José Antonio Herce
Opinión

Riesgos y oportunidades de la longevidad actual (II)

José Antonio Herce
José Antonio Herce: Riesgos y oportunidades de la longevidad actual (II)
José Antonio Herce (@_Herce) es economista y socio fundador de LoRIS (Longevity & Retirement Income Solutions). Miembro del Foro de Expertos del Instituto Santalucía (@santalucia_inst)

Si el término “abundancia”, utilizado en la tribuna anterior, fuese el que caracteriza a la demografía actual, ¿qué es lo que estaríamos percibiendo mal? En los países avanzados no hay exceso de nacimientos, desde luego en el caso español. Y una demografía “vibrante” nunca se ha caracterizado por un estancamiento de la natalidad (dejemos la inmigración aparte). De hecho, muchos análisis actuales continúan comparando la demografía en sociedades en vías de desarrollo o emergentes con la de las sociedades avanzadas destacando el “bonus demográfico” que la abundancia de individuos jóvenes aporta a las primeras. Una población con amplias cohortes de edades jóvenes parece ser una bendición. Pues ni el exceso de cohortes jóvenes es un “bonus” ni el exceso de cohortes de edades avanzadas es un “malus”... necesariamente.

¿No les resulta paradójico observar cómo, en muchos países emergentes y en desarrollo, de los que se dice disfrutan de un amplio bonus demográfico, los jóvenes transitan por un sistema educativo muy precario hasta que desembocan en un mercado de trabajo que les rechaza masivamente? ¿No creen que esa no es la manera de aprovechar esa pretendida ventaja demográfica? Claro que es paradójico y llama la atención, cuando no escandaliza, el despilfarro enorme de potencial humano productivo que esa situación impone a las sociedades que lo sufren. El dividendo de una población joven no necesariamente se llega a cobrar porque muchos de los países en los que la población es relativamente joven carecen de estructuras y políticas para formar a sus jóvenes e integrarlos en su aparato productivo para el bien de todos, empezando por el de estas cohortes más jóvenes. Sin ir más lejos, en España, encontramos regiones en las que todavía subsiste una cierta “ventaja demográfica”, con cohortes de población joven más abundantes que en las regiones envejecidas y en las que, sin embargo, se arrastran de manera secular tasas de paro juvenil desproporcionadas.

Integrar activa y productivamente al trabajador sénior

Casi lo mismo que con el desperdicio del recurso humano en sociedades jóvenes sucede con el exceso de cohortes de edades avanzadas que empieza a acumularse en las sociedades desarrolladas. Dada la calidad de vida con la que muchas personas superan ampliamente su edad de jubilación actual, en estas sociedades, es igualmente paradójico que no haya instituciones y políticas laborales cuidadosamente diseñadas de integrar más activa y productivamente a los trabajadores de edades avanzadas que deseen seguir formando parte de la fuerza de trabajo. Por el contrario, la cultura laboral, más concretamente en el caso español (tanto la de los empleadores como la de los empleados), y hasta la normativa reciente, siguen presionando al trabajador a jubilarse por completo, con el consiguiente despilfarro de experiencia, capital humano, rentas salariales e impuestos y cotizaciones y el no menos inmediato impacto en el gasto en pensiones.

Cada punto de desempleo en España, que afecta a unos 230.000 trabajadores, representa la pérdida de casi 6 millardos de euros (al salario bruto medio de 2019), 2 millardos de euros por cotizaciones sociales, otros 8 millardos por excedente de explotación (lo que suma 16 millardos de PIB) y una merma de recaudación por impuestos generales de 6,5 millardos de euros. Adicionalmente, las prestaciones por desempleo (incluidas las cotizaciones de los desempleados, contando solo con los beneficiarios protegidos, la mitad de los parados) reclaman de los Presupuestos públicos otros 1,5 millardos de euros. Puede pensarse que el apoyo a los parados con prestaciones regulares y de cara a su jubilación compensa (solo) en parte la caída de la demanda que supone el desempleo, pero repárese en la ingente pérdida neta de valor que supone este grave problema laboral y, por otra parte, téngase en cuenta que los recursos para financiar estas prestaciones deben detraerse de otros usos, quizá más productivos, y/o generarse vía endeudamiento del país.

Impacto del desempleo

El desempleo no es un fenómeno demográfico, por supuesto, pero el ejemplo anterior brinda un benchmark cercano y fácilmente entendible por todos contra el que valorar la catástrofe económica que supone descartar cohortes enteras de trabajadores a medida que estas se acercan a la edad de jubilación. Seguramente, nunca ha existido una situación histórica en la que los trabajadores hubiesen llegado masivamente al momento exacto de su jubilación a la edad legal puntual. Más bien, lo que sucede es que las tasas de actividad laboral comienzan a descender más o menos pronunciadamente bastante antes de la edad de referencia de la jubilación para hacerse virtualmente nulas inmediatamente después de dicha edad. Las posibilidades de jubilarse anticipadamente, mediante una figura legal, son limitadas por lo que debe admitirse que muchos trabajadores ya formalmente inactivos alrededor de los 60 años, voluntariamente o forzados por las condiciones del mercado de trabajo, encuentran la manera de subsistir mediante prestaciones de desempleo, compensaciones de sus empresas tras su “prejubilación”, ahorros, etc. hasta que pueden acceder a la jubilación anticipada.

