La deuda sube, las pensiones no: Portugal atrapa a mayores entre la austeridad fiscal y la miseria
Portugal cierra el segundo trimestre de 2026 con una deuda pública del 92,9% del PIB
Hay una aritmética que los ministerios de finanzas manejan con soltura y que los jubilados padecen en silencio. Esta semana, el Banco de Portugal ha revelado que la deuda pública en criterio de Maastricht ascendió al 92,9% del PIB en el segundo trimestre de 2026, un repunte de 1,9 puntos porcentuales respecto al trimestre anterior. El dato, que en circunstancias normales habría desatado titulares alarmistas, fue rápidamente matizado por el Ministerio de Finanzas de Miranda Sarmento: el aumento se debe a la acumulación de depósitos para amortizaciones programadas y, descontados esos depósitos, la deuda neta habría bajado 1.300 millones, hasta los 262.500 millones de euros. El Gobierno mantiene su previsión de cerrar el año en el 87,5% del PIB. Todo bajo control, dicen las hojas de cálculo.
Pero hay otro Portugal que no aparece en los informes trimestrales del banco central. Es el país donde cerca de la mitad de los pensionistas cobra menos de 500 euros mensuales. Donde el cabaz alimentar —la cesta básica de la compra— se cifra en unos 260 euros, lo que deja a un jubilado con pensión mínima apenas 240 euros para pagar luz, agua, gas, medicamentos y techo. En ese Portugal, la disciplina fiscal no es un objetivo macroeconómico: es una sentencia que se cumple cada día frente al mostrador de la farmacia, cuando hay que elegir entre el medicamento para la tensión y el del colesterol porque el bolsillo no da para ambos.
La CDU —la coalición del PCP y los Verdes— ha vuelto a poner sobre la mesa una exigencia que ya planteó en legislaturas anteriores: un aumento intercalar de las pensiones de al menos 50 euros por pensionista, aplicable desde el 1 de julio. La propuesta no es nueva, pero su urgencia sí lo es. Entre 2017 y 2021, recuerdan, se consiguieron aumentos extraordinarios consecutivos de entre 34 y 50 euros para más de 1,6 millones de reformados. Desde entonces, la inflación acumulada y la escalada del coste de vida —agravada por las guerras en Ucrania y Oriente Próximo y su impacto sobre la energía— han devorado aquel avance. Los pensionistas portugueses no están mejor que hace cinco años; muchos están peor.
El Gobierno de Montenegro, sin embargo, parece más interesado en cuadrar el balance fiscal que en atender esa sangría silenciosa. Y tiene sus razones: Portugal necesita reducir su deuda para cumplir con las nuevas reglas fiscales europeas, y el margen de maniobra no es infinito. Pero la pregunta incómoda persiste: ¿puede un país que acumula 31.400 millones de euros en depósitos de las Administraciones Públicas —un colchón de liquidez sin precedentes— alegar simultáneamente que no hay dinero para subir 50 euros la pensión a quienes no llegan a fin de mes? La contradicción no es solo aritmética; es moral.

A esta fotografía fiscal se superpone otra crisis que golpea con especial saña a los mayores: la vivienda. Según el Barómetro de Imovirtual publicado en mayo de 2026, el precio medio de compra de una vivienda en Portugal alcanza ya los 430.500 euros. Una cifra que resulta marciana para cualquier jubilado, pero que también asfixia a quienes intentan alquilar: en Lisboa, un piso de un dormitorio ronda los 1.200-1.800 euros mensuales, más del doble de la pensión media. El Gobierno ha puesto en marcha garantías públicas para que los jóvenes menores de 35 años accedan al crédito hipotecario con financiación del 100%, pero el FMI ya ha advertido que esas medidas están inflando los precios aún más. Mientras tanto, para los mayores propietarios de su vivienda, la revalorización teórica de su patrimonio inmobiliario no alivia en nada la carga de los gastos corrientes. Y para quienes alquilan, el mercado se ha convertido en un depredador sin compasión.
Para un lector español, este panorama resulta inquietantemente familiar. También en España las pensiones mínimas rozan el umbral de la pobreza relativa. También aquí la vivienda se ha convertido en la gran fractura social, con jubilados que en las grandes ciudades destinan un porcentaje creciente de su pensión al alquiler o a los gastos de comunidad y suministros de pisos que compraron hace décadas. La diferencia es que España cuenta, al menos, con un mecanismo de revalorización automática de las pensiones vinculado al IPC que, con todas sus insuficiencias, garantiza que el poder adquisitivo no se erosione de forma tan dramática. Portugal carece de ese automatismo: sus aumentos dependen de la voluntad política del gobierno de turno. Y cuando esa voluntad se subordina a la ortodoxia fiscal, los pensionistas son siempre los primeros en pagar la factura.
El salario mínimo portugués ha subido hasta los 920 euros brutos en 2026, un avance notable. Pero ese mismo dato subraya otra paradoja: hay pensionistas que, tras cuarenta años de cotizaciones, cobran menos que un trabajador en su primer empleo con salario mínimo. La indignidad no está en que el salario mínimo suba —debería subir más—, sino en que las pensiones contributivas no reflejen proporcionalmente el esfuerzo de toda una vida laboral. Cuando un país paga mejor a quien empieza a trabajar que a quien ya ha terminado, el mensaje implícito es devastador: tu trabajo ya no vale nada; tu vejez, menos.
Portugal tiene hoy la oportunidad —y la obligación— de demostrar que la responsabilidad fiscal no es incompatible con la justicia social. Que reducir deuda y dignificar pensiones no son objetivos mutuamente excluyentes. Que los 31.400 millones en depósitos públicos pueden servir para algo más que para impresionar a las agencias de calificación. Pero para eso hace falta algo que escasea tanto en Lisboa como en Madrid: voluntad política de mirar a los ojos a quienes construyeron el país y decirles que su vejez importa tanto como el diferencial de la prima de riesgo. Mientras esa mirada no llegue, las hojas de cálculo seguirán cuadrando y las despensas seguirán vacías. Y eso, en una democracia europea del siglo XXI, debería ser motivo de vergüenza colectiva.
