Joaquín Ramos López
Opinión

Nuestro buen amigo (o dios) el fuego

Joaquín Ramos López

Foto: Europa Press

Miércoles 30 de junio de 2021

4 minutos

Nuestro buen amigo (o dios) el fuego

Foto: Europa Press

Miércoles 30 de junio de 2021

4 minutos

Tomo el tema para este artículo de la reciente celebración de la noche de San Juan que, además de testigo del solsticio de verano y pasar por la más corta del año, tiene también ser la del culto popular al fuego.

Desde la antigüedad conocida más remota y por una constante presencia cultural en la vida humana hasta recientes siglos, una sumisa devoción al dios fuego sentida por gratitud y temor, ha posibilitado la evolución más favorable del ser humano

El fuego ha formado junto al agua, el aire y la tierra, los cuatro elementos naturales de nuestra existencia. Alineando así los tres de esencial presencia permanente con el que había de transformar especialmente los modos de vivir de nuestros ancestros.

Dominar la creación y conservación del fuego propició alimentarse de forma más nutritiva, combatir el frío más allá de las vestiduras y fabricar útiles eficaces para la defensa y el trabajo. Conseguir producirlo debió ser como gozar emulando a una fuerza natural.

Porque el fuego es, primero y además de elemento, una fuerza de la naturaleza que emerge como consecuencia de las alteraciones y comportamientos derivados de la existencia planetaria. De ahí los incendios forestales ocasionados por las insolaciones veraniegas o por las tormentas eléctricas, la lava expulsada por los volcanes activos y la destrucción originada por los terremotos.

Luego está el fuego producido por la mano del hombre, aplicado a la combustión de una materia inflamable, natural o preparada artificialmente. Ese fuego que como el natural, crea llama, humo y cenizas y que algunos llaman lumbre.

Nuestro buen amigo -o dios- el fuego. Foto: Bigstock

El fuego como manifestación de fiesta

El fuego en forma de hoguera, con materia leñosa como combustible se ha aplicado a lo largo del tiempo como manifestación de fiesta, alegría, devoción. También como culto religioso o de respeto funerario. Así mismo se utilizó como medio de castigo para acabar con penados, inquisidores y brujas. Incluso es símbolo de poder y fuerza en heráldica y mitología.

Iluminar con el fuego perduró siglos entre humanos. Hasta el descubrimiento de la electricidad, con el intermedio de la luz de gas -que también suponía su combustión y por ende producir llama- se utilizaron hachas, teas y velas. Aún hoy resulta práctico encender una fogata para iluminar campamentos juveniles y espantar alimañas en la noche.

Pero citar al fuego es también hablar de peligro. El tratamiento del fuego exige precaución. Resulta obligado protegerse del fuego y, sobre todo, tener conocimiento de los riesgos posibles adoptando medios y medidas para evitar su desarrollo incontrolado, su deriva, y propiciar su extinción, evitando quemaduras, intoxicaciones por humos, destrozos materiales y males mayores.

Debo referirme ahora al fuego provocado por irresponsabilidad, falta de cuidado o desprecio de las normas reguladas. Son demasiados incendios evitables los que se producen por unos rastrojos quemados en lugar y tiempo incorrectos; o unas botellas abandonadas en el picnic campestre; o la colilla aventada desde el coche. Cuestiones todas requeribles de corrección formativa.

Dejo para este final comentar el daño del fuego intencionado, la piromanía. Sea por motivos personales, económicos o enfermizos, provocar un incendio es una maldad mayúscula. Tales conductas exigen reprobación y castigo medido en razón de los perjuicios.

Y este verano que ya hemos estrenado y quiérase pueda disfrutarse cumplidamente, recuerde estimado lector: Cuando un bosque se quema, algo muy nuestro, de todos, se está sacrificando.

Sobre el autor:

Joaquín Ramos López

Joaquín Ramos López

Joaquín Ramos López es abogado, vicepresidente de la Comisión Séniors del Ilustre Colegio de la Abogacía de Barcelona (ICAB) y autor del blog Mi rincón de expresión.

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