A vueltas con las redes sociales y sus prohibiciones
Josep Moya OlléMartes 17 de febrero de 2026
5 minutos
Martes 17 de febrero de 2026
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El pasado día 3 de febrero, los medios de comunicación españoles difundieron la noticia en la que se explicaba que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, había lanzado ese día un paquete de cinco medidas con las que se pretende hacer frente a los abusos de las grandes plataformas digitales y garantizar un entorno digital seguro. El mensaje anunciado por el presidente del Gobierno fue lanzado en un escenario un tanto peculiar: el World Governments Summit en Dubái. En aquel marco, el Sr. Pedro Sánchez afirmó que “las redes sociales se han convertido en un Estado fallido, en el que se ignoran las leyes y se toleran los delitos”. Y, a continuación, aseguró que España prohibirá el acceso a las redes sociales a los menores de 16 años, obligando a las plataformas digitales a implementar sistemas efectivos de verificación de edad.
Esta medida se implementará, según fuentes del Ministerio de Transformación Digital y de la Función Pública, a través de una enmienda al proyecto de ley de protección de los menores en los entornos digitales, que está actualmente en tramitación en el Congreso. Así lo explicaba el diario El País, en su edición digital del 3 de febrero. El mismo diario añadía que la prohibición de las redes para menores de 16 años va en la línea de las directrices que marcó la Comisión Europea este verano, que ya están empezando a aplicar otros países de nuestro entorno, como Portugal o Francia.
Que el uso, a menudo abusivo, de las redes sociales y de internet en general implica riesgos para la salud de los menores es algo ya sabido. Así, el conocido neurocientífico Michel Desmurget ha señalado en su libro La fábrica de cretinos digitales (Desmurget, 2020), que a partir de los dos años de edad, los niños de los países occidentales se pasan casi tres horas diarias de media delante de las pantallas. Entre los 8 y los 12 años, la cifra asciende hasta alcanzar prácticamente las cuatro horas y cuarenta y cinco minutos. Y entre los 13 y los 18 años, el consumo llega a alcanzar casi las 6 horas y 45 minutos.
En España, un estudio realizado por la Fundación Orange en el año 2021 concluyó que el 84% de los adolescentes en España afirmaban que usaban mucho el móvil para no aburrirse; y utilizaban más las pantallas cuando estaban solos en casa. (Empantallados y GAD3, 2021). Resalto algunos puntos del estudio:
Resignación de los padres. Reconocen que la tecnología forma parte del mundo en el que han crecido sus hijos, y que hay que aprender a convivir con ellas de la mejor forma posible. Quieren hacer buen uso e integrarlas en su vida, pero a veces se sienten perdidos.
Elemento imprescindible para los adolescentes. Las pantallas se han convertido para ellos en algo irrenunciable. Han crecido con ellas y no conciben un mundo sin ellas. Seguramente por eso tienen más dificultades para ver el lado negativo que las pantallas pueden llegar a tener, en caso de no utilizarlas con responsabilidad.
Ciberacoso. Estar oculto tras la pantalla facilita que se digan cosas que quizá no se dijeran a la cara. El 23% de los adolescentes reconoce haber sido insultado por WhatsApp, y el 21%, en redes sociales. El 12% afirman haber sido testigos de un caso de acoso por medios cibernéticos.
Un informe de UNICEF, publicado en 2025, ha señalado que el 25% de los adolescentes en España declara haber sufrido acoso escolar, cerca del 10% ciberacoso, y uno de cada tres jóvenes con pareja reconoce haber vivido control o chantaje a través del móvil o las redes. Para el profesor Antonio Rial, de la Universidad de Santiago de Compostela, estas formas de violencia digital están cada vez más presentes en la vida cotidiana de los adolescentes.
Todos estos datos los podemos comprobar en las consultas de salud mental y de pediatría. Muchos niños y adolescentes explican no sólo el número de horas que pasan delante de las pantallas sino, y eso es más preocupante, los nuevos estilos relacionales que se están instaurando. Así, por citar un ejemplo, una adolescente de 16 años relató que su ex pareja había “colgado” en internet mensajes en los que la denigraba e insultaba. Ello sucedió a raíz de la ruptura de su relación amorosa. Su expareja no se había atrevido a plantearle sus quejas a la cara, en su lugar lo hizo a través de internet.
Sin embargo, el problema de las pantallas y de las redes sociales no es exclusivo de los niños y adolescentes. Así, por señalar algo que todos podemos comprobar y realizar a diario. Cuando entramos en un metro, un tren o un tranvía, lo habitual es que prácticamente todos los usuarios estén pegados a su móvil. Algunos lo utilizan para trabajar, enviar mensajes o leer la prensa. Otros invierten el tiempo del viaje para entregarse a los más variados videojuegos. En este marco social se puede afirmar que las pantallas y las redes sociales están sustituyendo a las conversaciones. ¿Se puede aventurar que la “conversación” es una especie en vías de extinción? No quiero ser apocalíptico pero los datos y lo que el día a día nos muestra no invitan al optimismo.
En este contexto, la psicóloga estadounidense Sherry Trukle publicó el año 2017 un ensayo, En defensa de la conversación, en el que escribe que admitimos libremente que nos gusta más enviar un mensaje o un correo electrónico que embarcarnos en una reunión cara a cara o incluso hacer una mera llamada telefónica. La autora nos dice que “cuando estamos plenamente presentes ante otro, aprendemos a escuchar. Es así como desarrollamos la capacidad de sentir empatía”.
Frente a todo este fenómeno social, ¿qué podemos aportar los mayores? Nosotros crecimos en entornos cara a cara, aprendimos a escuchar a nuestros padres y a nuestros maestros y maestras; y también aprendimos a escucharnos, a discutir, a debatir. Y, sí, a veces nos insultamos y nos agredimos, pero cara a cara. Y es que la agresión o la violencia cara a cara tienen unos efectos muy diferentes que cuando se practican a distancia, con una pantalla de por medio. Si el ciberacoso está propagándose a modo de epidemia es no solo por los artilugios de la tecnología, lo es también porque es un instrumento ideal para la cobardía y para la banalización de la maldad.
Eso es lo que los mayores podemos aportar y defender: la conversación cara a cara. Además, y esto es también muy relevante, la voz es un factor fundamental en las relaciones humanas. Cuando conversamos emitimos palabras con una determinada entonación, que matiza los contenidos, que hace que un mismo enunciado pueda ser emitido con ironía, con menosprecio o cariñosamente.
Decididamente, los mayores tenemos la responsabilidad de defender la conversación presencial, aunque de vez en cuando utilicemos el móvil para concertar un encuentro o pedir cita en el centro de salud.


