No hace mucho, hablando con un importante personaje, dialogante, humana, cultural y políticamente, se quejaba que lo habían desalojado de su sillón de cuero cuando nombraron superior orgánico suyo a una persona del partido opositor. ¿Qué hicisteis vosotros cuando fuisteis los ganadores? Es verdad, hicimos igual.

El fondo de esta introducción es aplicable a todos y en todos los tiempos. Que España es una democracia imperfecta, lo sabemos quienes tenemos una cierta edad y conocimos la etapa franquista a partir de los años cincuenta y la democracia a partir de la Transición. En la primera, chupaban del botín del Estado unas cien personas por provincia, cinco mil en toda España; en la segunda, actual, unas cinco mil por provincia, doscientas cincuenta mil en el total de España. Y en esa cifra incluyo únicamente a los que han conseguido una solvencia muy importante sin contraprestación adecuada a su esfuerzo y su trabajo.

Antes, para chupar, había que ser franquista y falangista; ahora, todos los puestos de chupeteo están copados por los afiliados, amigos y concubinas del partido de turno en el poder; con la democracia creíamos que el tema cambiaría, pero ha sido igual, o peor, pues hay bastantes más corruptos, en número e importe, que en la etapa anterior; y hasta los últimos llegados, esos que traían debajo del brazo la revolución de la casta, la honradez y la incorruptibilidad de los Intocables de la Ley Seca, decían, han colocado inmediatamente a familiares, padres, novias, parejas y resto de adláteres fieles a su régimen.  

Quién está en el poder, sea quien sea, coloca a los suyos, provocando lo que viene en llamarse desencanto de la democracia. La diferencia está en que el “fresco general venido del norte” se dedicó a hacer pantanos y cuatro millones de viviendas sociales, y ahora la izquierda ahoga a los que producen los bienes, para pagar y tener contentos a quienes no producen nada, o muy poco, que son los que los votan, y a ciertos camellos comunicadores que distribuyen la droga comunista leninista en sus medios. 

El Catón de una democracia, además de Catón el Viejo y Catón El Joven, era el nombre del libro en el que los de mi generación aprendimos las primeras letras, es la división de poderes, que consiste en la separación de las distintas atribuciones de un gobierno, que eviten el abuso de autoridad por parte de funcionarios públicos. Desarrollado a partir de la revolución francesa, establece tres poderes: el poder legislativo, el poder ejecutivo y el poder judicial. Cada uno de estos poderes tiene autonomía y ejerce algún tipo de control sobre los otros.

La izquierda, históricamente, es intervencionista y quiere tener todo controlado. Después de indultar a los políticos presos condenados por el procés catalán, se entiende perfectamente aquello que le dijo Pedro Sánchez a Oriol Junqueras: “Tenemos que hablar” – “No te preocupes”.

Es evidente que en España hay que cambiar muchas cosas, entre ellas, que el poder político o legislativo no intervenga en el nombramiento de los poderes judiciales (jueces y fiscales), que sean nombrados y removidos por ellos mismos, con total y absoluta independencia de los políticos.

Porque esta es la España de los más ADICTOS y no de los más APTOS. Si una persona es un magnífico profesional, ¿qué más da del partido político que sea? Hablo de cualquier persona: catedrático de universidad, cirujano, director de empresa, pintor, escritor, director de escuela, jardinero o encofrador. 

Ninguna empresa, ni ningún país, puede avanzar y ser triunfador, si pone a los menos preparados, aunque sean muy adictos, y soslaya a los más aptos. Y en España, salvo excepciones, el que no está preparado para liderar una empresa privada o para ganarse dignamente en ella el sustento de su familia, hace de la política su profesión de mediocres y adictos.

Sobre el autor:

Antonio Campos

Antonio Campos

Antonio Campos nació en Ciudad Real, en la España del queso amarillo y la leche en polvo de los americanos. Licenciado en Económicas, Diplomado en Humanidades, PDG por el IESE. 

Ha trabajado durante muchos años en un importante grupo multinacional del sector financiero, al que reconoce estar agradecido por haberle dado la oportunidad de desarrollarse profesional, académica, personal y humanamente. 

Conseguida cierta estabilidad profesional y dineraria, volvió a su verdadera pasión de juventud, escribir; desde entonces, han sido cuatro libros y unos dos mil artículos de opinión, económica y política, publicados en diferentes medios de comunicación, pretendiendo conjugar la libertad individual o personal (el progresismo) con la libertad económica (el conservadurismo), elogiando las ideas y no las ideologías.

Y lo hace, dice, pretendidamente independiente, ideológica y socialmente, con la libertad de quien tiene libre el tiempo, el pensamiento y la palabra.

… saber más sobre el autor