Portugal admite que no estamos ante una crisis de viejos, sino ante una mutación civilizatoria

Portugal empieza a reconocer que el envejecimiento es un problema de toda la sociedad

Portugal admite que no estamos ante una crisis de viejos, sino ante una mutación civilizatoria Miia

Andrea Lima, presidenta del Fórum Saúde XXI, pronunció esta semana una frase que debería grabarse en el frontispicio de todos los ministerios de Europa: «No estamos ante una crisis de los ancianos; estamos ante una transformación profunda de la sociedad». Lo dijo en una entrevista concedida al medio especializado HealthNews con motivo del Cascais International Health Forum 2026, cuyo lema —«Viver Mais, Viver Melhor»— resume con elegancia el dilema que atormenta a los países desarrollados: hemos logrado añadir años a la vida, pero aún no sabemos cómo añadir vida a esos años.

Los datos portugueses son elocuentes y, en cierto modo, brutales. En 2025, Portugal registraba ya 189 personas mayores de 65 años por cada 100 menores de 20. Es el índice de envejecimiento más alto de la historia del país y uno de los más elevados de Europa. La esperanza de vida supera los 84 años. Más de un 24% de la población tiene más de 65 años. Y las proyecciones son vertiginosas: en 2070, según las estimaciones demográficas, habrá 230 ancianos por cada 100 jóvenes. Portugal no solo envejece; envejece a una velocidad que desafía la capacidad del Estado, del mercado y de las familias para adaptarse.

El foro de Cascais ha servido para poner nombre a lo que está en juego: la «Sociedad de los Cien Años». La idea no es una utopía futurista, sino una realidad demográfica inminente. La generación que hoy tiene 40 o 50 años —la nuestra, la de quienes leemos estas líneas— podría ser la primera en vivir masivamente hasta los 90 o más. La cuestión no es si llegaremos, sino cómo llegaremos: ¿con autonomía, salud y dignidad, o empobrecidos, aislados y dependientes de un sistema sanitario al borde del colapso? Andrea Lima responde con honestidad: «Portugal tiene conocimiento, profesionales y capacidad para hacer esta transformación. Lo que necesitamos ahora es acelerar el cambio».

El programa fomenta la formación, el intercambio cultural y el envejecimiento activo. Fuente: BigStock.

Pero el cambio exige algo que Portugal —y España— todavía no han conseguido: pasar de un modelo sanitario centrado en la enfermedad a uno centrado en la prevención. El sistema sigue diseñado para tratar patologías, no para evitarlas. La inversión en prevención es tratada como un gasto, cuando la evidencia demuestra que es la inversión con mayor retorno social y fiscal. Cada euro destinado a diagnóstico precoz, vacunación, promoción de estilos de vida saludables o acompañamiento de la cronicidad es un euro que se ahorra —multiplicado— en urgencias hospitalarias, cirugías y cuidados de larga duración. Y sin embargo, como advierte Lima, «continuamos muchas veces a considerar la prevención como una despesa».

A esta carencia estructural se suma una epidemia que no produce titulares pero que mata con la misma eficacia que cualquier virus: la soledad. En la región de los Açores se ha puesto en marcha un ciclo de webinars sobre «El Impacto de la Soledad en la Longevidad». En Mangualde, un municipio del interior donde el 30% de la población tiene más de 65 años, el programa comunitario «Futuro + Presente» ha alcanzado a 1.700 personas en solo seis meses, con actividades que van desde el yoga de la risa hasta visitas domiciliarias a ancianos aislados. La vereadora Rosalina Alegre lo explica con la claridad de quien trabaja sobre el terreno: «Es importante llegar a quien está más lejos, a quien vive solo o tiene una red familiar y social más reducida». Y una reflexión publicada esta semana en la Agência Incomparáveis, firmada por João Paulo Rocha, primer secretario de la Federación de Asociaciones de la Diáspora, pone el dedo en una llaga que no cicatriza: «Portugal es un país bonito para visitar, pero cada vez más difícil para vivir».

La brecha digital agrava la fractura. Mientras los servicios públicos —sanidad, banca, administración— migran a plataformas digitales a velocidad de vértigo, millones de personas mayores se quedan atrás. El semanario MAIS publicó esta misma semana un análisis sobre tecnología e inclusión digital en la tercera edad con una advertencia pertinente: «La exclusión digital no significa simplemente no tener acceso a una aplicación; significa quedar fuera del sistema». Un anciano que no puede pedir cita médica por internet, que no sabe operar con la banca electrónica o que no entiende un formulario digital no es un rezagado tecnológico: es un ciudadano privado de derechos. Y Andrea Lima lo reconoce desde la tribuna del foro: «Debemos estar muy atentos al riesgo de crear una nueva desigualdad: la desigualdad digital. Una innovación extraordinaria que solo llega a una parte de la población no representa verdaderamente progreso».

Para los lectores españoles, el espejo portugués devuelve una imagen incómoda pero instructiva. España comparte los mismos demonios demográficos: tasa de natalidad por los suelos, interior vaciado, dependencia cronificada, lista de espera sanitaria interminable. Pero España cuenta con una Ley de Dependencia —imperfecta, infrafinanciada, pero existente— que Portugal todavía no tiene en términos comparables. Y Portugal, a su vez, exhibe una tasa de empleo senior más alta y un dinamismo económico que España envidiaba hasta hace poco. Lo que ambos países necesitan, y lo que el foro de Cascais ha venido a recordar, es una visión intergeracional de las ciudades y de la sociedad: no construir barrios para jóvenes y residencias para viejos, sino comunidades donde convivan, aprendan y se cuiden unas generaciones a otras.

El foro ha puesto también sobre la mesa la economía de la longevidad —la silver economy— como una de las mayores oportunidades del siglo XXI. Millones de personas que vivirán más años seguirán consumiendo, viajando, aprendiendo, trabajando y utilizando tecnología. Eso crea mercados enormes en biotecnología, alimentación, turismo, habitación adaptada, inteligencia artificial aplicada a la salud y cuidados de proximidad. Portugal, con su clima, su coste de vida relativo, su atractivo turístico y su ecosistema tecnológico creciente, podría posicionarse como un polo europeo de esta nueva economía. Pero para eso necesita dejar de tratar el envejecimiento como un coste y empezar a verlo como lo que es: una oportunidad, una responsabilidad y, sobre todo, un espejo en el que todos nos miraremos antes de lo que creemos.