¿Se hereda la longevidad? ¿Qué se sabe sobre el componente genético?
A menudo nos consolamos pensando que cumplir cien años es una herencia sagrada, un billete de lotería biológico que nos legaron los abuelos. La realidad es bastante más prosaica.
Los estudios en gemelos y sagas familiares no dejan mucho margen a la fantasía: la genética apenas explica entre un 20% y un 30% de la variabilidad en nuestra longevidad. ¿El resto? Una mezcla de cómo vivimos, qué comemos, cuánto nos movemos, la red social que nos sostiene y no nos engañemos, el acceso a una sanidad que funcione cuando vienen mal dadas.
Ahora bien, en las familias de centenarios sí se observa un empujón biológico claro. Sobre todo, al cruzar la frontera de los noventa. Se han identificado variantes asociadas a la reparación celular, al metabolismo o a la respuesta frente al estrés oxidativo. Pero conviene rebajar el entusiasmo. No hay un «gen de la inmortalidad». La genética te reparte la baraja; el entorno decide cómo juegas las cartas.
Al analizar a quienes superan el siglo de vida, se ve que no solo llevan un blindaje biológico de serie. Suelen arrastrar décadas de hábitos saludables y un entorno psicosocial envidiable: poca depresión, vínculos comunitarios sólidos y ganas de seguir dando la lata.

Si nos pusiéramos pedantes a repasar el cuadro de honor de la gerontología, cabría citar unos cuantos nombres propios, empezando por el gen APOE. Su variante ϵ4 es el garbanzo negro que incrementa el riesgo cardiovascular y de Alzheimer, mientras que la ϵ2 ejerce de escudo protector bastante codiciado entre los centenarios. A su lado aparece FOXO3A, pilar en la gestión del estrés oxidativo y la reparación celular cuyas variantes parecen ser el común denominador de quienes celebran cumpleaños con tres dígitos.
Tampoco conviene perder de vista a CETP, responsable de que algunos abuelos conserven las arterias de un chaval, ni a las famosas sirtuinas (SIRT1 y SIRT6), auténticos guardianes de la regulación epigenética y del ADN que hoy protagonizan cualquier congreso sobre envejecimiento. O a TP53, volcado en evitar que las células descarrilen con la edad. A esta lista podríamos sumar un sinfín de genes implicados en la inflamación o la insulina, aunque su impacto individual es modesto y depende siempre del trato que le hayamos dado al cuerpo.
Este patrón no es exclusivo de Occidente. El mega-estudio Chinese Longitudinal Healthy Longevity Survey (CLHLS) analizó a miles de centenarios en Asia. El trabajo liderado por Li, Wang y Zhang en Aging Cell (2021) confirmó la presencia constante de FOXO3A y sacó a la luz variantes autóctonas ligadas a los lípidos. Da igual vivir en la Gran Vía o en una aldea de Guangxi: la longevidad exige una buena base biológica, pero se cocina en el día a día, entre la dieta, el trabajo activo y el aire que se respira.
Tener buenos antecedentes ayuda, desde luego. Pero esperar sentado en el sofá a que los ancestros hagan todo el trabajo sigue siendo un billete directo al desengaño.
