Ramón Sánchez-Ocaña
Opinión

¿Sabes cuántos olores diferentes somos capaces de percibir?

Ramón Sánchez-Ocaña
Pérdida del olfato o anosmia (Bigstock)
Píldoras

 

El sentido del olfato está muy poco estudiado, aunque cada vez despierta mayor interés científico. Lo que parece cierto es que la alteración del olfato puede tener una relación directa con las hormonas. Ello explicaría, según comentaba el Dr. Mullol, del servicio de rinología del Hospital Clinic de Barcelona, los antojos de algunas mujeres durante el embarazo. Sería –dice– porque sufren cambios en el comportamiento de captación del olor. Y está demostrado que en el ciclo de máxima capacidad reproductiva hay más capacidad olfativa.

Del mismo modo, durante el embarazo se agudiza el olfato hasta el punto de que hay mujeres que descubren su estado  por un olor que le sorprende (a mármol, a madera, a barro...). Huele lo que nadie huele y desarrolla un sentido especial para detectar olores sospechosos tanto en el aire como en los alimentos.  

Olfato y memoria

Un olor es quizá lo que más nos despierta la memoria. Aquel olor grabado en nuestro cerebro desde la niñez nos evoca un sin fin de recuerdos. Incluso un olor –como una música– nos puede recordar matices que no caben ni en un relato ni en una fotografía...Un olor es capaz de recuperar de la memoria, con una intensidad extraña, todo un compendio de recuerdos. Haga la prueba. Aquel olor a pan, el olor a colegio o el de aquella casa de los vecinos.

Parece que en las fases iniciales de enfermedades neurodegenerativas (Párkinson, Alzheimer...) hay una pérdida de olfato.

Lo poco que sabemos del olfato

Aprendemos a distinguir olores desde muy pequeñitos. A 22 bebés de 2 a 7 días de edad se les acercaron algodones a su nariz. Unos estaban limpios. Y otros habían estado junto al pecho de sus madres durante más de tres horas. Indefectiblemente, y aunque se cambiaban de lugar, los bebés giraban la cabeza en la dirección de los algodones que habían estado con sus madres, y no se inmutaban ante los limpios.

Somos capaces de percibir más de 3.000 olores diferentes, aunque luego no sepamos traducirlos a palabras. Cuando queremos definir un olor siempre debemos de acudir a otras sensaciones. Y a un rodeo de términos. Normalmente, comparamos con otro olor más conocido.

Y todos tenemos la experiencia de descubrir un olor y comprobar que, al poco tiempo, esa sensación desaparece. Cuando nos ponemos colonia, por ejemplo. Al poco tiempo, ya no huele. Y es que para volver a tener la misma sensación necesitamos que el estímulo se multiplique por 300.

No tenemos, pese a todo este sentido, muy desarrollado. El perro, que en tamaño de nariz se nos puede comparar, huele mucho mas que nosotros. Si tenemos 10 millones de células capaces de oler, con seis pelillos cada una, el perro tiene cien millones y con mas de 100 pelillos. Es decir, que huele mil veces más que nosotros.

¿Qué otros trastornos, además del coronavirus, pueden hacer que perdamos el gusto y el olfato?

¿Por que huelen las cosas?

En principio, porque desprenden moléculas. Y esas moléculas son las que captamos. Pero es que llegamos a oler aromas que están en concentraciones tan pequeñas que no se detectarían en un análisis químico. Las cosas –algunas cosas– huelen porque  en el ambiente en el que están dejan escapar moléculas, aunque sea una cosa tan sólida como un taco de madera. El ejemplo es intencionado, ya que la madera huele, aunque poco a poco se va secando y deja de oler. Por eso, para que algo huela tiene que ser algo más o menos volátil.

Y una pregunta curiosísima: ¿por qué dos sustancias absolutamente distintas pueden oler casi igual? Es evidente que las moléculas que desprenden son diferentes. Sin embargo, el olor es parecido. Se debe a que lo que estimula el sentido del olfato no es la sustancia que se volatiliza en sí misma, sino la forma, el tamaño, la imagen de las moléculas que se diluyen en el aire. Por tanto, moléculas iguales en tamaño y forma olerán igual, procedan del pie izquierdo o de un buen pedazo de queso. Es decir, la colocación de los átomos en la molécula es lo que va a determinar el olor. Eso que parece un  tecnicismo excesivo, abre una puerta impresionante a la fabricación de olores. Porque, en teoría, basta crear una molécula donde los átomos estén dispuestos de una determinada forma para conseguir un determinado olor.

