.- Habla de ese ridículo del viejo que se pone carcasa de joven...

L.A.- Si, lo que yo llamo “adulescente”, el adulto que hace tonterías para parecer un chavalete. Tenemos que estar al día, comprender a los jóvenes, sí, pero sin hacer tonterías.

R.S.O.- Uno de sus consejos es no acumular problemas, sino que uno es un problema y otro, otro. No son ”todo problemas”...

L.A.- Es que todos tenemos tendencia al victimismo. Por eso, en vez de esa idea de acumular los problemas, lo mejor es ir resolviendo cada uno de ellos. Es también un peligro de la edad. Si todos tendemos al victimismo, cuando somos mayores, lo hacemos más evidente. Hay que independizar los problemas. Y gestionarlos uno a uno; luchar por no sentirse abrumado. Y es verdad que hay que reforzarse en ello porque además, las limitaciones crecen y tiendes a darte pena de ti mismo.

 

"Por haber vivido más no se sabe más"

 

R.S.O.- ¿Tendemos a reñir más con los años?

L.A.- Sin duda. Es que parece que asumimos que sabemos más por haber vivido más. Y eso no es del todo cierto. Haber vivido más te enseña muchas cosas, qué duda cabe. Pero eso no te da derecho a creer que por eso, yo sé más que tú. No, no, no. Y ahí radica esa idea de que como sé más, impongo mi criterio. Por eso hay que acordarse de que es importante hablar. Y que hablar es más difícil que reñir. Haber vivido más no te proporciona ningún derecho añadido.

R.S.O.- ¿Y las batallitas? ¿Por qué cree que tendemos a enrollarnos como persianas?

L.A.- No tenemos derecho a enrollarnos, es verdad. Y yo suelo hacerlo mucho, así que si me alargo, me cortas y en paz. La realidad es que como hemos vivido mucho, se tienen muchas historias que contar; pero no por ello hay que contarlas siempre, ni todas, ni muchas veces. Aunque también esas batallitas tienen su parte positiva porque forman parte de las leyendas familiares. Y no es raro que en una reunión de cualquier celebración te digan eso de "abuelo cuéntanos otra vez aquello de…". Y vas tú y lo cuentas y vas añadiendo cada vez algo nuevo. Pero hay que ser muy prudente. Cualquier cosa antes de que te digan eso de "pero abuelo, ¿otra vez?".

 

Leopoldo Abadía

 

R.S.O.- La experiencia es un grado, se dice. ¿Por qué? ¿Para qué?

L.A.- Para aprender. Es verdad que has visto más cosas, has vivido más, pero también por eso estás más deteriorado. Y tienes que reconocerlo. Insisto en que tener más años y haber vivido más no te da derecho a humillar a otro porque tú sepas más. Mira, me caí hace algún tiempo en unas escaleras y me rompí la cadera. Para eso me ha servido la experiencia: para bajar escaleras con muchísimo más cuidado y, por si acaso, cogerme a alguien para que no vuelva a ocurrir.

R.S.O.-  Y para reconocer las limitaciones...

L.A.-  Sin duda, porque es una realidad. Los años te van añadiendo limitaciones. Y eso es muy útil para llegar a la humildad. Y para ser útil. Suelo decir que "para servir, servir y dejarse servir". Parece un juego de palabras, pero es así. Yo ya llevo bastón desde que me rompí la cadera. A veces se me olvida. Lo llevo porque se han empeñado mis hijos. Bueno, pues al principio, no me hacía mucha gracia llevarlo. Ahora ya forma parte de mí. Y no me importa. Y a veces vas a bajar una escalera y te cogen del brazo, pues hay que dejarse servir, reconocer que eres un viejecito y debes tener la humildad de dejarte servir.

R.S.O.- Vamos a hacer un ejercicio curioso: vamos a destacar los servicios de un abuelo...

L.A.- Como abuelo de 45 nietos tendría que decir, en principio, que todos somos útiles y que todos servimos para algo. Yo te contestaría diciendo simplemente pregúntale a mi mujer, pregúntale a mis hijos, a mis nietos… Un abuelo puede servir para que muchos nietos lo pasen bien. Un abuelo está y eso es importante. Saben que hay una referencia. Puedes acercarte a un nieto y darle unas perrillas porque sabes que le vienen muy bien. Olfateas como están las cosas… Yo tengo en la agenda las fechas importantes de cada uno. Sin la agenda sería imposible, claro. Y les llamo en cada día importante de su vida: santo, cumpleaños, aniversario de boda... En todas las fechas significativas les llamo. Y eso, aunque parezca que no, hace familia.

Al mismo tiempo, hay que ser muy respetuoso con ellos, ser consciente de que tienen que vivir su propia vida. No hay que meterse en la vida de tus hijos ni en la de tus nietos. Esa suegra o esa madre que a los hijos recién casados les preguntan de manera insistente "¿y qué, cuándo viene el niño?". Ahí hay que decir con delicada firmeza, pero firmeza real, que "eso no es cosa suya".

