Opinión

Fernando Alonso no será el último ciclista accidentado

José María Cernuda
Fernando Alonso, atropellado por un coche cuando montaba en bicicleta

El accidente de Fernando Alonso ha vuelto a poner de manifiesto la enorme peligrosidad de hacer deporte (¡cualquier deporte!) en espacios destinados al tránsito de vehículos. 

Primera afirmación: la bicicleta es un vehículo. Esto, que podría parecer obvio, no está del todo claro en la actual redacción del texto regulador, cuyo título es Texto refundido de la ley sobre tráfico, circulación de vehículos a motor y seguridad vial, publicado en el BOE el 30 de octubre de 2015. En el artículo 1 del título preliminar de las disposiciones generales se dice textualmente: “Esta ley tiene por objeto regular el tráfico, la circulación de vehículos a motor y la seguridad vial”. Como se ve, en ambos casos el texto normativo hace referencia a vehículos de motor y no a vehículos como la bicicleta. Bien es cierto que en disposiciones posteriores se hace referencia a la circulación y a las obligaciones de los vehículos a motor hacia bicicletas y peatones.

Parece pues bastante claro que, aunque el texto principal de la regulación del tránsito no se refiere a la bicicleta, sí debe considerarse a esta como usuaria de las vías, con derechos y obligaciones regulados en otras disposiciones. Pero siempre atendiendo a la bicicleta como un vehículo destinado al tránsito: al transporte de personas.

La bicicleta no es sólo un vehículo destinado al desplazamiento de las personas, es también un vehículo susceptible de ser utilizado con fines deportivos. También el automóvil, la motocicleta o el camión son vehículos que se utilizan para la práctica deportiva, con sus correspondientes federaciones nacionales e internacionales.

El 24 de abril de 1984, el dos veces campeón del mundo de motociclismo Ricardo Tormo y piloto oficial de Derbi probaba su moto de competición por las calles desiertas del polígono industrial de Martorellas (Barcelona). Un coche circulaba por esas mismas calles y el impacto fue difícilmente evitable pese a la pericia demostrada de un campeón del mundo. Ricardo Tormo resultó gravemente herido y el accidente supuso el fin de su carrera deportiva. Aquel accidente puso de manifiesto la peligrosidad de entrenar deportivamente en espacios destinados al uso público de otros vehículos. 

Por aquellos años, los pilotos de rallyes, en los días previos a las pruebas, entrenaban los tramos con la carretera abierta al tráfico. Aquello produjo más de un accidente; uno de ellos dramático, que le costó la suspensión por un año al que era Campeón de España de la especialidad, Antonio Zanini. A raíz de aquello, se prohibieron los entrenamientos en tramos abiertos al tráfico, con toda la lógica del Mundo.

 

Normativa de la DGT sobre circulación de bicicletas

 

Y volvemos a la bicicleta y las carreteras. Y ya sé que voy a ser crucificado por los miles de aficionados a la práctica deportiva de la bicicleta. Pero lo he escrito ya con anterioridad y me sigo reafirmando en que las carreteras no son para que nadie practique deporte. Ni ciclistas, ni motociclistas, ni automovilistas, ni patinadores, ni quien desee practicar el trineo de ruedas tirado por perros. No es la carretera un espacio deportivo por más que insistan en que todos tienen derecho a su uso. A su uso, desde luego que sí, sin el menor asomo de duda; y hay que aprender a convivir en este espacio con todos los medios de transporte. Pero no es un campo de entrenamiento.

El problema es que es difícil establecer una frontera entre lo que es desplazamiento y lo que es entrenamiento o práctica deportiva. Concedamos el beneficio de la duda. Pero los responsables de la vigilancia y control y quienes elaboran las normas sobre circulación deberían de establecer una frontera clara entre un uso y otro; de la misma manera que para el automovilismo o el motociclismo está bien definida.

Pero ante esto, nos encontramos con otro problema: la negativa de los poderes políticos y la presión social contra la limitación del uso de la bicicleta. Este divertido y eficiente vehículo se ha convertido en un tótem al que hay que proteger, cuidar, mimar y promover desde todos los estamentos: desde los políticos a los medios de comunicación. La bicicleta es intocable. Es el gran invento de la progresía, equiparable a la cultura urbana o al derecho a la ocupación de los espacios públicos como método de protesta. Establecer límites a su uso es de boomers sin derecho a opinar. Y en el fondo, no hay político que se atreva a decir en voz alta lo que piensan miles de usuarios de las vías y no pocos ciclistas: que practicar el ciclismo deportivo en tráfico abierto es cuanto menos temerario. Nadie ha sabido responder a algunas preguntas sencillas que se le ocurren a cualquier ciudadano: ¿qué deporte se puede practicar en espacios públicos?¿puedo tirar al blanco en un parque?¿ni siquiera con un arco?¿y lanzamiento de jabalina?¿puedo hacer una carrera de caballos o saltos de hípica en el parking de un supermercado? 

Cada deporte tiene su ámbito de práctica y de entrenamiento. Los motoristas y automovilistas tienen sus propios circuitos donde practicar su deporte. Los ciclistas tienen la obligación moral de presionar a los poderes públicos para exigir que no haya tráfico de vehículos motorizados en determinados itinerarios. Y si fuera necesario, que se construyan trayectos con ese fin de la misma manera que en España hay cerca de 10 circuitos para la práctica de deportes motorizados y centenares de kartings con el mismo objetivo. O el establecer carriles claramente separados del tránsito motorizado, como de hecho ya existen en no pocos kilómetros de nuestra red. Pero, por lo que se ve, es aún insuficiente.

Mientras llegue ese día, los conductores de vehículos  motorizados deben de tener el máximo respeto hacia el eslabón más débil de la cadena de usuarios de las vías; algo que no siempre se produce. Y los ciclistas, tener también sentido común y respetar las mismas normas que a todos nos obligan. Pronto llegará la primavera y nuestras carreteras, especialmente algunas, se verán plagadas de deportistas de las dos ruedas. La prudencia al volante debe siempre de ser la máxima, con o sin ciclistas, pero apliquemos un poco de sentido común y hagamos presión para que los deportistas de cualquier disciplina encuentren pronto su mejor espacio de desarrollo.