Cómo olemos

La molécula llega y es recibida por unas células receptoras. Cuanto más se ajuste la molécula que llega a su receptor más y mejor olerá el individuo. De hecho, se ha demostrado ya que para localizar los olores primarios hay unas determinadas zonas que se adaptan a la forma de la molécula que trae esos olores.

Esas zonas están en la mucosa que recubre la parte alta de las fosas nasales. Y aunque se hable de pelillos, realmente son células nerviosas que tienen esa forma. Es tal la delicadeza de esas células que no pueden estar expuestas  a la respiración normal. Estarían permanentemente atacadas por polvillo, por olores, por sustancias, por el calor o por el frío. Por eso, donde realmente reside el olfato es en una parte muy alta y muy poco accesible de la nariz. Allí pueden llegar muy pocas moléculas que indiquen el aroma. Por eso, cuando un olor interesa o inquieta nos hemos inventado el mecanismo de olisquear, de repetir la inspiración nasal tres o cuatro veces seguidas y con pequeña intensidad.

Y otro detalle: lo que huele, además de volátil tiene que ser soluble. Porque si no,  la membrana que cubre las células de la nariz  no permitirían el paso de las moléculas olorosas. Llegan por el aire. Al ponerse en contacto con la membrana, se diluyen y es cuando se capta la forma de esa  molécula, se reconoce y se avisa al cerebro. 

La gama de lo que podemos oler no tiene inventario porque aunque hay muy pocos olores simples –dicen que siete– la posibilidad de combinar intensidades es de tal magnitud que hace imposible la cuenta.

Es uno de los sentidos que más vamos perdiendo con la edad: a los setenta años olemos aproximadamente la mitad que cuando teníamos veinte. Y eso sí: hay que rendirse ante el sexo femenino. Ellas no solo huelen mejor que los hombres, sino que tienen mejor olfato.

Cuando se pierde el olfato

La pérdida de olfato es mucho más frecuente de lo que creemos. Puede afectar hasta a un 3% de la población. Si se contabilizan los casos en que no se llega a la anosmia, pero sí a una pérdida de buena parte del sentido, el porcentaje puede ser mucho más amplio.

Lo curioso es que siendo un tema de gran trascendencia está muy poco estudiado.Y esa trascendencia no viene dada por lo que el sentido del olfato pueda suponer en sí mismo, sino por los riesgos que corre quien ha perdido la capacidad de oler. No se trata simplemente de que no pueda disfrutar como los demás de una buena comida (el olfato influye de manera determinante), sino que tampoco puede advertir si algo se está quemando o si huele a gas porque ha quedado encendida la cocina.

Los especialistas dicen que cualquier trastorno orgánico puede tener reflejo en el olfato. 

La mayoría de las anosmias se deben a tumoraciones benignas o pólipos nasales. Alrededor del 27% tienen esta causa. Las infecciones nasales son las responsables de un 17% de pérdidas de olfato y un 12% se deben a alergias. Las demás, se ignoran; pero no es desdeñable la influencia que pueden tener los inhaladores que aplicados durante mucho tiempo seguido van dañando las células responsables del olfato.

Sobre el autor:

Ramón Sánchez-Ocaña

Ramón Sánchez-Ocaña

Ramón Sánchez-Ocaña (Oviedo, 1942) es miembro del Comité Editorial de 65Ymás. Estudió Filosofía y Letras y es licenciado en Ciencias de la Información. Fue jefe de las páginas de Sociedad y Cultura de El País, y profesor del máster de Periodismo que este periódico organiza con la Universidad Autónoma de Madrid. 

En 1971 ingresa en TVE. En una primera etapa se integra en los servicios informativos y presenta el programa 24 horas (1971-1972). Entre 1972 y 1975 continúa en informativos, presentando el Telediario. No obstante, su trayectoria periodística se inclina pronto hacia los espacios de divulgación científica y médica, primero en Horizontes (1977-1979)​ y desde 1979 en el famoso Más vale prevenir, el cual se mantiene ocho años en antena con una enorme aceptación del público.

Tras presentar en la cadena pública otros dos programas divulgativos, Diccionario de la Salud e Hijos del frío, fue fichado por Telecinco para colaborar primero en el espacio Las mañanas de Telecinco y posteriormente en Informativos Telecinco.

Es colaborador habitual de radio, periódicos y revistas, y autor de una veintena de libros, entre los que destacan Alimentación y nutrición, Francisco Grande Covián: la nutrición a su alcance, El cuerpo de tú a tú: guía del cuerpo humano, Guía de la alimentación y Enciclopedia de la nutrición

En 2019 entró en el Comité Editorial del diario digital 65Ymás, en el que colabora actualmente.

… saber más sobre el autor