José Antonio Caride
Opinión

Ningún virus es pedagógico

José Antonio Caride
Ningún virus es pedagógico

La pedagogía no es un virus ni sus lecciones las de un pedagogo que está intentado decir algo que debamos aprender para un futuro más habitable. Siendo verdad que tendremos un problema si no escuchamos y entendemos lo que la Covid-19 nos está diciendo, lamento discrepar –aunque sea en las palabras– con el magisterio cívico e intelectual de Boaventura de Sousa Santos, cuya obra aprecio desde que tuve la oportunidad de leerle, por vez primera, en Pela mão de Alice. O social e o político na transição pós-moderna (Afrontamento, 1994); y, recientemente, en su lúcido ensayo A cruel pedagogía do virus (Almedina, 2020), cuestionando un modelo de desarrollo y de sociedad agotado, ecológica y éticamente. Siendo así, además de enfermarnos biológica y psicológicamente, el coronavirus desvela modos de producir y consumir insostenibles, que agravan las injustas e injustificables desigualdades sociales, prolongadas en el hambre, la pobreza, la discriminación o la exclusión de millones de seres humanos, muchos de ellos niños. Y, con ellas, un sentimiento de vulnerabilidad que creíamos desterrado, al menos en las sociedades opulentas (Galbraith) del capitalismo globalizado y sus insaciables mercados.

Sociológicamente, el diagnóstico de la pandemia y sus trágicas circunstancias son irrefutables: “todo lo que es sólido se desvanece en el aire”, acudiendo a la expresión de la que hicieran uso Marx y Engels en el Manifiesto Comunista de 1848. Como entonces, 150 años después, creencias e ideas veneradas secularmente están rotas, forzando a la humanidad a reconsiderar sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas. Lo hace con urgencia, sin la serenidad a la que se aludía en el Manifiesto, ante las incómodas verdades del mundo desbocado en el que nos hemos instalado. Son otras, sin dejar de ser las mismas que hicieron de la dignidad un valor de cambio, perpetuando la opresión y la explotación directa, descarada, brutal… del planeta y de la vida en común

A diferencia del pasado, cuando lo social exigía u obligaba compartir unas mismas coordenadas espacio-temporales, el presente transita por hilos inalámbricos. Invisibles, como el virus, pero muy eficaces para que los negocios y el ocio no cierren nunca. El computador personal y todos los dispositivos que abren pantallas (televisores, tabletas, móviles, etc.), tienen mucho más del primero (negotium) que del segundo (otium): conectan, procesan, almacenan, registran, ordenan, informan... A cambio crean necesidades y perpetúan dependencias psicosociales y socio-económicas hasta hace poco impensables

Solo en España se calcula que el acceso universal a una formación online que atienda la educación obligatoria se aproximará a los cincuenta millones de euros. Sorprende que hasta algunos de los educadores e intelectuales más vanguardistas –que se autoproclaman reformistas, progresistas e innovadores– afirmen que el gran cambio de la educación será el que se construya con internet. La enseñanza, presagian, saldrá de la pandemia más preparada para aprovechar la tecnología y las “nuevas” opciones de la docencia. Nada, o muy poco, dicen de los aprendizajes y de las convivencias. Lo importante, como sucedió con la “banca digital” en su relación con los clientes, será incrementar la competencia de los operadores –en este caso, del profesorado y del alumnado– y de las estrategias que la hagan posible, “caiga quien caiga”. Si cerraron las oficinas bancarias y hasta las empresas con los soportes corporativos más consolidados ¿que impedirá que puedan hacerlo las escuelas o las universidades? 

La desescolarización de la sociedad, que tuvo en Ilich, Reimer o Goodman a sus principales defensores, nunca imaginó un escenario tan proclive para sus teorías. Ni un contexto-pretexto tan irrefutable: la salud. Su profecía empieza a cumplirse: al monopolio de las escuelas sobre la educación lo sustituirá el que ejerza la tecnología sobre la sociedad. Según Iván Ilich, la mutación exigiría, como mínimo, tres cosas: dotarla de redes y tramas que faciliten la formación, potenciar el aprendizaje informal y retornar a la responsabilidad y la iniciativa personal en el aprendizaje. Ya están servidas. El virus, argumenta el filósofo coreano Byung-Chul Han, además de acabar con los rituales, está destruyendo las comunidades y los vínculos sociales cuando, paradójicamente, la hipercomunicación no las fortalece, sino que las debilita

Digámoslo con rotundidad: no hay paideia ni pedagogía sustentadas en el temor, el dolor o la muerte, sin escuelas y una sociedad que las elogie. Ningún virus es pedagógico, como tampoco lo son las enseñanzas y/o aprendizajes que destruyen los derechos y deberes de la polis, que no agranden la ciudadanía cada día que amanece, o que no asuman que la convivencia es mucho más que la mera supervivencia. 

Volveremos para reflexionar acerca de cómo podrá hacerse, pedagógica y socialmente, cuidando y cuidándonos.


José Antonio Caride, Catedrático de Pedagogía Social de la Universidade de Santiago de Compostela (USC).

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Merce Hace 15 días
Lo sabemos todos, somos plenamente de ello ....pero seguimos entrando al trapo. Poca fuerza tenemos y ni siquiera la empleamos. Cuando aprenderemos?