La prevención de la demencia no empieza a los 70
¿Cómo queremos llegar a los 70, a los 80 o a los 90 años?
Probablemente, con autonomía, capacidad para decidir, buena salud, relaciones significativas y la posibilidad de seguir aprendiendo y disfrutando de la vida.
Sin embargo, cómo lleguemos a esas edades no depende únicamente de lo que hagamos cuando seamos mayores. Buena parte de esa trayectoria empieza a construirse mucho antes.
Un reciente artículo de The Economist recoge un cambio relevante en la manera de entender la demencia. Durante décadas se consideró, en gran medida, una consecuencia inevitable del envejecimiento. Hoy sabemos que el riesgo no es completamente fijo y que numerosos factores relacionados con la salud y el entorno pueden influir en su evolución.
La demencia continúa siendo uno de los principales retos sanitarios y sociales de las próximas décadas. El envejecimiento de la población hará que aumente el número absoluto de personas afectadas. Pero, al mismo tiempo, diferentes investigaciones muestran que el riesgo de desarrollar demencia a una determinada edad está disminuyendo en las generaciones más recientes de algunos países desarrollados.
Esto no significa que el problema esté resuelto. Significa que existe margen para actuar.
Un dato para entender el valor de retrasar el deterioro
A partir de los 70 años, la incidencia de la demencia aumenta con mucha rapidez y aproximadamente se duplica cada cinco años.
Esto permite comprender la importancia que tendría desplazar la curva de riesgo hacia edades más avanzadas. Si, por ejemplo, una persona de 80 años pudiera presentar el riesgo que actualmente corresponde a una de 75, la incidencia sería aproximadamente la mitad.
No significa que la mitad de los casos desaparezca automáticamente ni que todas las personas vayan a desarrollar la enfermedad exactamente cinco años más tarde. Se trata de una estimación poblacional basada en cómo aumenta el riesgo con la edad.
La idea de fondo es clara: incluso un desplazamiento relativamente pequeño en la edad de aparición tendría un impacto muy importante en la salud pública y en los años vividos con autonomía.
La demencia se construye durante décadas
Uno de los mensajes más relevantes del artículo es que la demencia no empieza cuando aparecen los primeros olvidos.
Los procesos que pueden desembocar en deterioro cognitivo se desarrollan durante años y están relacionados con múltiples dimensiones de la salud. Por eso, la prevención no puede limitarse a realizar ejercicios de memoria en la vejez.
Proteger el cerebro implica también cuidar el corazón, el metabolismo, los sentidos, el bienestar emocional y la vida social.
La Comisión Lancet sobre prevención, intervención y atención de la demencia identifica distintos factores de riesgo modificables, entre ellos:
- La hipertensión.
- El colesterol elevado.
- La diabetes y la obesidad.
- El tabaquismo y el consumo excesivo de alcohol.
- La inactividad física.
- La pérdida de audición o de visión no tratadas.
- La depresión.
- El aislamiento social.
- El menor acceso a la educación.
- La contaminación atmosférica.
- Los traumatismos craneales.
La estimación de la comisión es que una proporción importante de los casos podría prevenirse o retrasarse actuando sobre estos factores a lo largo de la vida.
No existe, por tanto, una única solución. La protección cognitiva depende de la combinación de muchas decisiones individuales, sanitarias y sociales.
La mediana edad importa
La prevención de la demencia no debería comenzar cuando una persona se jubila ni cuando alcanza los 70 años.
Algunos de los factores más relevantes empiezan a ejercer su efecto durante la mediana edad. La hipertensión, el colesterol elevado, la obesidad, el sedentarismo o la pérdida auditiva pueden mantenerse durante años antes de que aparezcan consecuencias cognitivas visibles.
Por eso, cuidar la salud cerebral a los 70 implica haber empezado mucho antes, probablemente desde los 40 o los 50.
No se trata de vivir preocupados por una enfermedad futura. Se trata de entender que las mismas medidas que protegen el cerebro también mejoran la salud cardiovascular, la movilidad, el bienestar emocional y la calidad de vida presente.
No todo depende de la genética
El artículo citado también analiza el papel del gen ApoE4, asociado con un mayor riesgo de enfermedad de alzhéimer.
La genética influye, pero no determina por completo el destino de una persona. Muchos portadores de variantes de riesgo nunca desarrollan demencia, mientras que otros sin esa predisposición genética sí lo hacen.
Los estudios sobre intervenciones multidimensionales muestran, además, que las personas con mayor predisposición genética también pueden beneficiarse de los cambios en el estilo de vida y del control de los factores cardiovasculares.
No podemos modificar los genes con los que nacemos, pero sí podemos influir en muchas de las condiciones en las que esos genes se expresan.
El cerebro no se cuida de forma aislada
A veces reducimos la prevención cognitiva a leer, hacer crucigramas o aprender cosas nuevas. Todo ello puede resultar beneficioso, pero es insuficiente si se descuidan otras dimensiones.
La salud cerebral requiere también:
- Ejercicio físico regular.
- Buen descanso.
- Control de la presión arterial y del colesterol.
- Tratamiento de la pérdida auditiva y visual.
- Vínculos sociales.
- Atención a la depresión y al estrés.
- Alimentación saludable.
- Estimulación intelectual adaptada a cada etapa de la vida.
El mensaje no es hacer más sudokus. El mensaje es cuidar a la persona de manera integral.
Una responsabilidad compartida
La prevención no puede recaer exclusivamente sobre el individuo. Las administraciones públicas tienen un papel esencial en la educación sanitaria, el diagnóstico temprano, el acceso a audífonos y tratamientos visuales, la reducción de la contaminación, la promoción de la actividad física y la lucha contra el aislamiento social.
Las empresas también pueden contribuir mediante entornos laborales saludables, prevención del estrés crónico, formación continua, protección de la salud auditiva y programas que acompañen a las personas durante la segunda mitad de su trayectoria profesional.
La salud cognitiva futura se construye en los centros sanitarios, pero también en las familias, los barrios y los lugares de trabajo.
Vivir más no es suficiente
La longevidad nos obliga a plantearnos una pregunta que va más allá de la esperanza de vida: ¿en qué condiciones queremos llegar a los años que estamos ganando?
Vivir más solo será una verdadera conquista si conseguimos mantener durante más tiempo la autonomía, la capacidad para relacionarnos, aprender, decidir y encontrar sentido a nuestra vida.
La demencia no ha sido derrotada. Tampoco puede afirmarse que todos los casos sean evitables. Pero la evidencia disponible permite abandonar una visión completamente fatalista.
Envejecer no está en nuestras manos. Pero cómo nos preparamos para envejecer, en buena medida, sí. Y esa preparación no empieza a los 70. Empieza mucho antes.
