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Opinión

Por un próspero futuro próximo

Joaquín Ramos López
Por un próspero futuro próximo

Las gentes, estos primeros días de enero, gustan felicitar a sus congéneres el año estrenado. Es como expresar el deseo de tener todos la suerte a favor durante los próximos 365 días.

Se trata de una costumbre mundial y objetivamente positiva que hermana a las personas de buena voluntad en el propósito de vivir en felicidad. Después, la realidad del diario acontecer nos traerá el reparto cierto de nuestra ventura que, ojalá, colme a la mayoría.

Mientras el año que se ha ido lo fue por viejo, al que nos llega cual bebé en canastilla, le llamamos año nuevo. Así, nos parece que dejamos atrás los malos acontecimientos, generales o individuales, que tuvimos en el anterior y que el comienzo del recibido está limpio, vacío y bien dispuesto a tener bonanzas, premios y loas merecidas o afortunadas.

Es decir, que vamos a gozar de un desarrollo paulatino de bienestar y progreso, consiguiendo alcanzar aquellos deseos que todos aspiramos. O sea, hacemos gala de una inversión decidida en esperanza, con algún gramo de ingenuidad.

Las personas, en general, queremos superarnos y promocionar en el trabajo y en la condición económica. Las empresas apuestan por el crecimiento del beneficio. Los comerciantes aspiran a vender más. Los políticos porfían en su propósito de mantenerse en el poder o en su aspiración a conseguirlo.

Los enfermos, recuperar la salud y los menos favorecidos, salir de la pobreza. Los defensores de quimeras aspiran a ser tenidos en cuenta. Los opositores –que estudian al efecto– sueñan con ver alcanzado su objetivo. Todos queremos más y mejor vivir. Y todo eso es loable y enriquece la existencia.

En conjunto, a tales aspiraciones y algunas pretensiones me gusta considerarlas como el camino hacia la prosperidad. Ser y sentirse próspero, alcanzar y pervivir en ella significa llegar a una meta deseada y, aparte suerte premiada, como confirmación del mérito a un esfuerzo personal.

Tengo la impresión de que lo de próspero, como nos recuerda y anima la popular canción navideña “…feliz Navidad, próspero año y felicidad…” ahora lo decimos menos. Preferimos usar otras palabras para señalar aquello que acrece en nuestra vida.

Solemos pedir aumentar/mejorar/conseguir; la riqueza, los beneficios, el sueldo, el estrato social, la salud. Hoy está de moda el empoderamiento -¡cielos, que expresión!- para equiparar derechos personales. Nos gusta obviamente desear estos días tener “un buen año” y que nuestra felicidad haga olvidar el anterior.

En otro tiempo, ciertamente de mayor penuria pero de precisa esperanza, se conjugaba el verbo prosperar con alta frecuencia. Era normal animar a la juventud en la prosperidad para inculcar el estudio; al joven trabajador para animarle a promocionarse en su oficio; al emprendedor para incentivar su autonomía profesional; al empresario para consolidar su negocio.

A cualquiera, en suma, que estaba en la senda del progreso personal, se le atribuía un futuro próspero. Y hasta en el llamado progreso social se destacaba en su cartelería ser un claro objetivo de prosperidad.

He conocido recientemente que el gobierno chino ha dispuesto un programa social que viene a llamarse “prosperidad compartida”. Sus gobernantes pretenden, mediante las medidas acordes a su ideario político-económico que tan buen resultado le puede llevar a liderar el mundo, un particular reparto desde la abundante riqueza que algunos pocos de sus nacionales están consiguiendo hacia la ampliación y consolidación de su nueva clase media.

Seguramente, también se propondrán vigilar de cerca la progresión económica individual y evitar desvaríos inconvenientes. Pienso que tal “prosperidad” diferirá bastante de la que yo sostengo y que empieza por un orden individual voluntario para propagarse a colectivos que comparten la intención y procuran un desarrollo social mejor de forma permanente.

Bienvenido sea el nuevo año si al final nos resulta próspero, lo que buena falta nos hace a los españoles al estar cifrando hoy datos (capacidad productiva, bienestar social, nivel de conocimiento,  desplome del PIB, fuerte desempleo, escalada del IPC, inquietud política) últimamente nada florecientes y de dudoso agüero a corto plazo.

Sobre el autor:

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Joaquín Ramos López

Joaquín Ramos López es abogado y autor del blog Mi rincón de expresión.

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