Joaquín Ramos López
Opinión

La particular cultura del esfuerzo

Joaquín Ramos López
Universidad de Mayores de la Universidad Pontificia Comillas

A juicio de algunos hay personas que llegan al mundo guiados por una estrella que le agraciará la vida, mientras a otros nacidos les acompaña la penitencia del pecado original. Piensan que el juego de la fortuna y del infortunio han de estar presentes desde el principio de la vida.

Cada cual y según su circunstancia viene obligado, una vez alcanzada la razón y más aún ya sujeto de sus propios actos, a gestionar esa suerte natural que, por sí sola, no funciona.

Y aquí entra la razón de mi título. Hay quienes lo consideramos imprescindible. Otros entienden que no es tan influyente en el trayecto y los menos lo desprecian. Para el resto –la mayoría– ni lo estiman ni se lo plantean.

Lo paradójico del esfuerzo es ese valor fuerte que buena parte de la sociedad atribuye como mérito, que así es, de otros, de los demás y, en cambio, no lo practican para sí. En contra, los mismos, abominan de los afortunados.

Tengo una alta consideración por quien se esfuerza y me parece encomiable la influencia en sede familiar a esa cultura. Entiendo el esfuerzo como toda práctica, intelectual, física, de entrega y renuncia si cabe, para conseguir lo propuesto y aspirado noblemente.

Cierto es que el esfuerzo es un complemento y debe ser primado por la capacidad y la dedicación naturales del individuo. 

Su evaluación individual no puede compararse, ni con un semejante ni con una tarea, disposición o logro final; es la medida que rige la voluntad de conseguirlo. 

Hablar de esfuerzo deportivo, esfuerzo escolar, esfuerzo laboral, esfuerzo artístico y cualquiera que esté basado en el objetivo a lograr, es incidir en el ánimo del pretendiente y aceptarlo él como mejor provecho. Pero animador ajeno y actuante propio, han de medir razonablemente sus límites.

El lado sombrío del esfuerzo es su falta de reconocimiento o peor aún, su minusvalía. No tan solo por la negación del mérito o la injusticia de su desconsideración, sino por la dañina huella dejada en la autoestima del afectado.

El contrapunto negativo del esfuerzo es la suerte de recursos fáciles, de prebendas, canonjías políticas, subvenciones, ayudas de todo tipo y hasta rentas mínimas, que solo conducen a una vida "gratis" sin justificación rectamente contrastada.

Porque ¿no es más honroso estudiar con esfuerzo para conseguir una beca que "ganarla" aún suspendiendo? ¿No es más digno esforzarse por disponer de un trabajo, superando las dificultades del momento y sentirse útil que subsistir con una prestación pública sin dar nada a cambio?

El tipo de sociedad económica que nos hemos dado ampara, como así debe ser, a todo conciudadano que tenga apuros primarios, básicos de subsistencia justificados que no puede atender directamente. 

Y en la medida de las posibilidades presupuestarias las corporaciones públicas complementan, transitoria o permanentemente, la atención de servicios públicos que ayuden a esas personas a llevar una vida digna. A cambio, estos beneficiados han de corresponder con lealtad ciudadana al esfuerzo solidario de quiénes contribuyeron.

Uno de los cambios más significativos que se está produciendo en las últimas décadas entre las inclinaciones de conducta productiva es la relativa al valor añadido del esfuerzo. Y me refiero como valor social colectivo.

Sin duda se sigue aplicando el esfuerzo, incluso de mayor calado que en épocas anteriores, al disponer de nuevos medios antes desconocidos que auxilian el emprendimiento.

Sin embargo, la actitud colectiva viene restando interés y ganas por esforzarse, al haber conseguido instalarse en una calidad de vida mejor y más fácilmente alcanzable. Y aparte de algunas arengas de líderes deportivos, comerciales o políticos, huecas y oportunistas, el esfuerzo ha decaído.

Tampoco las comodidades sobrevenidas ayudan para superar las nuevas dificultades surgidas para progresar. Es normal conformarse con lo consolidado y disfrutar de tiempo libre

El esfuerzo requiere sacrificios que ahora parece que no se está tan dispuesto a hacer. ¡Mejor gozar de la vida! Claro que, ese goce requiere conformismo y en ocasiones oigo decir que tal o cual promoción, premio conseguido o aumento salarial alcanzado, no son "justos" olvidando que quizá se tuvo la oportunidad y faltó acordarse del esfuerzo.


Joaquín Ramos López es abogado y autor del blog Mi rincón de expresión​.