Cuidar a quienes cuidan: una deuda pendiente con las personas mayores

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Cuando hablamos de cuidados, solemos pensar en las personas que necesitan ayuda para desenvolverse en su vida cotidiana. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar en quienes están a su lado cada día, pendientes de sus necesidades, acompañándolas y haciendo posible que continúen viviendo con dignidad. Y todavía menos en una realidad que, desde CEOMA, nos preocupa especialmente: las personas mayores que cuidan de otras personas mayores.

Pensemos en una mujer de 78 años que cuida de su marido de 82, con problemas de movilidad o deterioro cognitivo. Se levanta cada mañana pendiente de su medicación, de su alimentación, de su higiene y de sus necesidades. Apenas dispone de tiempo para salir, encontrarse con sus amistades o atender sus propios problemas de salud. Su vida gira alrededor de los cuidados. Y así, día tras día, durante meses o incluso años.

No se trata de un caso concreto, sino de una situación que ilustra la realidad de muchas familias españolas. Detrás de cada persona mayor en situación de dependencia suele haber alguien que sostiene buena parte de su vida cotidiana, frecuentemente otra persona mayor.

¿Quién cuida de quienes cuidan?

Esta es la pregunta que deberíamos hacernos con motivo del Día Internacional de las Personas Cuidadoras.

Cuidar puede ser una expresión de afecto, compromiso y solidaridad. Pero también puede convertirse en una responsabilidad extraordinariamente exigente cuando se ejerce sin los apoyos adecuados. El cansancio físico, la ansiedad, la falta de descanso y el aislamiento social terminan afectando a la salud y al bienestar de las personas cuidadoras.

En ocasiones, quienes dedican sus esfuerzos a cuidar de otra persona acaban necesitando también cuidados. No podemos aceptar que el compromiso con un familiar implique renunciar a la propia salud, a la autonomía o al derecho a seguir participando en la sociedad.

Esta realidad tiene, además, una importante dimensión económica y de género. Las mujeres continúan asumiendo una parte fundamental de los cuidados familiares, muchas veces a costa de sus oportunidades laborales, sus ingresos y sus futuras pensiones. Y cuando las personas cuidadoras son mayores, los gastos derivados de la dependencia pueden recaer sobre pensiones que deben cubrir también sus propias necesidades.

El cuidado no puede convertirse en una causa de empobrecimiento ni de exclusión social.

Del reconocimiento a los derechos efectivos

España ha avanzado en el reconocimiento del derecho a recibir apoyos y cuidados. La Ley de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las Personas en Situación de Dependencia representó un paso fundamental en la construcción de nuestro sistema de protección social.

Sin embargo, veinte años después de su aprobación, y las recientes modificaciones aprobadas, seguimos teniendo importantes desafíos pendientes.

Los tiempos de espera para acceder a las valoraciones, prestaciones y servicios, las desigualdades territoriales y la insuficiencia de determinados recursos de atención domiciliaria continúan trasladando a las familias responsabilidades que deberían contar con una respuesta pública adecuada.

Las necesidades de una persona en situación de dependencia no pueden quedar condicionadas por la lentitud de un procedimiento administrativo. Tampoco debería ser determinante vivir en una gran ciudad o en un pequeño municipio rural para disponer de servicios de apoyo.

Desde CEOMA defendemos que el verdadero avance no consiste únicamente en reconocer derechos sobre el papel, sino en garantizar que puedan ejercerse de manera efectiva.

Para ello, necesitamos una financiación suficiente, estable y sostenible del Sistema para la Autonomía y Atención a la Dependencia, que permita reducir los tiempos de espera, ampliar la cobertura y mejorar la calidad de los servicios.

Pero también necesitamos cambiar nuestra manera de entender los cuidados.

Cuidar no puede ser una responsabilidad exclusivamente familiar

Durante demasiado tiempo hemos considerado que el cuidado de las personas mayores dependientes correspondía fundamentalmente a sus familias. Y, dentro de ellas, principalmente a las mujeres.

