Vínculos, casa e identidad: el triángulo del buen envejecer
Sandra Pàmies TejedorMartes 17 de febrero de 2026
8 minutos
Martes 17 de febrero de 2026
8 minutos
Envejecer no es solo una cuestión biológica. Tampoco es únicamente un asunto de salud, dependencia o servicios.
Envejecer es, sobre todo, un proceso profundamente relacional y contextual, en el que el hogar se convierte en el escenario principal donde se despliega la autonomía, el bienestar emocional y la identidad personal.
Desde la Psicología Social y la Gerontología sabemos que las personas no envejecen en abstracto: envejecen en un lugar, rodeadas de vínculos, normas, rutinas y significados que pueden sostenerlas… o debilitarlas.
El hogar: mucho más que un “lugar donde vivir”
En los documentos clásicos de ética sociosanitaria aparece reiteradamente un concepto clave: los entornos de vida condicionan los derechos reales de las personas. Lo vemos en residencias –donde los modelos rígidos generan maltrato institucional por omisión– y también en el domicilio, cuando los apoyos son insuficientes, la red es frágil o el sistema no responde ágilmente y con calidad.
El hogar es un entorno psicosocial que articula tres dimensiones fundamentales del envejecimiento:
1. La autonomía y el control sobre la vida
El hogar no es solo un espacio físico: es la materialización del derecho a decidir. Qué hago, cuándo, cómo y con quién. En Psicología Social lo llamamos sentido de agencia.
Cuando una persona mayor puede mantener rutinas, ajustar los tiempos, organizar sus objetos o decidir el nivel de ayuda que quiere, está preservando su autonomía real, no solo la autonomía “reconocida en la ley”.
Por el contrario, cuando los apoyos domiciliarios y/o comunitarios son insuficientes –por falta de recursos, listas de espera o incompatibilidades normativas– se genera una tensión ética: se vulnera el derecho a decidir dónde y cómo envejecer, aunque nadie lo haga con mala intención. Eso también es maltrato institucional, según autores como Frederic G. Reamer o Sarah Banks, porque el daño deriva de la estructura o sistema y no del o la profesional.
2. El bienestar emocional y relacional
El hogar condensa la red de vínculos que sostiene la salud mental en la vejez:
- La familia, que puede ser un soporte afectivo o, en determinados momentos, una fuente de fricción.
- El vecindario, que aporta vigilancia natural, apoyo informal y presencia cotidiana.
- El barrio, como espacio de participación, identidad y pertenencia.
- Los y las profesionales que entran en casa, desde quienes realizan atención directa hasta coordinadores/as y gestores/as de los servicios domiciliarios sociales y sanitarios.
- Las rutinas simbólicas, como el café de la mañana, la ventana abierta al mundo o el paseo diario, que actúan como anclajes emocionales y cognitivos.
Tal como explican Rueda y Martín (2010), el enfoque ecológico del maltrato permite comprender por qué estas relaciones importan tanto: el bienestar no depende únicamente de las características individuales de la persona mayor con necesidades de apoyos, sino de la interacción dinámica entre cuatro niveles –la persona, sus vínculos inmediatos, la comunidad y la estructura social que regula los apoyos disponibles–. Desde esta perspectiva, el hogar funciona como un ecosistema: cuando está integrado en la comunidad, cuando existen apoyos suficientes y adecuados y cuando los y las profesionales trabajan desde el buen trato, todas las capas del entorno se alinean y el bienestar emocional se multiplica, fortaleciendo la autonomía y la continuidad de la identidad personal.
Pero cuando alguna de estas capas falla –cuando falta red comunitaria, cuando la sobrecarga familiar deriva en claudicación o negligencia involuntaria o cuando el sistema público no garantiza los apoyos mínimos– el equilibrio se rompe. Entonces aparecen riesgos de soledad no deseada, deterioro emocional o indefensión aprendida, no por un único factor, sino por la acumulación de tensiones en todo el ecosistema doméstico.

3. La identidad personal y la continuidad biográfica
La identidad en la vejez no se sostiene en discursos abstractos, sino en objetos, historias y espacios.
El hogar es un ancla biográfica:
- Fotografías,
- Muebles,
- Olores,
- Colecciones,
- Rituales cotidianos.
Es lo que Tom Kitwood llamaría soportes simbólicos de la persona, claves especialmente en situaciones de deterioro cognitivo, demencia o desorientación.