La longevidad tampoco es un fenómeno estrictamente demográfico, sino el resultado de la mezcla de muchos factores complejos para determinar que vivamos vidas cada vez más largas y que tiene profundas consecuencias demográficas y mucho más allá de la demografía. Por cada año en el que aumenta la esperanza de vida sin que se ajuste la edad de jubilación, la sociedad deja de generar un enorme valor y carga por partida doble las cuentas de su sistema de pensiones.

Enorme coste anual en jubilaciones anticipadas

En 2019 se jubilaron 303.000 trabajadores con una edad media algo superior a los 64 años, inferior a los 65 años y 8 meses en los que se situaba entonces la edad legal. El coste anual de estas jubilaciones a la pensión media de las nuevas altas en ese año (1.346 euros por mes por 14 pagas) era de 5,7 millardos de euros. Las cohortes que se jubilaban incorporaban ganancias de vida respecto a las precedentes que, en lo que va de siglo, equivalían a 2 meses al año (Tablas de Mortalidad del INE). Así viene siendo cada año y así seguirá siéndolo a pesar de la pandemia, pues las caídas estimadas en la esperanza de vida (al nacer, de más de nueve meses en el caso español) por esta causa se absorberán en poco tiempo, como sucedió con la “gripe española”. Hasta que los avances que se esperan en al ámbito del “anti-ageing” aceleren incluso la expansión lineal de la duración de la vida que actualmente estamos experimentando. Aubrey de Grey, gerontólogo y biomédico angloamericano basado en California, suele decir que “la persona que ha de vivir 1.000 años ha nacido ya”.

El “dividendo de la longevidad” no se está materializando en los países avanzados por la misma razón por la que el dividendo de la natalidad tampoco se materializa en muchos países emergentes y en desarrollo: porque no se encuentran soluciones productivas para aprovechar, respectivamente, las vidas más largas de los trabajadores ni el mayor número de trabajadores jóvenes. La población cae y por ello un “tipo de interés biológico” definido sobre el número de trabajadores potenciales sería negativo. Pero si lo definiésemos sobre vidas laborales más largas (que aumentasen) sería positivo. Para ello, naturalmente, habría que lograr que una parte de las ganancias de vida después de los 65 años se destinase a la actividad productiva en vez de a la jubilación.

La edad de jubilación se está adaptando muy lentamente en todo el mundo a pesar del rápido avance de la longevidad. Raro era el país que al inicio del S. XXI estaba ya ajustándola, e igual de raro son los que tengan ya a la vista los 68 años en su normativa. Conviene recordar que la edad de jubilación era ya de 65 años en 1900, cuando la esperanza de vida (al nacer, unisex) superaba los 40 años solo en un puñado de países. Hoy, este indicador biométrico, supera los 80 años en casi todos los países avanzados. Llevamos pues un enorme retraso, se mida como se mida este retraso.

Debilidades y fortalezas de la longevidad

La longevidad, como he analizado, conlleva riesgos y oportunidades, pero, siendo “factores externos” (en el plano estratégico), ni unos ni otros se expresan con la misma intensidad si los sujetos, organizaciones o sociedades que los experimentan exhiben una u otra situación interna en términos del balance de debilidades y fortalezas que tienen definidas.

El cuadro siguiente muestra de manera muy sucinta el balance de riesgos/oportunidades y debilidades/fortalezas que puede establecerse frente al fenómeno de la longevidad, en términos generales, en un país medio (no necesariamente avanzado). De este balance, pueden extraerse conclusiones de cara a la formulación de políticas, lo que se hace en un cuadro adicional.

DAFO estratégico de la longevidad

El cuadro anterior indica a las claras que si se acumulan debilidades (muchas están estrechamente vinculadas, al igual que las fortalezas) es más difícil realizar las oportunidades de la longevidad que si se acumulan fortalezas. No es preciso insistir mucho en esto. En el caso de poseer un cúmulo de fortalezas como las descritas sería mucho más fácil, por ejemplo, limitar la incidencia del riesgo de soledad que, como ya sabemos, la longevidad trae consigo.

Esta última frase evoca, justamente, la posibilidad de desarrollar políticas que corrijan las debilidades o exploten las fortalezas para limitar los riesgos y cosechar las oportunidades. Ahora sí, pensando en el caso español, se comentan grandes líneas/recomendaciones de políticas estratégicas que podrían aplicarse en nuestro país para afrontar la longevidad desde el balance de debilidades y fortalezas que, en mi opinión, nos caracterizan en este plano.

Políticas estratégicas longevidad

No se le escapará a nadie que la longevidad sitúa a la sociedad española y a sus instituciones ante una complicada tesitura para diseñar políticas amplias que permitan cosechar más oportunidades que impactos de riesgo derivados de un fenómeno como la continua extensión de la duración de la vida. Fenómeno en el cual, por otra parte, nuestra sociedad es una de las más avanzadas del mundo.

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Paulino González Fernández Hace 1 mes
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