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"Tenías una pastilla de cianuro. Si pasaba el peligro, la escupías. Si no, la tragabas"

65ymás

Viernes 17 de mayo de 2019

10 minutos

Lea en 65Ymás el prologo del nuevo libro de Pialar Cernuda, 'No sabes nada de mí'

No sabes nada de mí, Pilar Cernuda descubre el mundo de las espías

En su nuevo libro, 'No sabes nada de mí', la periodista Pilar Cernuda se ha adentrado en el CNI -antes CESID- para hablar con todas las mujeres espías, desde las pioneras a las actuales, cuyo testimonio de primera mano rompe tópicos y narra secretos y sentimientos nunca antes desvelados. En 65Ymás, de cuyo Comité Editorial forma parte la propia Pilar Cernuda, les ofrecemos el prólogo de su obra.

Prólogo de 'No sabes nada de mí'

"Tenías una pastilla de cianuro. Si pasaba el peligro, la escupías. Si no, la tragabas". El titular saltaba a los ojos y obligaba a leer la entrevista de arriba abajo, sin saltarse una línea. Marina Vega, en el 2008, respondía así a las múltiples preguntas que le hacía Natalia Junquera, periodista de El País, quien, tras muchas averiguaciones, había conseguido localizar a una mujer de vida apasionante que, sin embargo, era una perfecta desconocida para los españoles. Suele ocurrir con las mujeres, también con los hombres, que se dedican a la procelosa actividad del espionaje, sobre la que existe mucha literatura y fantasía, con biografías exageradas y casos hinchados para provocar más morbo. Sin embargo, la mayoría de quienes han prestado un servicio inconmensurable a su país lo han mantenido en secreto.

Marina es uno de esos casos que no se han conocido hasta muchos años después de que haya enterrado incluso parte de sus recuerdos. Pero su memoria le ha dejado recuperar algunos de ellos, lo cual ha permitido conocer los episodios que ha protagonizado sin que otras personas contaminen los hechos. La mejor historia es la que cuentan sus propios protagonistas porque nadie como ellos para describir el clima, los sentimientos, las peculiaridades de los momentos que les tocaron vivir. Es la razón de que los investigadores se dejen los ojos descifrando legajos, cartas mal redactadas, retazos de manuscritos. 

Pocos saben que hubo españoles colaborando con los miembros de la Resistencia francesa que se jugaron la vida y trataron de pasar información sobre los movimientos de los alemanes que ocupaban su país. Entre esos españoles había al menos una mujer, Marina, que sentía una profunda animadversión hacia Franco y arriesgó su vida para poner en contacto entre sí a miembros de la Resistencia al mismo tiempo que se ocupaba de guiar a quienes necesitaban cruzar la frontera para salvarse a sí mismos o a otros compañeros.

No hay muchas Marina Vega en el ámbito del espionaje, pero sí hay más mujeres que, como ella, asumieron que no podían cruzarse de brazos mientras el mundo caía devastado ante sus ojos en la Primera o la Segunda Guerra Mundial, o mientras España sufría una cruenta guerra civil de gravísimas consecuencias.

Cada vez que se cuentan historias sobre mujeres que se adentraron en el peligrosísimo e inquietante mundo del espionaje aparecen con un retrato casi idéntico: atractivas, utilizaban su físico para entrar en los círculos más exquisitos e influyentes dentro del poder. Actrices o cantantes que no despertaban sospechas, o patriotas que no dudaban en convertirse en amantes de hombres importantes a los que sacaban información con artes consideradas femeninas. Algunas de ellas fueron muy conocidas, pero la mayoría de las espías tenían un perfil como el de Marina: pasaban inadvertidas, no querían destacar en nada y preferían mantenerse en un segundo plano para moverse sin llamar la atención. Cuidaban que su físico fuera anodino y estaban preparadas, o se habían preparado ellas mismas, para responder con inteligencia si se producían situaciones en las que podían ser descubiertas. En muchas de ellas su principal salvoconducto fue la intuición, un sexto sentido que se adjudica siempre a las mujeres y que en los asuntos de espionaje, efectivamente, sirvió en muchos casos para desconfiar de quien no merecía confianza o, por el contrario, revelar todos los secretos a aquel o aquella que, intuían, sabrían valorarlos o trasladarlos a la persona que daría buena cuenta de la información.

Muchas de esas mujeres nunca verán su nombre en un cuadro de honor; otras lo vieron cuando su propia personalidad y trayectoria les llevó a escribir su biografía y revelaron informaciones que habían guardado precisamente porque durante mucho tiempo se habían entrenado para preservar el anonimato, y, cuando ya no era necesario, el pudor les impedía contar lo que habían hecho en los tiempos en los que a su alrededor se rompía el mundo, su mundo.

Entre esas mujeres que habían buscado el anonimato en sus años jóvenes se encuentra Audrey Hepburn, quien, según cuenta en sus memorias, cuando tenía quince años colaboró con la Resistencia holandesa bailando —era estudiante de ballet— en locales donde podía conseguir información sobre los alemanes.

