Emigrantes y mayores
Dice mi mujer Teresa que una noticia mata a otra, sin tiempo para seguir un tema con verdadera profundidad ni con suficientes conocimientos como para hablar de él con verdadero criterio. La actualidad nos devora. Casi todo se trata con cierta superficialidad.
Ahora la noticia son las elecciones de Andalucía, que han tapado un reciente brote de hantavirus vinculado a un crucero, la salida de Griezmann del Atlético de Madrid y, ahora también, el caso Zapatero.
Hay una palabra relativamente nueva que me confunde: migrante. Siempre hemos utilizado emigrante e inmigrante. Según los expertos, todas son formas válidas y correctas para referirse, con matices, a una persona que deja un lugar para establecerse en otro. No es exactamente lo mismo que hablar de un refugiado, cuando nos referimos a la persona que huye de una guerra o de una persecución política y busca refugio o asilo fuera de su país.
Según una estimación de Funcas, el número de extranjeros en situación administrativa irregular en España podría haber alcanzado los 840.000 a comienzos de 2025. Es una cifra enorme, que obliga a pensar. ¿A quién ha favorecido esta situación? ¿A los mayores? ¿A algunos empresarios? ¿A una economía que necesita mano de obra, pero que muchas veces mira hacia otro lado?
Sabemos que España es la frontera sur de Europa y que muchas de las personas que llegan de forma irregular a España, Italia o Grecia aspiran a quedarse en estos países, principalmente en España, para trabajar de lo que sea.
Respecto al perfil migratorio, aunque Marruecos sigue siendo el principal país de origen, con 1.165.955 residentes, el dinamismo actual está liderado por los flujos procedentes de Iberoamérica. Durante 2024, los incrementos más significativos correspondieron a personas nacidas en Colombia, con 121.425 más, y en Venezuela, con 92.547 más. Por el contrario, grupos históricos como el rumano, el británico o el ucraniano han experimentado retrocesos en sus cifras de residentes.
En una conversación con amigos surgió el tema de Canarias y de los emigrantes en nuestro país. No es nada fácil hablar de las bondades y beneficios de los migrantes que viven entre nosotros. Nos centramos en las familias y nos preguntamos: ¿cuántos de nuestros mayores son atendidos en casa o en residencias por personas rumanas, colombianas, ecuatorianas o peruanas? ¿Cuántas de estas personas ayudan o limpian en nuestras casas? ¿Quién lleva a nuestros nietos al colegio en las ciudades?
Y en otros ámbitos: ¿quién trabaja en la fruta de nuestros campos? ¿Quién hace esos trabajos que muchos españoles ya no quieren hacer?
Recuerdo a un amigo que se marchó a Canadá y las pasó putas hasta que encontró trabajo limpiando un campo de golf. A nuestra edad, ¿quién no ha tenido o tiene un familiar o un amigo trabajando en Alemania, Suiza, Países Bajos o Australia?
Qué frágil es nuestra memoria.
Un partido político canta “Prioridad nacional” en las recientes elecciones de Andalucía. Como si aquí no faltara nada.
Abrimos el debate: emigrantes y mayores.
