La revolución silenciosa que no supimos ver: las 'viejas' marcan la nueva era
Mónica Ramos ToroFoto: Bigstock
Jueves 12 de marzo de 2026
5 minutos
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Jueves 12 de marzo de 2026
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Hemos estudiado obedientemente al menos cuatro grandes revoluciones industriales de la humanidad, marcadas cada una por un importante avance tecnológico —mecanización, producción en masa, automatización y digitalización— como motores de cambio y avance. El modelo capitalista se ha encargado de visibilizar las proezas que nos han hecho avanzar por el camino del progreso económico, por supuesto, a costa de la explotación de los cuerpos imprescindibles para el desarrollo del sistema —obreros, migrantes, mujeres, personas racializadas…—, y todo ello con la complicidad necesaria del patriarcado. No podemos negar tampoco que se han ido despejando los velos de discriminación de los que se aprovecha este sistema colonial, clasista, racista, capacitista, machista, aunque estos pensamientos críticos no se caracterizan por disponer de altavoces, megáfonos ni plataformas de lanzamiento. Pero están. Son las hormigas que en comunidad y juntanza cuestionan el modelo para construir mundos mejores, con dignidad, justicia social y derechos. Sin embargo, a pesar de su capacidad crítica para desvelar las opresiones, las 'viejas' han tenido que hacer su revolución en silencio, poco a nada acompañadas por quienes de manera tan nítida cuestionaban las herramientas del poder.
Hablo de las viejas como sinónimo de aciertos y errores vividos, de luchas peleadas, de sostenimiento de la vida, de agentes de cambio, de sujetas que nos han dado la vida y su vida para hacer de este mundo un lugar de justicia. Esas mujeres, que de manera eufemística llamamos “mayores” porque viejas hemos permitido que se convierta en un insulto y poco o nada hemos hecho para cambiarlo. Si somos lo que somos es porque ellas han estado y están. Porque su relevancia ha sido —es— tan inmensa, pero tan silenciosa, que nos ha impedido verlas. Muchas han sido nuestras madres o nuestras abuelas, repletas de saberes, sabores y olores que atornillan nuestra vida. Pero han sido mucho más que eso. Han sido y son mujeres de carne y hueso, de deseos y anhelos, de luchas en los barrios y los pueblos, de superación de opresiones, de ponerse el mundo por montera para habitar cuerpos desvalorizados por un heteropatriarcado edadista que las asexualiza y señala como un estigma el paso del tiempo en su apariencia.
Son viejas, pero no pueden parecerlo, deben corregir los signos que la edad marca en sus cuerpos. Son viejas, pero deben seguir cuidando de la tribu porque quién mejor que ellas para hacerlo, a pesar de que esto patologiza su envejecimiento y empeora su salud a edades avanzadas. Las viejas no enferman porque llegan a ser viejas, las hacemos enfermar porque sus vidas siguen estando al servicio del capitalismo y del patriarcado. Y a nosotras/os nos ha dado igual. Son viejas, pero todavía muchas trabajan en ese mercado laboral que las ha discriminado siempre por ser mujeres, por ser al mismo tiempo las cuidadoras y trabajadoras de lo doméstico, y que ahora, llegada la edad de jubilación si no quieren jubilarse, siguen teniendo menos oportunidades para poner en valor su experiencia y talento. Porque las viejas trabajadoras de nuevo son menos valiosas para el mercado que los viejos. Son viejas y la brecha tecnológica les afecta no por una falta de interés o capacidades, sino por procesos acumulativos de desigualdad en el acceso a la educación. Cuando se forman no solo superan esa brecha, sino que, en determinados usos, especialmente vinculados a las redes de comunicación, muestran niveles de participación comparables a los hombres o incluso superiores.
Ha llegado el momento de que las mires, las escuches, las reconozcas. Están por todas partes, no te va a costar nada encontrarte con ellas. Las viejas son muchas y ocupan todos los espacios en los que hay algo que aprender, reflexionar y compartir. No solo las tenemos en nuestras familias, están en los clubes de lectura, en las salas de conferencias, en los teatros, en los cines, en las librerías y bibliotecas, en los paseos y los parques, en las piscinas, en los centros y lugares de ocio colectivo, en las asambleas, en los movimientos sociales y políticos, en las asociaciones… Eso sí, siempre que estos lugares sean accesibles y asequibles para ellas, porque no siempre lo son. Sus deseos de estar no siempre van acompañados de recursos públicos que atiendan estos deseos.
Nosotras, desde el Grupo Social UNATE, llevamos años poniendo el foco en las viejas. Diseñando proyectos en los que ellas se muestran en toda su diversidad. Un ejemplo ha sido el proyecto (des)CONOCIDAS. Los retos de las MUJERES que son MAYORES con el que evidenciamos la urgencia y la relevancia de seguir generando espacios que las visibilicen para cuestionar las narrativas edadistas y machistas que las atraviesan y fortalezcan tanto sus capacidades individuales como colectivas. En este proyecto, ellas nos han hablado de su diversidad a través de la campaña “Soy mujer, soy mayor, soy visible”, nos han pedido que las dejemos de tratar como un grupo homogéneo, como abuelas abnegadas y cuidadoras naturales, nos han contado las limitaciones impuestas durante su infancia, juventud y vida adulta —producto de una socialización de género rígida, desigual y frecuentemente violenta— y el impacto que todo esto sigue teniendo en sus vidas, pero también nos han contado cómo llevan años construyendo trayectorias de resistencia, ruptura y agencia que tenemos que reconocer como sociedad.
Las viejas de hoy, con el impulso de las viejas de ayer, han hecho una silenciosa revolución que no hemos sabido ver. Son el presente más revolucionario de la historia. Están marcando una nueva era. El siglo XXI está siendo el siglo de las viejas. No podemos mirar para otro lado, porque miremos hacia donde miremos ellas están cambiando el mundo. Deberíamos querer SER ellas. Al menos yo quiero.