Hija de inglés y holandesa, vivió entre Bélgica y Holanda tras el divorcio de sus padres, y fue en este último país donde colaboró con la Resistencia.

No hay más pruebas que su propia confesión, pero la opinión más generalizada es que la mentira o la invención interesada están muy alejadas de la personalidad que desarrolló la cotizadísima actriz a lo largo de su carrera, y por tanto dan credibilidad a su autobiografía en la que, por otra parte, narra lo que hizo en aquella época como si cualquiera en su lugar hubiera hecho lo mismo por su país. Como si diera por hecho que, ante la invasión de los alemanes, cualquier ciudadano holandés estaba obligado a defender los intereses de su patria con los medios que tenía a su alcance. El suyo era el baile, así que no dudó en aprovechar sus conocimientos para introducirse en lugares frecuentados por alemanes y tratar de entablar conversación y ver la manera de conseguir algún dato que pudiera ser relevante para los militares holandeses.

No es la única mujer con proyección pública que ha insinuado, o más que insinuado, que en su biografía hay que incluir episodios de espionaje. La mayoría de las mujeres que tuvieron un papel de relevancia se han llevado o se llevarán el secreto a la tumba, porque si fueron espías, no colaboradoras circunstanciales, recibieron una formación previa y fueron instruidas para no contar nunca que trabajaron para servicios de inteligencia. O para contarlo solo al cabo de mucho tiempo, sin comprometer a nadie que hubiera conocido durante su trabajo y, por supuesto, sin desvelar datos que pudieran poner en riesgo futuras operaciones o incluso la seguridad de su país.

La historia, ayudada por la literatura y el cine, está plagada de heroicos espías que se dejaron la piel en las dos guerras mundiales y en la llamada guerra fría que sostuvieron Estados Unidos, y otros países occidentales, contra la Unión Soviética. Hombres, siempre hombres. Las mujeres eran tan escasas que se convertían en la excepción que confirmaba la regla.

Los espías arriesgaban su vida al buscar información en el bando enemigo y, tarea de máximo riesgo, hacerla llegar después a sus superiores con unos medios precarios, fáciles de detectar. Los sistemas de comunicación durante las dos guerras mundiales estaban muy lejos de sofisticaciones, así operar a través de la radio para pasar información secreta a los superiores era una aventura cotidiana en la que cayeron algunos de los mejores profesionales del espionaje, detectados por potentes antenas que no tenían más objetivo que NO_SABES_NADA_DE_MI.indd 12 8/3/19 13:06 prólogo 13 recorrer ciudades y vastos territorios tratando de localizar señales sospechosas.

Hoy, el espionaje se centra en el mundo de las comunicaciones en internet y los distintos sistemas de redes, y todos los servicios de información e inteligencia tienen recursos tecnológicos con expertos capaces de emprender trabajos que jamás se pudo pensar que tuvieran que realizarse algún día, pues nadie podía ni sospechar los avances que iban a producirse con el transcurso de los años. Avances inimaginables que dejaron cortos a lo que a finales de los sesenta se consideró el no va más de la tecnología: llevar a tres hombres a la Luna y que el mundo entero pudiera verlo en directo en su casa a través de la televisión.

Si las nuevas tecnologías cambiaron la forma de trabajar de los encargados de garantizar la seguridad de su país, la incorporación de la mujer a los servicios de inteligencia fue un revulsivo social.

En España llegó más pronto que en algunos países de nuestro entorno, gracias al empeño del general Emilio Alonso Manglano, que acumulaba otras muchas características no habituales en el mundo de la información cuando dirigió el CESID, luego CNI, pero sobre todo una que provocó toda clase de reservas en el sector militar más conservador: no era general sino teniente coronel. El recelo fue grande en la familia militar, que acababa de sufrir un trauma profundo: la intentona golpista del 23-F de 1981. Precisamente el papel de Manglano al frente de la Bripac, la Brigada Paracaidista con sede en Alcalá de Henares, hizo pensar a Su Majestad el rey don Juan Carlos que allí se encontraba un hombre inequívocamente situado contra el golpismo y defensor a ultranza de la democracia y el Estado de Derecho.

En aquellos momentos iniciales en los que un porcentaje alto de militares simpatizaba con los golpistas, la llegada de Manglano a la dirección del CESID se recibió con importantes reticencias, a las que se sumaron la ya mencionada de que era teniente coronel —fue ascendido poco después, y en 1987 ya era teniente general— y que tenía una proyección internacional que no era habitual entre los jefes militares de su época.

A él se debe la incorporación de la mujer al CESID en igualdad de condiciones que los hombres. A él se debe que aquel mundo de hombres-espías rodeados de secretismo, aventura y admiración abriera sus puertas a que también pudiera haber mujeresespías rodeadas de secretismo, aventura y admiración. Sin embargo, esas mujeres son poco conocidas, aunque con el paso del tiempo los españoles se han hecho a la idea de que han llegado a toda clase de trabajos y a todos los niveles, incluidos los servicios de inteligencia.

