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Opinión

Deseable sostenibilidad

Joaquín Ramos López
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Hasta no hace mucho lo sostenible solía ser algo que se podía  sostener -de aguantar- retener o sujetar para no caerse. Un niño o un objeto de cuidado requería de alguien o algo con adecuada sostenibilidad. También se empleaba como sinónimo de conservar, mantener, durar y hasta de reforzar una afirmación.

Recientemente leí una publicidad donde un banco ofrecía créditos “sostenibles” y me asaltó la duda de si se trataba de dar una financiación para siempre y si tal condición significaba no tener que devolver el dinero prestado. Evidentemente no era eso.

Ahora es frecuente, diría que asfixiante, ver en los paquetes de productos de consumo más corriente, en la publicidad corporativa de grandes empresas, en la manifestación redundante de los políticos, en facturas, correspondencia, folletos, cartelería callejera, que “todo” debe ser sostenible

Sin duda, el adjetivo sostenibilidad simplifica perfectamente el propósito de conservar procurando no se agoten, ni provocando dañar más el ambiente natural de nuestro planeta, mientras sus habitantes, las personas y el resto de seres vivientes, mantienen su existencia dignamente.

Ocurre quizás que ese positivo pero complejo deseo viene adquiriendo un cierto tufillo de reclamo interesado más allá de la sana intención de su práctica encaminada esencialmente a un desarrollo social, económico y ambiental equitativos.

Nuestra economía de mercado se ha vestido de verde y azul; las empresas que se precian de saber llegar al público consumidor adaptan sus estatutos, reestructuran su organización interna, asumen compromisos medioambientales y publicitan recursos en favor de ésta u otra investigación al respecto.

Tal es la proclama general de la sostenibilidad que se usa el término para todo aquello que interesa colocar al ciudadano en su mente y en su hogar. Basta dedicar unos minutos de un día cualquiera y percatarse de la proliferación expansiva en todos los órdenes de la palabra SOSTENIBLE.

Y claro está que se trata de una responsabilidad de todos la de cuidar los bienes de la naturaleza y hacer un uso racional de todas las maravillas a nuestra disposición, para el disfrute de todos los habitantes y tratar de garantizar su persistencia.

Pero a veces se yerra por sobrevalorar soluciones poco meditadas. O no se aprecian consecuencias cuestionables de modificaciones que resultan antinaturales. La naturaleza, su evolución general y el planeta tienen sus propios ciclos.

Se habla mucho de cambio climático y la influencia negativa de conductas industriales y personales contraproducentes. Se justifican acciones interesadas para reclamar una atención que debiera ser per se requerida por actuaciones directas y positivas.

Se hace muy poco a nivel individual para colaborar con la sostenibilidad, cuando es el camino más fácil y fértil para lograrla. Sería muy necesario que la educación general tomara con fuerza convincente esa responsabilidad. Que países y gobiernos asumiesen ya no el compromiso político sino la regulación coercitiva precisa para combatir tales carencias.

Pensaba yo todo esto esta mañana, sentado en un banco -de los que nos sostienen físicamente sentados, claro- frente al mar y miraba sobre la arena un espacio vallado donde una tortuga caretta días pasados desovó en su nido 146 huevos y ahora unos muchachos ecologistas velan -hasta primeros de septiembre- y esperan vean la luz sus crías. 

Muchos de esos nuevos seres acudirán al mar para que nuestro mundo siga siendo sostenible y yo confiaba mentalmente que no los apresasen esos plásticos mortíferos que los humanos vierten al agua irresponsablemente.

Sobre el autor:

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Joaquín Ramos López

Joaquín Ramos López es abogado y autor del blog Mi rincón de expresión.

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