Antonio Campos
Opinión

El relato regalado

Antonio Campos
El relato regalado. Foto: Bigstock

Honorio rozaba los sesenta años; había trabajado en una fábrica de confección de ropa interior que se estableció en los años del desarrollo industrial en aquella provinciana ciudad, de vida pacata, conservadora, en la que todos se conocían y se respetaban. Pasado el tiempo, la fábrica tuvo que cerrar porque la estructura de los costes no soportaba la competencia de los países emergentes que se habían incorporado al mercado, con lo que lo prejubilaron. Como algunas veces las desgracias nunca vienen solas, este hecho casi coincidió con la muerte de su mujer, infarto al corazón de efecto fulminante, instantáneo. Honorio quedó sumido en un estado de tristeza que solamente se disipaba cuando venían a verlo alguno de sus nietos, retoños de sus dos hijos varones, casados y posteriormente divorciados, y una hija, soltera, madre de una preciosa niña.

Dentro de la monotonía de su quehacer diario, se apuntó a un curso de informática organizado por el ayuntamiento, una hora por la mañana, pasaba el rato y aprendía a leer el periódico gratis por internet. Allí conoció a Paquita, una compañera mas de clase, pero por la que pronto empezó a sentir algo especial; miradas furtivas mientras confundía el espaciador con el retorno, traje y corbata, que se cambiaba cada día, y el pensamiento, que empezaba a volverse obsesivo, en aquella mujer madura, con la prestancia y serenidad que dan los años y que dejaban traslucir todavía la exuberante belleza que debía haber sido en su juventud.

Paquita

Paquita era viuda desde hacía muchos años, total abstinencia sexual, de un camionero que una noche se quedó dormido al volante y se salió de la carretera, cayendo por un terraplén de más de veinte metros. Le habían quedado dos hijos, que sacó adelante con mucho esfuerzo y total dedicación; uno de ellos era camionero, como su padre, y el otro había sido muy buen estudiante, economista, trabajaba en un banco, y tras muchas vueltas por la geografía nacional, ahora lo habían destinado como director en esa ciudad, en la que su mujer ejercía de fiscal de los juzgados; dedicación laboral plena de los dos, no podían conciliar, ella hubo de cuidar del nieto, un año, empezaba a andar, para comérselo ...

Pronto coincidieron las miradas, las palabras y los hechos entre Paquita y Honorio, y ambos se fueron dando cuenta que empezaba a brotar una ilusión que creían olvidada, a sentir renovadas esperanzas de vivir, que lo que hasta entonces consideraban su situación como el inicio de su decadencia física y humana, se había transformado en una nueva etapa llena de sueños, anhelos y deseos, en un futuro que nacía con el amanecer de cada día. Se habían enamorado.

Libres para rehacer su vida

Aunque la ciudad había cambiado mucho en los últimos años y modernizado su forma de vida, para muchos de sus habitantes, amigos de su edad, compañeros de los hijos, clientes del banco y otros conocidos, no pasaron desapercibidos los paseos que daban los dos enamorados. Ellos no tenían nada que esconder, eran viudos, los hijos ya grandes, criados, colocados y habían formado, y en algunos casos roto, su propia familia, tenían autonomía económica, eran libres para rehacer su vida, para caminar juntos.

¿Qué va a pasar con la casa? ¿Quien va a cuidar a los chicos? No, no compares, nuestra edad no es la tuya … Estas y otras muchas frases similares golpeaban sus sienes una y otra vez, y llegaban al cerebro envueltas en un dolor agudo, como si lo atravesasen finas agujas de acero, que le impedían no ya conciliar el sueño, sino tan siquiera poder pensar con lucidez. Fueron tantas las vueltas que dieron mentalmente a la oposición de los hijos de ambos, que la situación fue adquiriendo una dinámica imprevista.

Pasaron unos días en los que tanto Honorio como Paquita tuvieron una actividad inusitada por toda la ciudad, sin que nadie llegara a comprender el por qué de sus constantes idas y venidas. 

Semanas más tarde, el director de un Banco distinto al que trabajaba su hijo y en el que habían refundido sus depósitos dinerarios, recibió una carta:

“Muy señor nuestro: Le rogamos se sirva transferir el saldo de nuestra cuenta en esa entidad financiera, a nuestra nueva dirección: Un país amistoso, multicultural, con una temperatura que oscila entre veintidós y treinta y dos grados centígrados todo el año, magníficas islas y playas, en el que una mansión de lujo vale lo mismo que un piso de setenta metros cuadrados en esa ciudad, y en la que ya existe una importantísima colonia de jubilados europeos y norteamericanos, Malasia. Muy agradecidos por todo. Posdata: Tras una vida de sacrificio y renuncia por nuestros hijos, esta vez hemos priorizado la nuestra; por favor, no de nuestra dirección a nadie, y menos a ellos”.

Al ocaso del sol en la playa asiática, un dulce beso culminó la renuncia de lo que hasta ese momento había sido la razón de su existencia, y comenzaba un “relato regalado” que debo desde hace mucho tiempo a una amiga, anónima, en el que yo solo soy el negro, acepción decimosexta del Diccionario de la Lengua Española, que junta letras para que sus deseos puedan hacerse realidad, al menos por un instante.

Sobre el autor:

Antonio Campos

Antonio Campos

Antonio Campos nació en Ciudad Real, en la España del queso amarillo y la leche en polvo de los americanos. Licenciado en Económicas, Diplomado en Humanidades, PDG por el IESE. 

Ha trabajado durante muchos años en un importante grupo multinacional del sector financiero, al que reconoce estar agradecido por haberle dado la oportunidad de desarrollarse profesional, académica, personal y humanamente. 

Conseguida cierta estabilidad profesional y dineraria, volvió a su verdadera pasión de juventud, escribir; desde entonces, han sido cuatro libros y unos dos mil artículos de opinión, económica y política, publicados en diferentes medios de comunicación, pretendiendo conjugar la libertad individual o personal (el progresismo) con la libertad económica (el conservadurismo), elogiando las ideas y no las ideologías.

Y lo hace, dice, pretendidamente independiente, ideológica y socialmente, con la libertad de quien tiene libre el tiempo, el pensamiento y la palabra.

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