 

"Cualquier cosa menos quedarse en el sillón"

 

R.S.O.- Recomienda seguir trabajando. ¿Y el que no tiene en qué, qué hace?

L.A.- Puede hacer muchas cosas, menos quedarse en casa, en zapatillas a ver la televisión y sin hacer nada. Eso es tremendo. Si no tiene algo que hacer, que se lo invente. Seguro que cerca hay un museo. Puedes ir a verlo y analizar cualquier pieza que haya allí. Y después ir a Internet y ampliar. Dedicarse a algo profesionalmente. Como si fuera un trabajo…

R.S.O.- Hace muy poco me encontré con un taxista que tenía un hobby interesantísimo. Buscaba quién era cada uno de los titulares de las calles de Madrid. Y aprendía de ellos un montón. Tu le decías: "Vamos a la calle tal". Y te daba brevemente cuatro rasgos de la vida del personaje al que habían dedicado la calle...

L.A.-  Eso es. Hay que buscarse algo y apasionarse con ello para que te sea útil.

 

Leopoldo Abadía (leopoldoabadia.com)

 

R.S.O.- Una de las cosas que afirma es que en la vida no hay ganadores…

L.A.- ¡Claro!. Todos ganamos alguna vez y todos perdemos muchas veces. Lo que ocurre es que solo contamos los triunfos. Si solo se cuenta lo bueno, parece que siempre ganas y eso no es cierto. Todos somos un poco ganadores y un poco perdedores. Pero en todas las facetas de la vida…

R.S.O.- Y aconseja siempre recomenzar...

L.A.- Es que en la vida nos salen muchas cosas mal. Y es cuando tienes que  recapacitar y decirte, pues vuelvo a empezar. Todos servimos para muchas cosas. A lo largo de los años te das cuenta de que no hay gente para tirar a la papelera: que alguien que a lo mejor fracasó en un aspecto, puede triunfar en otro. Y la vida te lo va enseñando.

R.S.O.- Un amigo me decía que hay que releer las instrucciones para comenzar de nuevo...

L.A.- ¡Claro! ¿Que puede fallar? Pero hay que hacer y hacer y volver a hacer. Si Messi falla un penalti es porque los tira. Quien no los tira no los falla nunca. Es irritante ese que siempre dice: “Aquí lo que habría que hacer…". Y lo dice sin mover un dedo. ¡Hay que hacerlo!

R.S.O.-  ¿Qué le falta por hacer?

L.A.- Mi futuro es naturalmente corto. A mi me gustaría seguir como estoy y mientras tenga la cabeza bien, así seguiré. 

R.S.O.- Una de las consecuencias de ser mayor es saber que el tiempo que estás viviendo ahora corre mucho más deprisa y cada vez escasea más...

 

Un truco para saber cuándo ocurrió algo

 

L.A.- Es cierto. Corre mucho más. Y puedes hacer la prueba. Piensas que una cosa sucedió hace tres o cuatro años y la realidad te demuestra que ocurrió hace muchísimo más. En secreto, yo tengo un truco: Si pienso que fue hace cinco años, multiplico por dos. ¡Y acierto casi siempre! Y si pienso que fue hace diez, multiplico y seguro que hace por lo menos veinte. Pero no hay que estar recurriendo siempre al pasado, ¿eh? Porque mucha gente piensa con cierta nostalgia y dice "Esto en mi época no pasaba….". Pues hay que decirle que sí, que sí pasaba. Prácticamente ocurría lo mismo, pero entonces no te enterabas porque estabas en otras cosas. O eso de "es que hoy la juventud…". Pues como antes, con matices, claro; pero como antes.

R.S.O.- No es bueno mirar hacia atrás…

L.A.- Los viejos somos el futuro corto, así que hay que ponerse las pilas. A nuestra edad se tiene más pasado que futuro, y por eso tenemos esa tendencia a mirar hacia atrás. Había que recordar aquello que decía Mafalda: “Mirar hacia atrás es como mirar el futuro con el cogote". Hay que evitarlo, sobre todo si es para lamentarse. Cuántas veces decimos eso de "ya no soy el que era...". Pues sí lo eres, si; pero viejo.

R.S.O.- Bueno, Leopoldo, ¿y cómo no me vuelvo un gruñón?

L.A.- Con esfuerzo. Intentando pensar más en los demás que en ti. Ayudando, participando... Y eso sí: silencia tus limitaciones y cuéntaselas solo al médico. Es verdad que cuestan más las cosas, pero levántate del sillón y camina. Hay que estar lo más activo que se pueda físicamente y buscar quehaceres intelectuales para tener el cerebro en forma.

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