Joaquín Ramos López
Opinión

Nuestra compleja moralidad

Joaquín Ramos López
Nuestra compleja moralidad

Comprendo que me meto en un charco y no llevo botas de agua. Sé que solo citar la palabra moralidad se abre el apetito de la curiosidad; salta el sensor amarillo. No puede haber, creo, expresión más determinante para enjuiciar actitudes y conductas humanas, respecto del individuo y de su especie.

La moralidad es una manifestación, un juicio de valor referido a una conducta. Es derivación de la palabra moral, que viene a resumir al conjunto de costumbres de una sociedad y, específicamente, en una época y lugar determinados. Es la opinión aceptada en ese ámbito respecto del bien o mal hacer de las personas.

Por tanto, pueden darse moralidades buenas y malas y hasta amoralidades. De tal forma que se puede hablar de un acto moral, inmoral o amoral. E incluso los mismos hechos o conductas en situaciones análogas, pueden considerarse antagónicos en función de la cultura, doctrina o entronque social y local de que se trate.

Si nos centramos en nuestro entorno antropológico, en la moralidad o su antónima la inmoralidad, prima el juicio social del comportamiento sexual de las personas. No en cuanto a los hechos delictivos (abuso, acoso, agresión) que todos rechazamos, sino a las conductas públicas de su práctica estimada indecorosa, o permisiva y hasta liberadora de supuestos prejuicios anteriores.

Cada cual debe aceptar las orientaciones y comportamientos de los demás en este tema, como con el resto de conductas sociales, únicamente lo que cabe esperar es que su exposición pública siempre debería estar protegida por el decoro y el respeto a la sensibilidad de todos. Debe huirse del escándalo y el improperio.

Pero la moralidad que anda maltrecha ahora y en boca de todos es muy distinta, afecta a toda la comunidad y trae consecuencias indignas para una colectividad cada día más dependiente de soluciones globales y, al mismo tiempo, más individualista.

Se trata de la falta o infravaloración del respeto por la ciudadanía. Bien provenga de los gobernantes, que incumplen promesas y desprecian prioridades generales para decantarse por sus intereses.

Bien se propicie por grupos de presión políticos, mediáticos, empresariales, que embadurnan con engaños y falsas verdades la voluntad de los nuevos “súbditos” del mundo.

Y hasta modifican sibilina o subrepticiamente, compromisos adquiridos, engañando y vendiendo “su producto” torticeramente para anular la voluntad de la gente y tenerla constreñida con adulación y, en ocasiones, con práctica reglada de expolio patrimonial. O induciendo desde el poder al enfrentamiento social.

Porque ¿no es inmoral faltar a la verdad de la esperanza prometida? ¿No es inmoral maldecir al contrincante con sus mismos derechos? ¿No es inmoral acaso engañar desinformando y dar la vuelta así a la credibilidad prestada? ¿No es inmoral permitir que las masas disconformes impongan su protesta yendo contra las leyes y sus protectores? ¿No son inmorales la prevaricación y la corrupción políticas y de todo tipo?

Si nos hemos dado una forma de vida colectiva basada en la democracia y su defensa de la libertad personal como voluntades supremas, ¿no nos merecemos ser bien tratados por quienes, desde un lado u otro del sistema, son dominantes de nuestra supervivencia? ¡Qué practiquen la moralidad plenamente, o sean relevados!


Joaquín Ramos López es abogado y autor del blog Mi rincón de expresión​.

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Joaquín Ramos López es abogado y autor del blog Mi rincón de expresión.

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