La productividad en España: ¿cambio de modelo o espejismo?

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La productividad en España: ¿cambio de modelo o espejismo? Miia

La Productividad Total de los Factores (PTF) en España ha crecido a una media anual del 1,4% desde 2020, el mayor registro desde 1995. En 2024, el incremento alcanzó el 2%, mientras que la eurozona retrocedía un 0,7%, con Alemania y Francia registrando incluso cifras negativas. 

Radiografía de la productividad en España

La PTF mide cuánto produce una economía más allá del simple aumento de trabajadores o capital, siendo así el indicador más completo de eficiencia productiva. 

Esta mejora explica aproximadamente un tercio del crecimiento del PIB entre 2021 y 2024, aunque el mercado laboral sigue siendo el principal motor, con 2,4 millones de ocupados adicionales desde 2020. El avance, sin embargo, no es homogéneo: liderado por el sector privado de mercado —hostelería, transporte, industria— mientras que educación, sanidad y administración pública se estancan o retroceden.

A nivel territorial, todas las comunidades autónomas mejoraron salvo Extremadura, con Baleares y Canarias a la cabeza, en parte por efecto rebote tras la pandemia. Con todo, la productividad total española en 2024 seguía siendo un 8% inferior a la del año 2000, lo que relativiza el optimismo. 

Esta mejora de la PTF es, sin duda, una buena señal para la economía española, pero sería un error considerarla sin matices. Un dato positivo no borra décadas de debilidades estructurales, y conviene tener eso presente antes de sacar conclusiones demasiado optimistas. 

Partiendo del análisis sectorial, resulta llamativo que sean precisamente los servicios los que estén liderando ahora las ganancias de eficiencia. Históricamente, la terciarización de la economía española ha ido de la mano de baja productividad: predominio de pymes, escasa competencia y una incorporación lenta de las TIC. Por eso el cambio de patrón que muestran los datos es relevante, y sugiere que elementos como la desregulación o la digitalización están empezando a tener un efecto real sobre la eficiencia. Dicho esto, el estancamiento en educación y sanidad sigue siendo un problema serio. Son los sectores donde menos ha cambiado la forma de trabajar y donde la competencia brilla por su ausencia. Que casi la mitad del valor añadido bruto de la economía provenga de sectores en esa situación no es un detalle menor. 

En lo que respecta al modelo de crecimiento, durante la expansión sostenida de 1995 a 2007 (burbuja inmobiliaria), España creció a buen ritmo, pero de una forma que resultó ser muy frágil: mucho empleo, mucha inversión en ladrillo y pocas ganancias reales de eficiencia. La PTF era prácticamente irrelevante como motor del crecimiento, y las consecuencias las vivimos a partir de 2008 (Gran Recesión). Lo que sugiere es que algo ha cambiado de fondo: por primera vez desde aquella etapa, la eficiencia está contribuyendo de manera significativa al crecimiento del PIB. Que explique un tercio del total desde 2021 es un avance real. Pero que el 60% restante siga dependiendo del empleo indica que la transición hacia un modelo verdaderamente intensivo en tecnología todavía está a medias. 

Vale la pena mencionar también la dimensión distributiva: si estas ganancias de eficiencia no se trasladan a los salarios reales, sino que se quedan en los márgenes empresariales, el crecimiento mejorará en los datos agregados, pero será poco perceptible para buena parte de la población. En una economía con tanta dualidad laboral como la española, esa transmisión no es automática, y es uno de los aspectos que conviene seguir de cerca. 

Desde el lado del saldo exterior y la formación bruta de capital (inversión), las exportaciones de bienes se llevan desacelerando desde 2022, especialmente en automoción, y la tasa neta de creación de empresas es negativa desde 2008. Son dos indicadores que apuntan a una base inversora y exportadora más débil de lo que las cifras sugieren, y que son factores clave para sostener el crecimiento a largo plazo. 

Conclusión

España está creciendo mejor que hace dos décadas, y eso merece reconocerse. Pero mientras persistan la debilidad empresarial, el estancamiento del sector público y la dependencia estructural del turismo, el optimismo debería ir siempre acompañado de prudencia. El verdadero reto no es crecer con eficiencia durante unos años favorables, sino demostrar que este cambio puede sostenerse cuando las circunstancias dejen de acompañar