Miriam Gómez Sanz
Teatro
Una obra recrea cómo era el rural castellano de los años 50 gracias a los testimonios de los mayores
'Alguno quedaremos' revive tradiciones, canciones y recuerdos en Valdespina (Palencia)
En Valdespina, un pueblo palentino de apenas 96 habitantes, un grupo de amigos de entre 18 y 22 años se reúne en torno a un texto escrito hace más de dos décadas y guardado durante largo tiempo en un cajón. Han pasado dos veranos desde que decidieron devolverlo a escena, al lugar que parecía estar esperándolo. Entre dos cuestas y con ese clima recio que forja carácter, el pueblo vuelve a encontrarse alrededor de una historia que suena familiar.
"Esta obra de teatro la creó mi madre, Eva María Diez, junto con unos primos suyos y otras personas del pueblo", explica Clara Guerra, actriz e impulsora de la reposición de Alguno quedaremos. Su voz mezcla orgullo y respeto por quienes la concibieron en 2001: seis vecinos que se dedicaron a preguntar a los mayores "cómo vivieron la posguerra, cómo se hacían las matanzas, los quesos o el pan, cómo se ligaba en el baile, cómo era la vida cuando no había agua corriente en las caras…".
La propuesta se estrenó aquel año y comenzó a girar por la provincia. "Tuvo mucho éxito y estuvieron como por 50 pueblos, más o menos, de Palencia y alguno de Valladolid", recuerda Guerra. Después llegaron los hijos, las responsabilidades y, en 2013, una última representación a modo de despedida. Ella era muy pequeña, pero cuenta que ahí se quedaron "con la copla".

Lo cotidiano también es cultura
"A raíz de esas historias que les contaron los mayores por aquel entonces, ellos escribieron una historia totalmente ficticia de líos amorosos", resume Guerra. La acción se sitúa a finales de los años cincuenta. Marcial vuelve de la mili y descubre que el pueblo ha cambiado. Muchos jóvenes se marchan o se plantean hacerlo, el amor se complica, los vínculos se tensan y los sueños se recomponen.
Entre escena y escena, el montaje se detiene para explicar oficios y costumbres, tal y como se los contaron "de boca a boca" los mayores. La función se inspira en una obra de José R. Fernández, Yolanda Pallín y Javier G. Yagüe: "Mi madre estuvo viviendo en Madrid y vio Las manos, en la que también iban intercalando escenas y explicaciones de trabajos manuales que ya no se practican".
En esos intermedios afloran hábitos que daban un movimiento especial a Valdespina: el ir y venir a la fuente con el botijo; las mujeres lavando en el arroyo con sus baldes y canteros de jabón; el pan amasado en la artesa y cocido en el horno; o el chiflito del afilador que anunciaba su llegada desde Galicia. Las tardes de Rosario marcaban el calendario tanto como la cosecha o los bailes interminables por San Isidro Labrador.
En el centro de la función, los actores entonan una canción que muchos reconocen: Esta noche ha llovido, mañana hay barro. El cierre llega con otra pieza que una de las actrices cantaba en la escuela, dedicada "a Castilla, a lo castellano y a nuestra cultura", según define Guerra.
"Todo está ambientado en mi pueblo, pero podría ser básicamente cualquier pueblo de Castilla donde el principal sector sea la agricultura", apunta la actriz. "En otros más mineros igual no se sienten tan identificados. Es sobre todo la cultura de pueblos con agricultura y ganadería".

"A los mayores les gusta mucho"
Desde que supieron de la existencia de la obra, el runrún de retomarla estuvo siempre presente. Hasta que, en 2023, por fin dieron el paso: "Oye, ¿por qué no la hacemos este verano ya? Sin darle más vueltas".
Así comenzaron los ensayos Alonso y Clara Guerra, Mario Martínez, Jimena e Inés Diez y Raquel Acosta. El grupo toma el relevo de la antigua compañía "El Arambol de la Comedia", nombre que remite al pequeño escenario con escaleras y barandilla –arambol en Palencia y Valladolid– del salón de actividades de Valdespina donde solían ensayar.
La reposición se estrenó en casa. "Primero en mi pueblo, con esa idea de que justo diez años después los chavales la vuelvan a retomar. Y ya nos han ido llamando hasta ahora". Lo que nació sin objetivos claros suma ya muchas funciones –cuatro estas Navidades–, en diez municipios distintos.
"Es muy bonito porque a los mayores les gusta mucho, se suelen emocionar porque les recuerda mucho a su vida", cuenta Guerra. "Y a los niños también les gusta porque, al final, les estás contando de dónde vienen, que las cosas que tenemos ahora no han venido de la nada". Para ella, la obra "tiene un mensaje muy potente y también muy regionalista de nuestra tierra".

Un proyecto que cuida lo común
"El Arambol de la Comedia" reserva un porcentaje de cada función para la asociación cultural La Torre de Valdespina. Los fondos se destinarán al proyecto de restauración de la torre de la iglesia románica de San Esteban, derrumbada en 2012.
Ese espíritu encaja con la identidad misma de Alguno quedaremos. Guerra insiste en que es un trabajo en equipo de varias generaciones, primero la de su madre y ahora la suya: "Es algo muy coral, es algo muy de todos".
No son profesionales –solo Eva María Diez estudió arte dramático–, pero lo asumen como un compromiso cultural y afectivo: "Os lo presentamos con humildad y con mucha ilusión, tratando de dar la dignidad que el teatro se merece en el pueblo y el pueblo en el teatro".
No es cosa menor. En aquella Castilla que a veces se retrata como yerma de ocio y juventud, que un grupo de "chavales" se reúna para ensayar, aprender los textos y escuchar a los mayores logra algo que no se puede ni debe medir en términos productivos. Sin grandes medios ni pretensiones, generan comunidad y transmiten cultura. En Valdespina, el teatro vuelve a ser un lugar para verse, reconocerse y seguir contando la propia historia.