Esta concepción debe evolucionar hacia un modelo de responsabilidad compartida entre las familias, los servicios públicos y el conjunto de la sociedad.

No se trata de sustituir los vínculos familiares, sino de garantizar que el afecto y la solidaridad no se conviertan en una obligación que termine agotando a quienes cuidan.

Es imprescindible reforzar los servicios de proximidad: la ayuda a domicilio, la teleasistencia, los centros de día y los recursos comunitarios que permiten a las personas mayores continuar viviendo en sus hogares y barrios con seguridad, autonomía y dignidad.

También debemos desarrollar programas específicos para las personas cuidadoras, con formación, acompañamiento psicológico, servicios de respiro familiar y medidas para prevenir el agotamiento físico y emocional.

En este ámbito, las personas mayores cuidadoras requieren una atención especial. No podemos seguir dando por hecho que alguien de 75 u 80 años puede asumir indefinidamente el cuidado de su pareja sin recibir apoyos suficientes.

Asimismo, resulta imprescindible mejorar la coordinación entre los servicios sanitarios y sociales. La prevención de la fragilidad, la atención a las enfermedades crónicas, la salud mental y la detección de la soledad no deseada deben formar parte de un modelo integrado de atención.

Una sociedad más longeva debe ser una sociedad que cuide mejor

El aumento de la longevidad constituye uno de los grandes logros de nuestra sociedad. Vivimos más años y aspiramos, legítimamente, a vivirlos con autonomía, bienestar y capacidad de decisión.

Pero este logro también nos plantea nuevas responsabilidades colectivas.

No basta con vivir más. Debemos garantizar que esos años adicionales puedan desarrollarse en condiciones de dignidad, con los apoyos necesarios cuando aparecen situaciones de fragilidad o dependencia.

Esto exige avanzar hacia un modelo de cuidados centrado en las personas, que respete sus derechos, preferencias y decisiones. Un modelo que favorezca la permanencia en el entorno habitual siempre que sea posible y así lo desee la persona, pero que también reconozca los derechos y necesidades de quienes cuidan.

Y exige algo que consideramos fundamental: escuchar a las propias personas mayores.

Las políticas de cuidados no pueden diseñarse sin contar con quienes reciben los apoyos y con quienes los proporcionan. Sus experiencias, necesidades y propuestas deben estar presentes en las decisiones que afectan directamente a sus vidas.

Desde CEOMA reclamamos que los cuidados y la atención a la dependencia ocupen un lugar prioritario en las políticas públicas, con compromisos concretos, financiación adecuada y servicios accesibles y de calidad.

El derecho a cuidar sin dejar de vivir

El Día Internacional de las Personas Cuidadoras debe servir para agradecer y reconocer una labor imprescindible, muchas veces silenciosa e insuficientemente valorada.

Pero el reconocimiento, por sí solo, no basta. No podemos limitarnos a agradecer el esfuerzo de quienes cuidan mientras seguimos dando por hecho que dispondrán de tiempo, salud y recursos ilimitados para hacerlo.

Cuidar no debería significar dejar de vivir la propia vida.

Las personas cuidadoras tienen derecho a descansar, a mantener sus relaciones personales, a participar en la comunidad, a recibir apoyos y a cuidar de su propia salud.

Tienen derecho, en definitiva, a seguir siendo protagonistas de sus vidas. Por eso, en este 5 de noviembre, quiero trasladar un mensaje de reconocimiento a todas las personas cuidadoras y, especialmente, a tantas personas mayores que cada día cuidan de sus parejas y familiares con una dedicación admirable.

Pero también quiero recordar a las administraciones públicas y al conjunto de la sociedad que cuidar a quienes cuidan no es una cuestión secundaria ni una concesión: es una responsabilidad colectiva y una condición indispensable para construir una sociedad más justa y solidaria.