Más violencia, más calor, menos médicos: la triple amenaza que acecha a los mayores portugueses
La APAV revela que la violencia contra los mayores ha crecido un 26,5% en cinco años
Hay cifras que duelen más cuando se leen despacio. La Associação Portuguesa de Apoio à Vítima (APAV) publicó este lunes 15 de junio, coincidiendo con el Día Mundial de Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato en la Vejez, un balance demoledor: en los últimos cinco años ha atendido a 8.540 personas mayores víctimas de violencia, lo que supone un incremento del 26,5% entre 2021 y 2025. Detrás de esa cifra hay 15.804 procesos de apoyo abiertos. Detrás de cada proceso, una persona que alguien debería haber protegido. El dato no es solo portugués: es un espejo en el que España también puede mirarse, porque la violencia contra las personas mayores es una de las pandemias silenciosas que recorren toda la Europa envejecida. Pero Portugal, con un 22% de su población por encima de los 65 años —el segundo país más envejecido de la Unión Europea—, tiene una responsabilidad especial en enfrentarla.
Lo que convierte la situación portuguesa en particularmente inquietante es que esta escalada de violencia no llega sola. Llega acompañada de dos crisis que, aunque parecen independientes, comparten una misma víctima. La primera es climática: Portugal se prepara para su segunda ola de calor histórica en menos de un mes. Tras la de finales de mayo —la tercera más larga jamás registrada, con 9,3 días consecutivos y récords absolutos de temperatura en localidades como Mora, que alcanzó los 40,3°C—, los modelos meteorológicos convergen ahora en un pronóstico aún más severo: a partir del miércoles 18 de junio, las temperaturas comenzarán a escalar hasta superar los 40°C en amplias zonas del interior, con estimaciones que apuntan a picos cercanos a los 45°C entre el 22 y el 26 de junio. Noches tropicales por encima de los 20°C —y tórridas por encima de los 25°C en el Alentejo— impedirán que los cuerpos recuperen el descanso necesario. Los expertos advierten que esta segunda oleada será más intensa y prolongada que la anterior, porque los suelos ya están secos y los días son los más largos del año.
Los datos hospitalarios de la primera ola ya ofrecen una advertencia que no debería ignorarse. El Hospital São José de Lisboa registró un aumento del 2% en la afluencia a urgencias y, lo que es más preocupante, un incremento del 21% en pacientes con criterio de ingreso hospitalario, «principalmente idosos con deshidratación y descompensación de enfermedades crónicas», según informó la propia unidad. Las Unidades Locales de Salud de la región de Lisboa —Loures-Odivelas, Lisboa Ocidental, São José, Santa Maria, Amadora-Sintra, Almada-Seixal— han activado ya planes de contingencia que van desde el nivel de alerta amarillo hasta la vigilancia reforzada. Los protocolos incluyen coordinación con municipios, protección civil e instituciones sociales para localizar y proteger a los mayores más vulnerables, especialmente a quienes viven solos.

Pero aquí aparece la tercera pata de esta crisis convergente: el propio sistema sanitario portugués está herido. La Orden de Médicos denunció el 12 de junio que desde 2024, año en que se generalizó el modelo de las Unidades Locales de Saúde, se han sustituido cerca de 50 directores clínicos. Cincuenta. En unidades que ya sufren falta de médicos, listas de espera crecientes y dificultades estructurales de respuesta. «Las dificultades del SNS no se resuelven con cambios sucesivos de nombres, ni con respuestas inmediatistas», advirtió el bastión Carlos Cortes. «Se superan con médicos en número suficiente, equipos completos y estables, autonomía técnica y condiciones de trabajo que permitan fijar profesionales.» Un sistema que rota a sus líderes con esa frecuencia es un sistema que ha perdido la brújula. Y cuando llega una ola de calor extremo, lo que falla no es solo el termómetro: es la capacidad de respuesta de las instituciones que deberían proteger a quienes más lo necesitan.
Desde España conocemos bien esta vulnerabilidad. El verano de 2022 dejó más de 4.700 muertes atribuibles al exceso de calor en nuestro país, la inmensa mayoría personas mayores de 75 años. La lección debería haber sido clara: las olas de calor no son fenómenos meteorológicos neutros; son selectivamente letales, y seleccionan a sus víctimas por edad, por soledad y por fragilidad del sistema sanitario que las atiende. Portugal, con una estructura demográfica aún más envejecida que la española —las proyecciones indican que el 35% de su población tendrá más de 65 años en 2050— y con un interior cada vez más despoblado, enfrenta un riesgo que no hará sino agravarse cada verano.
En medio de este panorama sombrío, cabe rescatar una noticia que apunta en la dirección correcta. El pasado 15 de junio, la Asociación de Familiares de Enfermos de Alzheimer de Galicia (AFAGA) firmó en Braga un acuerdo de cooperación transfronterizo con nueve entidades portuguesas —entre ellas la Unidade Local de Saúde de Braga, la Facultad de Farmacia de la Universidad de Oporto y seis municipios— para impulsar la innovación en el abordaje de las demencias. El convenio, con una vigencia de cuatro años, creará una red de trabajo colaborativo entre Galicia y el norte de Portugal centrada en respuestas sociales, apoyo a cuidadores e investigación. Es un ejemplo modesto pero significativo de lo que la cooperación ibérica puede lograr cuando mira hacia las personas en lugar de hacia las estadísticas. Porque el envejecimiento no entiende de fronteras, y las soluciones tampoco deberían hacerlo.
La pregunta que emerge de esta triple crisis no es retórica: ¿puede un país donde uno de cada cinco habitantes tiene más de 65 años permitirse el lujo de tratar la protección de sus mayores como un asunto secundario? La violencia crece, el clima golpea cada vez más fuerte, el sistema sanitario pierde estabilidad. Cada una de estas crisis por separado sería manejable con voluntad política y recursos adecuados. Las tres juntas configuran un escenario en el que la vulnerabilidad se multiplica. Portugal —como España, como toda la Europa meridional— necesita entender de una vez que proteger a sus mayores no es un gasto: es la métrica más fiable de lo que una sociedad vale. Y ahora mismo, esa métrica parpadea en rojo.
