Lo que cobran los jubilados en Europa: de los 300 euros de Bulgaria a los 3.000 de Dinamarca

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¿Perdido ante la jubilación? Guía de las pensiones contributivas y no contributivas en 2024 (Europa Press) Miia

Dos países. La misma Unión Europea. El mismo año de jubilación. Y sin embargo, uno cobra 2.800 euros al mes y el otro, 380. No es un error. No es una excepción. Es el mapa real de las pensiones en Europa, y conviene conocerlo.

Más de 100 millones de personas mayores de 65 años viven en la UE. Para la gran mayoría, la pensión no es un complemento: es el ingreso. El único. El que determina si uno puede pagar la calefacción en enero o si tiene que elegir entre el médico y la compra. Entender cómo funciona ese sistema no es un ejercicio académico. Es una cuestión de supervivencia cotidiana.

Bismarck o Beveridge: el origen lo explica casi todo

Hay dos maneras de entender una pensión. La primera dice: cobras lo que has cotizado. La segunda dice: cobras porque eres ciudadano.

La primera la diseñó Otto von Bismarck en la Alemania del siglo XIX. No por generosidad, sino por estrategia política: dar a los trabajadores algo que perder evitaba que se sumaran a la revolución. Nació así el modelo contributivo, el que rige hoy en España, Francia, Italia, Alemania, Portugal, Polonia, Grecia y más de veinte países de la UE. La pensión es proporcional al salario y a los años cotizados. El sistema premia las carreras largas y castiga las intermitentes.

La segunda la articuló William Beveridge en el Londres de 1942, en plena guerra, cuando alguien tuvo que imaginar qué sociedad reconstruir después. Su respuesta fue radical: una pensión básica igual para todos, financiada con impuestos, independiente de la trayectoria laboral. La aplican Dinamarca, Irlanda, los Países Bajos y Malta. No importa si fuiste directivo o camarero: la base es la misma. Lo que diferencia a los jubilados de estos países es lo que han acumulado en sus fondos de pensiones de empresa. Y ahí, como veremos, está la clave real de sus altas prestaciones.

Ningún sistema es puro hoy. Los países contributivos han añadido pensiones mínimas para quien no llega. Los universales han construido potentes segundos pilares para quien quiere más. Pero la filosofía de origen sigue pesando. Y mucho.

Los números: del récord danés al drama búlgaro

Digámoslo sin rodeos. En el extremo alto, Dinamarca supera los 2.800 euros mensuales de pensión media bruta. Luxemburgo ronda los 2.500. Los Países Bajos, 2.400. Austria, 2.100. Son países con décadas de solidez fiscal, mercados laborales formalizados y, en los casos nórdicos, sistemas de pensiones de empresa que funcionan de verdad.

En la franja media encontramos a Finlandia (1.700 €), Suecia (1.600 €), Francia (1.500 €), Alemania (1.400 €) y Bélgica (1.300 €). Y ahí, en esa misma franja, está España: 1.370 euros brutos mensuales según los datos del INSS para 2026. Una posición aparentemente modesta que esconde, sin embargo, un dato llamativo: nuestra tasa de sustitución —el porcentaje del último salario que representa la pensión— ronda el 73%, una de las más altas de Europa. Alemania apenas llega al 50%. Dinamarca, al 54%. En España la pensión cubre bien el salario previo. El problema es que ese salario, con demasiada frecuencia, no era muy alto.

En el extremo bajo, Bulgaria (380 €), Rumanía (420 €), Hungría (430 €) y Polonia (600 €). Países con sistemas jóvenes, economías en desarrollo y una deuda pendiente con sus mayores que los datos hacen difícil disimular.

Para cobrarla, primero hay que ganársela

Los requisitos de acceso varían, pero la lógica subyacente es común a casi todos los sistemas. Tres condiciones básicas.

Primera: cotizar los años suficientes. En España, 15 años es el mínimo para tener derecho a algo. Para cobrar el 100% de la base reguladora hacen falta 36 años y 6 meses. En Alemania, el mínimo es de solo 5 años, pero la pensión completa exige 45. En Italia, 20 años de cotización mínima. En los Países Bajos el mecanismo es diferente: cada año de residencia genera el 2% de la pensión máxima. Cincuenta años viviendo allí. Pensión completa. Sin más preguntas.

Segunda: alcanzar la edad legal. La tendencia en Europa es inequívoca: todo sube. Alemania, Grecia, los Países Bajos e Irlanda ya están en los 67 años o en camino. España está en los 66 años y 7 meses en 2024, con proyección de llegar a los 67 en 2027. Francia aprobó en 2023, con meses de protestas en la calle, elevar la edad a los 64. Dinamarca y Finlandia han ido más lejos: han vinculado la edad de jubilación a la esperanza de vida mediante un mecanismo automático. Si vivimos más, trabajamos más. Sin votación. Sin debate. El algoritmo decide.

Tercera: si se quiere anticipar, se paga. En España, jubilarse a los 63 años supone un descuento de entre el 1,56% y el 1,875% por cada trimestre anticipado. En Alemania, un 3,6% por año. Luxemburgo permite jubilarse a los 57 con 40 años cotizados. Una generosidad que sus vecinos europeos miran con una mezcla de envidia y perplejidad.

El segundo pilar: la asignatura pendiente de España

Sabemos lo que nos diferencia de los daneses o los neerlandeses. No es solo la cuantía de la pensión pública. Es lo que hay debajo.

En Dinamarca, los Países Bajos y Suecia, los trabajadores cotizan de forma obligatoria —o casi— a fondos de pensiones profesionales gestionados colectivamente. Al jubilarse, esos fondos añaden entre 600 y 1.200 euros mensuales a la pensión pública. Eso es lo que explica que un jubilado de Ámsterdam pueda vivir con holgura. No tiene un sistema público más generoso. Tiene un segundo pilar que funciona.

En España, ese segundo pilar es raquítico. Solo el 25-30% de los trabajadores tiene algún plan de pensiones de empresa, y las aportaciones son modestas. La Ley de Planes de Pensiones de Empleo de 2022 intenta corregirlo. Pero los cambios estructurales no se producen en una legislatura. Un trabajador español que dependa únicamente de su pensión pública está, frente a sus homólogos del norte de Europa, jugando con menos cartas. No porque el sistema sea malo. Sino porque está incompleto.

Lo que viene

En 2070, según la Comisión Europea, habrá menos de dos personas trabajando por cada jubilado en Europa. Hoy son tres. Ese cambio no es una proyección abstracta. Es el contexto en el que se están aprobando —o intentando aprobar— todas las reformas de pensiones del continente.

El guion es predecible: más edad, menos anticipación, mecanismos automáticos de ajuste, más ahorro privado complementario. Medidas técnicamente sensatas. Políticamente, las más difíciles de vender a quien lleva cuarenta años cotizando con la expectativa de cobrar lo prometido.

Porque las pensiones no son una variable macroeconómica. Son un contrato. El que una sociedad firma con quienes la construyeron. Y ese contrato, en Europa, se está renegociando. Con distinta urgencia, con distinta valentía, con distinto coste político en cada país. Pero en todos, con la misma tensión de fondo: lo que se prometió y lo que se puede pagar.