¿Por qué los trenes no llevan cinturón de seguridad?
No solo no es necesario, sino que puede resultar contraproducente
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Quien se sube a un coche, un autocar o un avión acepta de forma casi automática la obligación de abrocharse el cinturón de seguridad. Sin embargo, al viajar en tren —ya sea de cercanías, media distancia o alta velocidad— esa medida de protección brilla por su ausencia. La pregunta es recurrente tras cada accidente ferroviario: ¿por qué los trenes no llevan cinturones de seguridad?
La respuesta no es única, sino el resultado de una combinación de factores técnicos, físicos y de seguridad que hacen que, en el caso del ferrocarril, el cinturón no solo sea innecesario, sino potencialmente contraproducente.
En primer lugar, está la propia naturaleza del tren como medio de transporte. A diferencia de los coches o autobuses, los trenes circulan sobre vías exclusivas, sin cruces directos con otros vehículos, peatones o semáforos. Esto reduce drásticamente el riesgo de colisiones frontales o laterales, que son precisamente las situaciones en las que el cinturón resulta más decisivo. Además, el tren es, estadísticamente, uno de los medios de transporte más seguros del mundo.
Buenas tardes, Fernando. Los trenes no llevan cinturón de seguridad porque la normativa internacional lo desaconseja. Puede ser más peligroso llevarlos que no llevarlos. Un saludo.
— Renfe (@Renfe) June 20, 2024
El segundo factor clave es la dinámica de los accidentes ferroviarios. En caso de descarrilamiento o impacto, las fuerzas que actúan sobre los vagones y los pasajeros son muy diferentes a las de un coche. Los asientos están diseñados para absorber energía y, en muchos casos, se colocan enfrentados o alineados de forma que el propio respaldo actúa como elemento de protección. Este principio, conocido como seguridad pasiva, busca que el cuerpo se desacelere progresivamente sin quedar rígidamente anclado a un punto, como ocurriría con un cinturón.
Esta forma de frenado evita que los pasajeros salgan despedidos hacia delante, que es precisamente el riesgo principal que el cinturón de seguridad trata de evitar en los coches. En un tren, ese tipo de impacto frontal violento es mucho menos probable. Por este motivo, el cinturón no solo no es necesario, sino que puede resultar contraproducente.
Precisamente ahí entra el tercer argumento: el riesgo de lesiones añadidas. En un descarrilamiento, el tren puede volcar, deslizarse o deformarse. Un pasajero sujeto por un cinturón podría sufrir graves lesiones internas, cervicales o quedar atrapado si el vagón se deforma o se produce un incendio. La posibilidad de evacuar con rapidez es esencial, y un sistema de cinturones generalizado podría retrasar o dificultar esa evacuación, especialmente en trenes con alta ocupación.

También hay razones operativas y de diseño. Los trenes permiten libertad de movimiento: los pasajeros caminan por los pasillos, van a la cafetería o al baño, y en cercanías muchos viajan de pie. Instalar cinturones implicaría replantear por completo el interior de los vagones y exigir que los viajeros permanezcan sentados durante todo el trayecto, algo incompatible con el servicio ferroviario tal y como se concibe hoy.
Por último, están las normativas internacionales de seguridad ferroviaria, que priorizan otros sistemas: control automático de velocidad, señalización avanzada, materiales ignífugos, estructuras deformables y protocolos de emergencia. Estos elementos han demostrado ser más eficaces para reducir víctimas que la incorporación de cinturones.
En definitiva, la ausencia de cinturones en los trenes no es un descuido, sino una decisión basada en décadas de estudios y experiencia. En el ferrocarril, la seguridad no se centra en sujetar al pasajero, sino en evitar el accidente y, si ocurre, permitir que el cuerpo y el espacio reaccionen de la forma menos lesiva posible.



