Alcalá es tierra de conquistadores. No me refiero a cuna de descubridores de tierras americanas ni de grandes personajes que pasaron por las aulas renacentistas; es tierra de acogida de personas sencillas, que llegaron a partir de la década de los sesenta del siglo pasado, a la conquista de un puesto de trabajo, de asentamiento de su nueva vida, de poder dar de comer, ver y crecer a sus hijos, y hoy a sus nietos, correteando por la Plaza de Cervantes.

La Plaza de Cervantes tiene más vida de lo que a simple vista parece. En las mañanas de sol agradable, calentito pero no asfixiante, soportable para equilibrar la temperatura corporal, cada ángulo de las bancadas de piedra que la circunvala, está tomado por una tribu urbana. Me gusta pasear por allí y dejarme caer en cualquiera de ellas, personajes con vida propia dentro de su anonimato, con historias que contar y de las que aprender.

Uno de ellos, cosecha 1950 dice, me cuenta la historia de Las Bastante. Son de su pueblo. Castellanas de tierra adentro, muy adentro, hermanas, ambas nacieron en fechas derredor de la Primera Guerra Mundial. Sus primeros pasos y balbuceos, y los siguientes durante muchos años, fueron en la cocina, aprendiendo a ser mujer de su época para poder casarse algún día, lejos de la escuela, eso era cosa de hombres, que eran los que tenían que llevar el sustento a casa. Una de ellas, la más joven, aprendió a leer y escribir fijándose en dos, y solo dos, libros que había en su casa; y las cuatro reglas básicas de matemáticas se las enseñó su padre, a la niña de sus ojos, la más pequeña de su prolífica familia.

Pero como digo, todo eso quedaba muy lejos de su pueblo; una rápida enfermedad se llevaba a su padre, joven, demasiado joven para quedar sin su apoyo; aumentó el sentimiento de necesidad, los hermanos mayores marchan a buscar nuevos sueños, la madre tiene que buscarse la vida de ropavejera, cosiendo primero los desperfectos habidos en la ropa de los señoritos y, calle arriba y abajo por todo el pueblo, vendiéndosela luego a los más humildes a cambio de una comisión, es difícil poder hacer tres comidas al día, y la radiante y juvenil belleza de las dos hermanas, inseparables, queda postergada a las muy duras faenas del hogar, cocinar, envasar tomates para consumo propio, plantar patatas, lavar en la pila de madera, recoser calcetines, encender el brasero y tantas y tantas otras cansadas faenas diarias.

De la hermana mayor quedó prendado el Comandante de puesto de la Guardia Civil del pueblo, un oficial joven, alto, guapo y educado, sobre el que todo el mundo se preguntaba cómo había sido destinado allí, cuya guarnición hasta entonces mandaba un cabo. Se casaron absolutamente enamorados, uno del otro y hasta que la muerte les separe; y no habían pasado dieciocho meses cuando los separó; el oficial pertenecía a la inteligencia militar republicana, había sido destinado allí como antena avanzada de lo que el gobierno no tenía ya duda alguna que podría ocurrir en cualquier momento, y fue presa fácil de un tiro perdido de origen desconocido. Así que se quedó viuda con veintiún años, sin descendencia, sin nadie más en quien refugiarse que su madre y su hermana.

Como hemos dicho, era analfabeta que no tonta, y una vez que el guardia civil le presentó armas, supo que algunas cosas tenían una doble función en la vida. Y volvió a casarse, pronto, con un sargento republicano, al que la tuberculosis también había dejado viudo, perdedor de la batalla del Ebro, que regresó a su casa andando, siguiendo la ruta del taray, que es un árbol que crece solamente cerca de donde hay agua, con lo que se alimentaba de la flor del árbol y bebía del agua que lo regaba. Sin sangre en sus manos, desubicado del entorno, de inteligencia media para la época, sabía leer y escribir; empezó a trabajar de peón de albañil; estudiaba por las noches y se desenvolvió bien entre el yeso, de tal forma que llegó al cemento en el crecimiento inmobiliario de los años setenta. Le fue bien, ganó dinero; pero otra vez la mayor de las Bastante se quedó viuda, sin hijos, situación en la que permanece.

La otra hermana también se casó, con el único novio que había tenido en su vida, amor separado por una torneada reja de hierro hasta el lecho nupcial, viaje de novios a Madrid, pues no había salido nunca del pueblo hasta ese momento. Fue un buen hombre, trabajador, honrado; y por eso murió pobre.

Ahora, las dos hermanas viven juntas, y solas, con la asistencia de una señora que les facilita las tareas básicas. Inseparables siempre, riñen más a menudo de lo que sería necesario, pues malinterpretan algunas situaciones, como la trascrita a continuación.

Hace unos días, la hermana pequeña cumplía noventa y un años; la hora de los brindis, tras comida pantagruélica, imposible de creer en dos personas de su edad si no se hubiera estado presente, coincidió con la final del mundial de balonmano. Uno de sus familiares preguntó, refiriéndose a ello, ¿es la final? Como las dos hermanas son lúcidas de cabeza, atrancadas de piernas y duras de oído, la mayor de las Bastante, en cuyo abundante pelo permanente caoba se contemplan noventa y ocho floridas primaveras, parece ser que entendió al vuelo solamente la palabra “final”, debiendo asimilarlo a unos análisis rutinarios de días anteriores, sin más complicaciones, pero su mente trasladó al futuro la realidad presente y cuando su hermana fue a soplar para apagar las velas de la celebración dijo: “¡Ay Dios mío!, que me voy a ir antes de tiempo”. Aún quedan las Bastante. Y muchas otras historias que contar desde la Plaza de Cervantes.

Sobre el autor:

Antonio Campos

Antonio Campos

Antonio Campos nació en Ciudad Real, en la España del queso amarillo y la leche en polvo de los americanos. Licenciado en Económicas, Diplomado en Humanidades, PDG por el IESE. 

Ha trabajado durante muchos años en un importante grupo multinacional del sector financiero, al que reconoce estar agradecido por haberle dado la oportunidad de desarrollarse profesional, académica, personal y humanamente. 

Conseguida cierta estabilidad profesional y dineraria, volvió a su verdadera pasión de juventud, escribir; desde entonces, han sido cuatro libros y unos dos mil artículos de opinión, económica y política, publicados en diferentes medios de comunicación, pretendiendo conjugar la libertad individual o personal (el progresismo) con la libertad económica (el conservadurismo), elogiando las ideas y no las ideologías.

Y lo hace, dice, pretendidamente independiente, ideológica y socialmente, con la libertad de quien tiene libre el tiempo, el pensamiento y la palabra.

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