Cuando se vacía una casa para “adaptarla”, cuando se imponen cambios bruscos o cuando se obliga a una persona a mudarse contra su voluntad, se produce una quiebra simbólica que afecta directamente a la identidad. En términos éticos –y según Sarah Banks– es una vulneración de la dignidad y la autodeterminación.
Cuando el hogar se convierte en un lugar de riesgo
La literatura sobre maltrato institucional suele centrarse en residencias, pero muchos de los mecanismos se reproducen también en los domicilios:
- Negligencia por falta de horas de atención de ayuda a domicilio,
- Incompatibilidades legales que fuerzan institucionalizaciones no deseadas,
- Ausencia de productos de apoyo esenciales,
- Descoordinación entre servicios sociales y sanitarios,
- Familias sobrecargadas o claudicadas,
- Profesionales sin recursos ni tiempo,
- Omisión de cuidados involuntaria.
Estas situaciones no suelen responder a una mala intención, sino a disfunciones en la organización de los apoyos y en la aplicación del marco normativo. Cuando las leyes y los procedimientos –por ejemplo, los relativos a dependencia, atención domiciliaria o coordinación sociosanitaria– no se despliegan con la intensidad o continuidad previstas, pueden generarse efectos no deseados que limitan el ejercicio real de los derechos de las personas.
El papel crucial de los vínculos
Los vínculos que atraviesan el hogar pueden ser protectores o pueden erosionar la autonomía:
Familia
- Puede empoderar o desautorizar, ya sea de forma intencionada o por desconocimiento de las capacidades y preferencias reales de la persona.
- Puede acompañar, pero también sobreproteger por preocupación o falta de información.
- Puede convertirse en un agente que modula o condiciona las decisiones, por ejemplo, cuando las limitaciones de tiempo, recursos o cuidados disponibles dificultan facilitar los apoyos necesarios para que la persona permanezca en casa.
Comunidad
Las interacciones cotidianas del barrio –comercios de proximidad, vecindario atento, asociaciones, redes informales– conforman lo que en ciencias sociales se denomina capital social: el conjunto de relaciones, apoyos y normas de reciprocidad que facilitan la cooperación y evitan que la persona enfrente sola las dificultades. Tal como plantea Robert D. Putnam, estas redes generan confianza y beneficios tangibles para la vida cotidiana, fortaleciendo la cohesión y el apoyo mutuo. Este capital social actúa como un recurso protector de primer orden, asociado a menor soledad no deseada, mejor salud mental y menor deterioro funcional. No es un elemento accesorio: es una pieza estructural del ecosistema de cuidados, que complementa la acción de los servicios formales y contribuye a sostener la autonomía en el hogar.

Equipos profesionales domiciliarios
Cuando trabajan con enfoque ético –dignidad, autonomía, no maleficencia y justicia– se convierten en una pieza clave del bienestar psicosocial. Pero cuando están saturados o sin formación suficiente, pueden reproducir sin querer dinámicas de infantilización o negligencia.
Un enfoque ético para un envejecimiento digno en casa
A la luz de los modelos de decisión ética planteados por Frederic G. Reamer, Frank. M. Loewenberg y Ralph Dolgoff, el hogar debe abordarse como:
- Un espacio de derechos,
- Un sistema de relaciones,
- Un contexto de intervención,
- Y un lugar donde pueden surgir dilemas éticos.
Para garantizar bienestar, los sistemas de apoyo deberían:
- Respetar la voluntad de la persona.
- Eliminar incompatibilidades normativas que obligan a elegir entre servicios.
- Garantizar recursos suficientes (horas de atención social domiciliaria, flexibilidad y autoorganización en la atención, productos de apoyo y atención sanitaria domiciliaria preventiva además de paliativa).
- Reconocer y abordar el maltrato institucional por omisión, no solo el explícito.
- Incorporar a la comunidad como agente de cuidado.
- Formar a los y las profesionales en ética del cuidado.
- Escuchar de verdad la voz de la persona cuidada, integrándola en decisiones y planes de apoyo.
Conclusión
El hogar no es únicamente el contexto del envejecimiento: es el eje que articula autonomía, bienestar emocional e identidad. Cuando los apoyos funcionan, el hogar es el lugar donde la vejez se acompaña de calidad de vida. Cuando fallan, el hogar puede convertirse en un escenario de vulneraciones silenciosas que el sistema no siempre sabe detectar o puede abordar.
Poner el enfoque en los vínculos –familiares, comunitarios y profesionales– permite transformar el domicilio en un espacio de derechos y de sentido, donde las personas cuidadas puedan seguir siendo quienes son, con dignidad y con voz propia.


