A rebufo de un artículo anterior se me ha sugerido que opine sobre el tan trillado tema de los botellones. Heme aquí pues metido ya en este jardín, cual salida de laberinto me espera, para referirme a la actual movida de nuestros jóvenes.

Me coge ya con juventud acumulada para entrar y participar personalmente del experimento y poder trasladar en palabras esa vivencia. Me siento, además, un poco circunspecto para dar una opinión sobre algo que me tiene entre el escepticismo y la banalidad de una práctica que no termino de asimilar.

Aún así, deseando tratar de responder al petitum, manifestaré la impresión que me merecen esos masivos encuentros juveniles cuando los veo en los informativos. En tantos medios y tantas veces actualmente que ya están incrustados en la conciencia social.

Para mi, los elementos que conforman el evento son bastantes simples; muchas personas jóvenes se concentran en un espacio público exterior y grande, para conversar y relacionarse de palabra mientras beben licores y refrescos en notable cantidad.

Lo que me parece interesante es llegar a entender los motivos que llevan a esta generación de -¿puedo?- chicos y chicas a ir de botellón, cuando otros grupos de gente, época y entorno se reúnen para algo más. O sea y a la inversa, estos se encuentran por un motivo o circunstancia concreto y, de paso, toman algo.

Hasta una generación anterior -y quizás hace menos- lo habitual  era ir de fiesta. Los días previstos a celebrar (sábado, domingo, festividades locales, eventos populares, etc.) se quedaba con la panda para encontrarse, acudir al lugar elegido y divertirse. 

O sea, bailar, asistir a un espectáculo, disfrutar de un partido o una exhibición, participar en juegos de feria, probar nuevas experiencias de ocio. Actividades, varias y distintas con contenido objetivo y practicadas con el único propósito del entretenimiento y tener relaciones personales juveniles.

Se me puede decir que esas diversiones también ahora se hacen o tienen y en mayor medida y ocasión por la lógica mejoría de calidad de vida que se va consiguiendo. E incluyendo algunas copas. 

También he oído el manido argumento del coste de la bebida, que resulta prohibitivo y es injusto que se aprovechen los locales de la baja economía de los jóvenes. Y que las estrictas normas sociales de reunión festiva callejera impiden concentrarse en plan “grande”.

Pero, digo yo, si una mayoría de nuestras ciudades tienen barrios “mojados” donde se ha aceptado de facto se produzcan reuniones a las puertas y aledaños de los locales expendedores de comida menor y bebida, con solo tener presente evitar el innecesario alboroto y terminar a horas no intempestivas. El gasto, evidente, corresponde a lo que cada uno desee o pueda.

Total, que me quedo con la floja impresión que ir de botellón, es ir a la moda, lo que mola ahora o como se diga esta semana. No hay, parece, más razón si esta lo es. Veamos.

Miro las imágenes y oigo las entrevistas y no me aportan convicciones. Basta entender, creo, que se juntan para beber mucho y barato, protegidos (?) en una masa humana justo bulliciosa por joven, alegre y divertida. Cuestionando e incumpliendo además las medidas protectoras arbitradas por las autoridades para evitar contagios y calamidades.

Me llega también el criterio que los botellones es una manera de protestar por la incomprensión de los mayores de la importancia de la juventud, sus inquietudes, sus proyectos de difícil logro, su abandono social en suma. Que tienen rotas sus apetencias y carecen de capacidad de defensa, salvo esta manifestación pacífica.

Llama la atención ese decir de tener derecho -alguna juventud- a “disfrutar de la vida” para resarcirse de haber estado confinados en casa por razón de una pandemia, exigiendo libertad de movimientos y gozo de extravíos e incluyendo negacionismos frente a la demanda social de protección general de la salud.

Y por esos criterios ¿hay que dejarse manejar, confundir y utilizar por grupos de alteradores del orden, delincuentes que destrozan la ciudad con violencia impropia de una cultura que rezuma sentimientos solidarios y de responsabilidad social que alteran la convivencia, dañan la economía, perturban el descanso ciudadano, siembran el desprestigio urbano y, encima, se van de rositas? 

Voto por quien quiera y pueda erradicar tales botellones. Voto por quien crea que los jóvenes de hoy son/somos los mismos de ayer y queremos seguir divirtiéndonos mucho. Voto por conseguir orden y progreso generales. Y, por todo eso, alzo mi vaso con mi pelotazo acostumbrado, en mi local preferido y al lado de mi gente de siempre... Más los que se quieran añadir para irnos de fiesta.

Sobre el autor:

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Joaquín Ramos López

Joaquín Ramos López es abogado y autor del blog Mi rincón de expresión.

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