Lo comprendieron cuando fue elegida la primera secretaria general, María Dolores Vilanova, a la que siguieron sucesivas secretarias generales, siempre mujeres, como si fuera una ley, no escrita, que la segunda plaza en importancia de los servicios de información tenía que ser ocupada por una mujer. De todos modos, apenas se sabe que son centenares las mujeres que garantizan que España sea un país seguro: tienen un papel fundamental en la lucha contra el terrorismo, contra las mafias, contra los espías extranjeros, contra los espías industriales y contra todos aquellos que pretenden desestabilizar el país.

Mujeres que colaboran en igualdad con los servicios extranjeros, con una formación técnica y profesional que solo se suponía a los hombres que componían lo que era un mundo solo de hombres, y que han demostrado que la conciliación es posible aunque, en su caso, mucho más difícil que la que sufren otras mujeres trabajadoras para quienes siempre es muy difícil la conciliación. Con un agravante: no pueden manejar determinadas excusas porque ni siquiera sus familiares más cercanos saben cuál es exactamente su trabajo.

Fue la directora de La Esfera de los Libros, Ymelda Navajo, la que quiso publicar un libro sobre esas mujeres cuando leyó una entrevista con la exsecretaria general Beatriz Méndez de Vigo. Esta, tras varios años en ese cargo, decidió regresar a la actividad sobre el terreno y pidió a su director y secretario de Estado, el general Félix Sanz Roldán, un destino en el extranjero. Hoy cumple tareas de información e inteligencia en uno de los países más apasionantes del mundo, China.

La tarea de escribir sobre las mujeres del CESID y CNI era imposible sin la autorización previa de la dirección del Centro. Cualquiera que conozca cómo funciona sabe que ninguno de sus miembros con sentido de responsabilidad, espíritu de servicio y lealtad a los principios que se le han inculcado, desde el mismo momento en que ingresó en el Centro, puede entrevistarse con un periodista para explicarle cómo es su vida profesional y las operaciones en las que ha intervenido.

Pedí ayuda a la dirección del CNI. Necesitaba entrevistar a mujeres que conocieran desde dentro la lucha contra el terrorismo de ETA y el yihadismo, que hubieran participado en operaciones de riesgo, que trabajaran en países lejanos informativamente importantes y también en el contraespionaje. Prometí respetar las reglas que pudieran exigirme para garantizar que no pondría en riesgo su trabajo, desde el nombre hasta cambiar las localizaciones para que no fueran identificadas.

A los pocos días tenía cita no solo con mujeres adscritas a los sectores que había pedido, sino también con hombres que compartían trabajo con ellas, que habían sido jefes de mujeres y subordinados de ellas, así como profesores. Y, para mi sorpresa, incluyeron mujeres responsables de departamentos técnicos y que habían participado en delicadas y arriesgadas operaciones aportando sus conocimientos profesionales. Sorpresa pues desconocía que hubiera mujeres en dichas tareas, como desconocía que una mujer era la principal especialista en mafias rusas, o que una mujer asistía a reuniones internacionales representando a los servicios españoles, o que una mujer utilizaba a sus compañeros para poner a prueba si eran capaces de detectar sus artilugios de grabación…

No tengo más que palabras de agradecimiento para todos aquellos que me han contado sus experiencias. Para las secretarias generales con las que pude entrevistarme, para el teniente general Sanz Roldán y también para anteriores directores del CNI que tuve ocasión de conocer en tiempos pasados y que siempre me brindaron su confianza: a Javier Calderón, Jorge Dezcallar, Félix Miranda, Jesús del Olmo… y al teniente general Alonso Manglano, allá donde esté.

Quiero dedicar unas líneas especiales a Emilio Alonso Manglano. Como periodista con más de cuarenta años de experiencia, el general Manglano ha sido una de las personas que más me ha impresionado, por su cercanía, su amistad, su lealtad.

El general Manglano no salió del CESID por la puerta grande, sino que fue víctima de un jefe de operaciones, el coronel Perote, que traicionó al Centro y a sus valores y provocó una crisis institucional que costó el cargo al director del CESID y también al vicepresidente Narcis Serra y al ministro de Defensa Julián García Vargas. Perote logró el apoyo de un grupo de periodistas que le «compraron» su versión, en la que aparecía como un héroe. Sin embargo no hay miembro del CESID y CNI que no conozca qué hizo, por qué y a quién servía. Que no era Manglano, evidentemente.

Manglano fue injustamente tratado por confiar en quien nadie nunca debería haber confiado y que cercenó la carrera de un hombre excepcional. La historia le hará justicia. De momento, se la hacen sus compañeros del CNI, donde su nombre se pronuncia con admiración, afecto y profundo respeto.

Por último, aunque de todos los nombrados fue el primero con experiencia en el mundo de los servicios de información, mi agradecimiento al general Andrés Casinello, que conoció como nadie las entrañas de los servicios militares en los años del franquismo y que no siempre fue bien comprendido por sus superiores, con los que llegó a tener fuertes encontronazos. Sin embargo, consiguió la confianza de uno de los grandes protagonistas de la Transición, el presidente Adolfo Suárez, que sí reconoció en Casinello los méritos que otros le habían negado.

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