Ramón Sánchez-Ocaña
Opinión

Remedios y creencias populares en la medicina

Ramón Sánchez-Ocaña
Toma nota de estos 5 remedios caseros para limpiar los cristales Foto: bigstock
Píldoras

 

¿Cuántas veces oyó decir que los huevos sentaban mal al hígado? ¿O que para eliminar ese orzuelo que le salió al niño, lo mejor es poner una llave en el ojo? A lo largo de nuestras vidas hemos visto –todos, sin excepción– cómo muchas recomendaciones 'médicas' han ido pasando de boca en boca, como una de  las mejores tradiciones. Así se ha llegado a un compendio magnífico de errores sobre los que no suele repararse. Toda la estructura científica sobre la que se basa es precisamente esa: que se dice. Y si se dice, alguna razón habrá. Y la hay, qué duda cabe. Pero la gran mayoría de las veces se llama error. 

Por ejemplo, no se fíe nunca de las reglas populares para distinguir una seta venenosa. Eso de cocer con moneda de plata y si la moneda se pone negra muestra su toxicidad es falso. Eso solo demuestra que la seta tiene azufre. También suele decirse que si la seta está comida por animales es que es buena porque ellos distinguen bien. Falso. Entre otras cosas no sabemos si el animal que ha comido está muerto un poco más allá. Y un conejo puede comer mucha más cantidad de seta mortal que un hombre.

Es verdad que en ocasiones hay, bajo esa tradición, una razón de ser que el saber popular –el llamado filosóficamente saber por causas– tiene asumido. Es ese saber que se adquiere al comprobar el resultado sin tener una explicación científica. Y ejemplos tenemos muchos. ¿De dónde viene la tradición, por ejemplo, de los platos de lentejas con arroz o de acompañar con arroz blanco las alubias negras? La ciencia nos lo dijo muchos años después: es la suplementación de las proteínas. Como el arroz no aporta suficiente cantidad de lisina, el saber popular lo utiliza como guarnición de algunas legumbres. Solo para dar al organismo los aminoácidos que necesita. 

Antiguamente, cuando se lavaba en el río, las lavanderas tenían las manos agrietadas. Pero ya entonces el saber popular estableció el remedio y creó la receta que resume el problema: se les aconsejaba que se untaran en las manos una mezcla de glicerina y limón. Precisamente, para devolver a la piel su manto con los dos componentes que tiene: el ácido y el graso. Es verdad que hoy se dispone de una serie de productos que permiten una perfecta higiene, sobre todo en pieles con algún problema y que no causan el más mínimo perjuicio.

Pero en la mayoría de los casos esas tradiciones no tienen gran sentido. Recuérdese cuando se decía que si un niño tardaba en que le salieran los dientes era por falta de calcio. No es verdad. Hay que saber que uno de cada 2.000 nace con un diente que suele ser el incisivo inferior. Pero es verdad que las madres, si a los 6 meses no ven apuntar alguno de esos incisivos empiezan a sospechar de falta de calcio o de algunas vitaminas. Si el niño come lo normal y aumenta normalmente de peso y talla, no tiene carencias. La salida tardía de los dientes no indica más que eso: que es una salida tardía por razones inexplicadas. Pero no por falta de calcio.  Además, entra dentro de lo normal que los dientes no apunten hasta los 11 meses.

Puede que alguna receta de la abuela tenga razón . Pero hoy la ciencia quiere más explicaciones que la de la costumbre. El bricolaje en medicina no suele dar buen resultado.