La soledad no deseada y sus contextos
Josep Moya OlléMartes 10 de febrero de 2026
4 minutos
Martes 10 de febrero de 2026
4 minutos
65YMÁS publicaba el domingo, día 8 de febrero, un interesante artículo con un título muy sugerente, “El 28% de los mayores con dificultades económicas sufre soledad no deseada”. Resalto algunos de los puntos del artículo: “El 28,8 por ciento de los adultos mayores con dificultades económicas están en riesgo de soledad no deseada, una cifra que duplica la soledad que sienten las personas sin dificultades para llegar a fin de mes (12,4%). Así lo revela el estudio Redes para la Vida de EmancipaTIC, una investigación que ha contado con el apoyo del IMSERSO (Ministerio de Derechos Sociales y Agenda 2030) y la colaboración de la Universidad Complutense de Madrid y la Universidad de Santiago de Compostela. “El estatus socioeconómico constituye una variable central en la comprensión de la soledad“. Un poco más adelante se escribe que la pobreza, el aislamiento y la soledad van ligadas.
Es sabido que la soledad no deseada es una fuente de sufrimiento emocional que, a su vez, puede provocar diversos problemas de salud. Así, un estudio realizado por investigadores de la Universidad Complutense de Madrid (UCM), la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), el Parc Sanitari Sant Joan de Déu (Barcelona) y el Ciber de Salud Mental reveló que una de cada 10 personas manifiesta niveles moderados o elevados de soledad. El estudio fue publicado en la revista médica Journal of Affective Disorders.
Por otro lado, un estudio publicado el año 2023 en la revista JAMA reveló que el aislamiento social y la soledad se asocian con un 32% y un 14% más de riesgo, respectivamente, de mortalidad por cualquier causa, así como con un mayor riesgo de mortalidad por cáncer. Además, el aislamiento social o la falta objetiva de contacto social con otras personas se relaciona con un mayor riesgo de muerte por enfermedad cardiovascular.
Pero, además, la soledad no deseada se correlaciona, según ha aportado la Fundación Pascual Maragall, con el riesgo de demencia. Según esta institución, “el aislamiento social percibido induce una mayor reactividad al estrés, conduciendo dicha alteración a problemas de sueño, alteraciones en el sistema inmunológico, aumento de los niveles de estrés oxidativo, sobreexpresión de genes proinflamatorios, etc.”, todo ello relacionado con el deterioro cognitivo.
Hasta aquí algunos datos epidemiológicos, pero permítanme que señale algunos puntos extraídos de observaciones personales. Es domingo, son las cinco de la tarde. Pedro, un hombre de 80 años permanece sentado en el comedor de la residencia. Está solo, medio adormecido contempla, sin mirar, el paso de los automóviles por la carretera adyacente. A su alrededor, otras personas ancianas están sentadas delante del televisor, aunque sin prestar mucha atención a la pantalla. Algunos residentes conversan con sus familiares. Mientras, Pedro observa cómo la circulación se va intensificando al paso de las horas. Es el regreso de todos aquellos que han salido de la ciudad para pasar el fin de semana en ambientes más tranquilos y acogedores. Es sabido que algunas de nuestras ciudades no son aptas para vivir en ellas. La gentrificación está empobreciendo la vida comunal; ahora se trabaja en el barrio pero no se vive en el barrio. Pasan las horas y Pedro sigue mirando por la ventana. Esta tarde nadie ha venido a verlo. Unas mesas más allá, Inmaculada, una anciana de 89 años, tiene una revista en sus manos, no ha advertido que la lee al revés, es decir, no la lee. Ella también está sola. Pedro e Inmaculada tuvieron sus historias aunque nadie las recuerda. Fueron historias que escribieron a lo largo de su vida familiar y profesional. Sin embargo, a partir de un determinado momento esos relatos quedaron interrumpidos, más aún, en ocasiones sus nombres también han quedado borrados y sustituidos por números: el enfermo de la 49, la enferma de la 62. Pedro e Inmaculada nos recuerdan a esas viejas estaciones de ferrocarril que, otrora, fueron escenarios de encuentros, de acogidas amorosas y de tristes despedidas, de personas desplazándose de manera apresurada por los andenes, de vida, en suma. Esas estaciones conservan tan sólo el nombre, pero ya nadie recuerda lo que representaron.
La soledad no deseada supone, también, la interrupción de la historia personal, no es sólo el no recibir visitas, el no tener amigos ni familiares con quienes conversar, la soledad no deseada es una ruptura biográfica, la pérdida del lugar en lo social, es la desconexión de los otros. De ahí el intenso sufrimiento porque, digámoslo sin ambages, sólo una cosa es más dolorosa que ser odiado: el no contar para nadie.



